Mostrando entradas con la etiqueta Mick Jagger. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mick Jagger. Mostrar todas las entradas

29 de agosto de 2018

STONES: EN EL 29 ANIVERSARIO DE ‘STEEL WHEELS’


La fecha de hoy nos recuerda el 29 aniversario (más fácil que decir vigésimonoveno) de la edición de otro álbum de los Stones, que en este caso corresponde a Steel Wheels, lanzado el 29 de agosto de 1989. Un disco "de verano" con canciones "de verano" ¿Mucho calor? Porque eso es lo que el grupo se propuso para concluir su tumultuoso paso de mediados a fines de la década del '80 (y que también sirvió para que Mick y Keith hagan las paces), con un tour a la vista que tal cual lo esperaban resultó un éxito tanto en USA como en Europa (el de Urban Jungle, al año siguiente) Y si para muestra basta un botón, ¿qué mejor indicación de que así fue deliberadamente planificado con una canción como "Mixed Emotions" para promocionarlo? Aaah los '80, la era MTV y todo eso....Un disco de canciones frescas y pegadizas (la mencionada, más "Rock and A Hard Place" o "Terrifying", liderando el estilo), secundadas por algún que otro rock'n'roll de neto corte stoniano ("Sad Sad Sad"), tres baladas tres: "Blinded By Love", "Almost Hear You Sigh" (que Keith Richards había compuesto durante las sesiones de su primer álbum solista el año anterior) y "Slipping Away", más algún que otro relleno ("Hold On To Your Hat", "Break the Spell"), y el broche de oro de volver en el tiempo a mediados de los '60s y una pieza de world music como "Continental Drift" (que para la ocasión los llevó a grabarla en Marruecos, y que después se usó como música de fondo para abrir cada uno de los shows de los tours) Y mi favorita del disco, "Hearts for Sale", porque así las cosas, y con un gran solo de Ronnie Wood. En definitiva, Steel Wheels y su espíritu "light" a través de todo el álbum terminó cumpliendo el objetivo comercial que se propuso inicialmente (no por nada la banda terminó dejando las tres canciones que más se acercan a su esencia como caras B de los singles: "Fancyman Blues", "Cook Cook Blues" y "Wish I'd Never Met You") Y una última confesión: nunca me gustó el sonido general del disco, si bien cumplió con la intención original (para más datos sobre este detalle, pueden leer la entrevista que hice hace unos años con Chris Kimsey, que co-produjo Steel Wheels con Mick y Keith, aquí: https://sonaglioni.wordpress.com/2017/09/09/con-chris-kimsey-productor-extraordinaire-me-gusta-el-proceso-de-grabar-crear-climas-trabajar-arreglos/ 

21 de agosto de 2018

10 DISCOS ESENCIALES – CHUCK BERRY “ROCKIN’ AT THE HOPS” (1960)


¡Mi primer disco de Chuck Berry! A decir verdad, el primero que compré en vinilo. Hasta aquel momento tenía casi todo lo que Chuck había registrado, pero en cassette (toda una antigüedad, ¡pero qué lindo sonaban!…amén de haber sido en su momento un fiel soldado de las milicias del walkman y haberme gastado medio PBI de Noruega en pilas…) Digámoslo así, antes del arribo de la cultura digital, y su canilla abierta a casi todo, los discos de Berry eran un tanto difíciles de obtener en el país. Había que ir a disquerías especializadas y, en el mejor de los casos, te los grababan a cambio de un precio razonable. O bien el destino te llevaba a hacerte amigo de alguno de esos disqueros y te los terminaban grabando de onda, a lo que tampoco logré resistirme. A lo que se agrega una nueva página: como muchos de sus contemporáneos, aquellos arquitectos de la cultura del RnR de mediados de los ’50s, Berry tenía pocos álbumes de estudio. Lo más común de todo era la cultura del single (o simple, si les gusta más) Uno tras otros, según los dictados de la industria, lo que derivaba en una o varias recopilaciones (en el caso de Chuck, fueron muchas) a las que iban terminando a parar todas esas canciones que se editaban de a dos. Por lo que a los 20 años yo todavía era un ansioso (y ergo, fracasadísimo) consumidor de Chuck Berry que todavía no lograba saciar su instinto. Fue precisamente cuando hace ya bastante tiempo, en ocasión de un viaje de vacaciones a Rio de Janeiro junto a unos amigos, me dirigí a la (hoy desaparecida) disquería Modern Sound, en la clásica avenida Barata Ribeiro de la ciudad carioca. Modern Sound era “la” disquería de importados en Brasil, con alguna que otra que le hacía la competencia en Sao Paulo. Pero Modern Sound las superaba a todas en caudal. Un palacio de vinilos importados a diestra y siniestra capaz de dejar boquiabierto al más insaciable de los buscadores de buena música. Y también de frustrarme, como aquel último día de mi estadía cuando me dirigí al sitio en cuestión con apenas unos reales (o cruzeiros, por entonces) y encontrarme con no menos de veinte LPs por los cuale me babeaba descaradamente. Recuerdo haber visto no menos de 10 o 12 de Berry, pero mis fondos de aquel momento (reitero, fue al final del viaje) no me permitían comprar más de uno, y tal vez agregar alguna edición local brasilera de menor precio. Sin titubeos, el elegido fue el maravilloso Rockin’ at the Hops. Y no sólo por ser uno de los pocos discos integrales de estudio que editó (lejos de los singles o recopilaciones), sino que también, como la historia lo supo detallar ampliamente, era uno de los discos que Jagger llevaba debajo de su brazo el famoso día de su reencuentro con Keith Richards en la estación de trenes de Dartford en 1962. Así las cosas, tras contar las monedas que me quedaban, literalmente, terminé haciéndome de tal magnífica pieza, a lo que agregué la edición brasilera de Knocked Out Loaded de Dylan, que se había lanzado recientemente. No me voy a extender mucho sobre el disco porque para eso están las canciones que lo componen (ni tampoco esta vez me sobra el tiempo para hacerlo), pero desde aquí invito a todo degustador a hacer un recorrido por las doce canciones que componen a este disco originalmente publicado en 1960 (seis por lado), y grabado durante la era Chess Records, desde “Bye Bye Johnny” hasta “Let It Rock”, las mismas que, oh casualidad, han integrado el repertorio stoniano, y de tantos más, por décadas.
Y como si todo esto fuera poco, un capítulo más. Rockin’ at the Hops fue el disco que Berry me firmó en su primera visita a Argentina, en 1993 (y cuya imagen ilustra este comentario) Anécdota la cual invito a todo interesado/a a repasar en esta nota que escribí en ocasión de la muerte del más influyente de los padres del rock’n’roll, en marzo del año pasado. Enjoy.
https://sonaglioni.wordpress.com/…/papito-chuck-el-padre-d…/

9 de diciembre de 2017

DISCOANÁLISIS: LOS INTERMINABLES STONES Y SUS TRES AÑOS “EN EL AIRE”

Publicado en Revista Madhouse el 9 de diciembre de 2017



PACIENTE: Rolling Stones “On Air” (Interscope, 2017)

HISTORIA CLÍNICA:
Ahora que las bóvedas del tiempo finalmente se dignaron a parir, ahora que el reloj que no para de girar sigue acrecentando el pasado minuto a minuto, los Rolling Stones finalmente editaron uno de los lanzamientos más esperados de sus -hasta ahora- más de 55 años de carrera. Y no sólo para regocijo de sus fans. “On Air” viene a cumplir ese objetivo tan largamente soñado,  llenando uno de los tantos huecos que también habían quedado pendientes en la vastísima historia del rock y la música popular: editar oficialmente las sesiones de radio registradas para la BBC durante las etapas más prematuras de la banda. 
Si ya lo habían hecho los Beatles en 1994, o Led Zeppelin tres años después (tan sólo por nombrar las más recordadas), ¿qué esperaban los Stones para decidirse a brindarle oficialmente al público parte de todas esas grabaciones seminales y formativas? Con seguridad, mucho habrá tenido que ver el éxito logrado con “Blue & Lonesome”, su más reciente trabajo de estudio, una colección de covers de blues registrados de manera cruda y directa en apenas un puñado de días, lanzado en diciembre del año pasado y que terminó tomándolos por sorpresa. “Ya estoy esperando a que salga el segundo volumen”, sugirió Keith Richards al respecto en aquellos días. Y entonces todo podría indicar que tal vez ésta sea la respuesta a semejante interrogante. Indiscutiblemente esa secuela a la que Richards aludía está representada por “On Air”. Si “Blue & Lonesome” nos mostraba  a los Stones rindiéndole tributo a la música que los inspiró originalmente, el nuevo disco -que presenta material muy antiguo, paradójicamente- representa el primer lanzamiento legítimo de material en estudio y en vivo que el grupo grabó para la BBC entre 1963 y 1965, en instancias en que su ascenso a la fama comenzaba a dar señales más certeras, y también marcando aquel antes de que la sociedad compositiva de Mick Jagger y Keith Richard (que por entonces usaba su apellido sin la “s” original) comenzara a dar frutos. Y con Brian Jones en la banda, claro.
“En el momento en que lo hicimos, nos dijimos ‘¡Oh Dios mío, la BBC!’”, apuntó el guitarrista en una reciente entrevista para el diario L.A. Times. “Sólo queríamos ocultar el terror auténtico que teníamos. Había muchísima adrenalina”. Y a los hechos nos remitimos, entonces. Por aquellos años, el gobierno británico había instruido a las transmisoras que los artistas grabasen canciones diferentes para las emisoras de radio y de TV, o bien que las registren en vivo. Pero lo que podía ser una tarea extra para quienes tenían que someterse a esa política estatal, que claramente no formaba parte de sus agendas, acabó siendo una gran oportunidad para dejar una buena cantidad de nuevas tomas de muchos de sus grandes éxitos para la posteridad, o versionando canciones que, de otra manera, jamás hubieran alcanzado el vinilo. “La BBC quería que formemos parte de todo eso, y realmente no sabíamos por qué, o qué estábamos haciendo”, agregó Keith. “Tocábamos blues en bares, pero entonces metimos un disco en el Top 10, y de repente éramos la otra alternativa a los Beatles… Dios los bendiga. Lo primero que recuerdo sobre mi encuentro con la BBC es el tipo que estaba a cargo de controlar los micrófonos. Tenía un bigote enorme, como si fuera un oficial de la Fuerza Aérea Real británica, que me dijo ‘Si llegás a tocar ese micrófono, te decapito’. De todas formas yo no tenía idea de qué es lo que iba a hacer con el micrófono, pero tampoco es que él la tuviera mucho más que nosotros”.

Anticipado por un libro con un título de características similares titulado “Rolling Stones On Air In The Sixties: TV and Radio History As It Happened”, que detalla las presentaciones en radio y TV del grupo de 1963 hasta 1969, editado en noviembre, “On Air” (el vinilo, de tapa naranja) fue lanzado mundialmente el pasado 2 de diciembre,  reuniendo 18 canciones -a las que se agrega una edición deluxe con 16 más, de cubierta amarilla, y una tercera en vinilo doble del mismo color- todas ellas registradas en sesiones de radio para distintos shows que integraban la programación de la BBC desde 1963 a 1965 (“Saturday Club”, “Top Gear”, “Rhythm And Blues” y “The Joe Loss Pop Show”, entre otros), de las cuales ocho nunca fueron registradas o editadas comercialmente. Para la ocasión, todas las tomas fueron sometidas a un proceso de remasterización especial bautizado “separación de fuente de audio”, en el que los ingenieros de los estudios Abbey Road contratados para realizar el proyecto se encargaron de que cada porción del audio radial (esto es, voces e instrumentación) fuera separada de la mezcla original para luego ser reconstruidas y remezcladas en conjunto, de esa forma logrando un sonido final con más sustancia. Los resultados pueden llegar a ser llamativos para quienes escuchen las pistas por primera vez, pero no tanto para aquellos que conozcan la sesionografía de los Stones más en profundidad. ¿El motivo? Todas las canciones que integran “On Air” ya habían visto la luz en decenas de bootlegs (ediciones piratas, no oficiales) desde al menos mediados de la década del 70. Nada nuevo para ellos, entonces, salvo la leve pero no menos sustancial mejora en la calidad del sonido, 50 y pico de años después, remasterizado para la edición que nos compete.
“Cuando escucho las canciones”, continúa Richards, “siento que hay mucha energía y entusiasmo, y me dan ganas de ponerme a remixarlas. Pero en esa época no se remezclaban. Uno pensaba –creía, habiendo sido criado en Londres- que la BBC sabía lo que hacía. Y después cuando nos grababan allí uno descubría que no tenían la menor idea de cómo grabar a un grupo así. En aquellos shows uno no tenía noción de lo que los micrófonos estaban captando, y de cómo se iba a escuchar después en la radio. Sólo esperábamos que saliera lo mejor posible. Escuchándolas ahora, pienso que capturaron el espíritu de todo. Podría ponerme a discutir si Brian sonaba muy alto, o no, pero fuera de esas cosas, creo que es un disco fascinante” Y así lo demuestra la mayor parte del material incluido, aún cuando los expertos más avezados, aquellos ya familiarizados con las canciones gracias a esas grabaciones inéditas que habían circulado muchos años antes, puedan llegar a descubrir que las versiones de “Hi Heel Sneakers” y “Ain’t That Loving You Baby” no están completas, lo que podría ser una buena pregunta para los ingenieros detrás del proyecto. Muchas de las canciones suenan realmente oscuras, por lo que la comparación con las tomas que aparecieron originalmente en los piratas pueda resultar apenas simbólica (como en el caso de “Walking The Dog”, grabada para el programa “Saturday Club” de 1964), mientras que en “Little By Little”, del mismo año, la calidad del sonido es muy cristalina. Tanto o más que el sonido del bajo de Bill Wyman, o sus coros junto a Richard(s) y Jones, que marcan una gran diferencia respecto a los de las versiones que antes habían visto la luz extraoficialmente. Otras directamente pierden las introducciones originales de los anunciadores radiales, como en el maravilloso cover de Bo Diddley “Cops And Robbers”. Y agreguemos un detalle más: el listado de las pistas tampoco aparece en orden cronológico. Como dato de color, “On Air” cierra con el único instrumental grabado alguna vez por los Stones: “2120 South Michigan Avenue”, un homenaje deliberado a la dirección física de los legendarios estudios Chess de Chicago, acaso la factoría primordial de las canciones que inspiraron al grupo a convertirse en el fenómeno definitivo que fueron, son y, eventualmente, serán por siempre.

DIAGNÓSTICO: Nos encontramos con los Rolling Stones en su formación original con Brian Jones entre 1963 y 1965, en el período comprendido entre su homónimo álbum debut y “Out Of Our Heads”, cuando apenas promediaban los 25 años de edad. Aquí está finalmente la primera de las piezas que faltaba para empezar a completar oficialmente el álbum de figuritas perdidas de la banda, y auspiciosamente agregarán otros lanzamientos en la misma línea en un futuro, esperemos, muy cercano… Crucemos los dedos sin culpa, mientras tanto. El tiempo seguramente seguirá estando de su lado.






LISTA DE CANCIONES (versión original)
1. “Come On” (Saturday Club, 26 de octubre de 1963)
2. “(I Can’t Get No) Satisfaction” (Saturday Club, 18 de septiembre de 1965)
3. “Roll Over Beethoven” (Saturday Club, 26 de octubre de 1963)
4. “The Spider And The Fly” (Yeah Yeah, 30 de agosto de 1965)
5. “Cops And Robbers” (Blues in Rhythm, 9 de mayo de 1964)
6. “It’s All Over Now” (The Joe Loss Pop Show, 17 de julio de 1964)
7. “Route 66” (Blues in Rhythm, 9 de mayo de 1964)
8. “Memphis, Tennessee” (Saturday Club, 26 de octubre de 1963
9.”Down The Road Apiece” (Top Gear, 6 de marzo de 1965)
10. “The Last Time” (Top Gear, 6 de marzo de 1965)
11. “Cry To Me” (Saturday Club, 18 de septiembre de 1965)
12. “Mercy, Mercy” (Yeah Yeah, 30 de agosto de 1965)
13. “Oh! Baby (We Got A Good Thing Goin’)” (Saturday Club, 18 de septiembre de 1965)
14. “Around And Around” (Top Gear, 23 de julio de 1964)
15. “Hi Heel Sneakers” (Saturday Club, 18 de abril de 1964)
16. “Fannie Mae” (Saturday Club, 18 de septiembre de 1965)
17. “You Better Move On” (Blues in Rhythm, 9 de mayo de 1964)
18. “Mona” (Blues In Rhythm, 9 de mayo de 1964)

CANCIONES EXTRA (edición de lujo)
19. “I Wanna Be Your Man” (Saturday Club, 8 de febrero de 1964)
20. “Carol” (Saturday Club, 18 de abril de 1964)
21. “I’m Moving On” (The Joe Loss Pop Show, 10 de abril de 1964)
22. “If You Need Me” (The Joe Loss Pop Show, 17 de julio de 1964)
23. “Walking The Dog” (Saturday Club, 8 de febrero de 1964)
24. “Confessin’ The Blues” (The Joe Loss Pop Show, 17 de Julio de 1964)
25. “Everybody Needs Somebody To Love” (Top Gear, 6 de marzo de 1965)
26. “Little By Little” (The Joe Loss Pop Show, 10 de abril de 1964)
27. “Ain’t That Loving You Baby” (Rhythm And Blues, 31 de octubre de 1964)
28. “Beautiful Delilah” (Saturday Club, 18 de abril de 1964)
29. “Crackin’ Up” (Top Gear, 23 de julio de 1964)
30. “I Can’t Be Satisfied” (Top Gear, 23 de Julio de 1964)
31. “I Just Want to Make Love To You” (Saturday Club, 18 de abril de 1964)
32. “2120 South Michigan Avenue” (Rhythm and Blues, 31 de octubre de 1964)


26 de noviembre de 2017

CONCIERTOS: CHRIS JAGGER, EL HERMANO DE MICK, MOSTRÓ SU FOLK & BLUES EN BUENOS AIRES JUNTO A CHARLIE HART

Publicado en Revista Madhouse el 26 de noviembre de 2017



Chris Jagger y Charlie Hart en Mr. Jones Blues Pub, Ramos Mejía – 21/11/2017


Que sí, que no. Que sí, que no. Lo que podría interpretarse a priori como un diálogo histérico es apenas el código madre que subyace detrás de la chance de este periodista de entrevistar a Chris Jagger en Inglaterra el año pasado. Son cosas que ocurren cuando uno conoce accidentalmente a un amigo íntimo del músico en cuestión, y éste nos pone en contacto. Fiel a su estilo incansable de girar por Europa y Oceanía, coordinar una entrevista con un artista por demás particular (y muy lejos de aquello de “el hermano menor de Mick”, apenas justificado por la portación de apellido) se tornaba cada vez más remoto. Cuando Chris podía, no me daban los tiempos para acercarme hasta el área del condado de Somerset, donde residía por entonces. La última oportunidad iba a darse cuando él se acercara a la capital británica, pero para entonces uno ya tenía pasaje de regreso a la bendita tierra donde le tocó nacer. “OK Chris, quedará para otra ocasión”, le confesé, dubitativo. “¿Y si la hacemos por Skype?”, me sugirió como última chance, momentos antes de manifestarle mis preferencias por hacerla en vivo y en directo, en lo posible. Por eso resultó toda una sorpresa cuando hace unos meses volví a recibir un mail suyo asegurándome que hacia fines de año vendría a Sudamérica para realizar alguna fecha en el país, y también en Brasil.



QUE SÍ, QUE NO, QUE NI. Todo indicaba que el tiempo se había encargado de alinear los planetas. Claro que los hechos que se diluyeron una vez más cuando, hace apenas un mes y medio atrás, el último 9 de octubre, me lo crucé súbitamente en vivo y en directo en el vip del show de los Stones en Düsseldorf, deseándole lo mejor para su (ahora sí) futuro arribo a Buenos Aires, y al cual se refirió actualizándome que “al final no voy a tocar en Argentina, pero sí voy a estar en Brasil”. Que no, que no, otra vez que no… Por eso me resultó aún más inesperado cundo al pasado martes 21 de noviembre alguien me informó que esa misma noche se iba a estar presentando en un club de blues de Ramos Mejía.


Desbordado de escepticismo, no acepté la veracidad del hecho antes de ver la confirmación del show en su página oficial, la cual, de no haber pasado por semejante mar de contradicciones anteriormente, más que seguro hubiera chequeado con antelación. Y como si todo esto fuera poco, Chris no sólo iba a tocar esa noche en la ciudad, sino que además lo iba a hacer acompañado del gran Charlie Hart. Que sí, que sí, y que sí, definitivamente, cuando pasadas las 23 hs., en medio de un recinto colmado de adeptos (de claro tinte stoniano, los mismos que posiblemente en su mayoría se hayan acercado por simple curiosidad y adhesión a la causa), el dúo apareció en el escenario del Mr. Jones Blues Pub para agasajar a los allí presentes con tonadas directamente de la cepa más pura del folk inglés e irlandés, empapadas de blues de Louisiana, de country, de cajun, de zydeco, y de otros estilos regionales que suelen abordar . En definitiva, lo que Chris viene haciendo tozudamente desde su álbum debut de 1973 “You Know The Name But Not the Face” (también conocido como “Chris Jagger”, editado bajo es título al año siguiente), y agregando 11 en su discografía hasta su más reciente trabajo “All The Best”, lanzado este mismísimo año.


LOS HERMANOS SEAN UNIDOS (PERO POR SEPARADO). La experiencia de ver a Chris Jagger en vivo sugiere el previo intento de olvidarse de su célebre apelllido para comprobar que, más allá del hecho de ser el único hermano del performer definitivo de rock and roll en tiempo y espacio que el mundo conocerá (literalmente), y de la enorme montaña de ego a la que Sir Mick nunca pudo dejar de subirse, la figura y personalidad de “el otro Jagger” no está menos que en las antípodas. Es que Chris nunca perteneció al mundo del espectáculo per se, resultando ser aquel tipo de extremísimo bajo perfil que prefirió dedicarse a la música por el simple hecho de amarla, bien distanciado de las luminarias de rigor y optando por una carrera al tono que nada tuvo ni tiene de comercial, en el sentido estricto de la frase. Chris es hombre de shows en bares o en festivales pueblerinos, con sus raíces musicales irremediablemente enclavadas en su tierra natal, y campo adentro. A lo largo de su existencia, su parentesco con el frontman de los Stones apenas se limitó a participaciones aisladas de su hermano Mick en alguna canción suelta de sus trabajos, o a cierta colaboración en conjunto para algún proyecto benéfico.

HAVE A HART. No resulta casual entonces que la canción elegida para abrir el show haya sido “Will Ya Won’t Ya?” (del álbum “Atcha” de  1994, en la que su hermano de sangre aparecía haciendo coros), dejando en claro el sabor de la propuesta musical que se iba a extender durante las casi 15 canciones que formarían parte del show en el que Chris, exclusivamente tocando guitarra acústica, a la que sólo abandonó circunstancialmente para pasarse a la armónica, terminarían conformando una oferta singular e inolvidable. Menos aún lo fue la vital presencia del legendario Charlie Hart secundándolo (en piano, violín, acordeón y coros) como único y principal escudero en su misión conjunta: plasmar un repertorio rico de sabores folk y derivados en el que sólo faltó un niño corriendo por la campiña inglesa. Los más melómanos, por su parte, probablemente hayan fijado más su atención en Hart y la extensa carrera que lo consagró: tocó y/o grabó con Alexis Korner, Chris Spedding, Ian Dury, Eric Clapton, Townshend, entre tantos, más aún recordado como miembro estable de Ronnie Lane’s Slim Chance, la banda formada por el ex-Faces tras desertar del grupo de Stewart, Wood y Cía., e incluso más tarde siendo director musical del show tributo al difunto Lane en el Albert Hall londinense… Era una noche estelar en el corazón del oeste de Buenos Aires, entonces, y sin desperdicio.

CASTELLANO PARA PRINCIPIANTES. Tras más de un intento de esbozar algunas palabras en español (que por momentos terminaron en un forzado y agradable italiano), el menor de los Jagger continuó con “The Libido Blues”, antes de continuar con el repertorio de lo más destacado de su carrera (“If You Love Her”, “Lazy Says”, “On The Road”, “Funky Man”, “Lhasa Town”, en cuya versión original de estudio contó con la participación de David Gilmour) o en la versión de la canción de Ray Charles “Let’s Go Get Stoned”, y que a la hora de versionar clásicos de blues estricto como “Key To The Highway” o “Baby, Scratch My Back” agregó la participación extra del legendario bajista y sesionista Bob Stroger (Jimmy Rogers, Otis, Rush, etc.), que hacía menos de una semana se había presentado en el mismo tablado en otra de sus tantas visitas al país, y que ahora, sin más y a sus dulces 87 años de edad, se sumó al carismático dúo de Jagger y Hart, en un show que debería entrar en la categoría local de “histórico”.

UNA NOCHE PARA EL RECUERDO. Por ser su primera presentación de la historia en tierras locales, y más aún por su alta performance artística, coronada por el festejo de casi todos los allí presentes que no titubearon a la hora de acercarse a saludarlo una vez finalizada la celebración, selfies y autógrafos incluidos, para calzarse el sombrero y retirarse a disfrutar de un merecido descanso (antes habían abordado un largo vuelo desde Nueva Zelanda, aprestándose al día siguiente a partir a Brasil para realizar allí tres fechas más)… Mención aparte para el Mr. Jones Blues Pub, recinto que los albergó, y que constituyó el marco indicado y a la altura perfecta de las circunstancias para una noche que deberá ser recordada como especial. Que se repita entonces. Y que sí, que vuelva a repetirse otra vez también.

Agradecimientos:
Rogelio Rugilo
Carlos Costa (fotos)




1 de julio de 2017

2 HOURS -AND MORE- WITH ANITA PALLENBERG

Originally published (in Spanish) in Revista Madhouse on June 24, 2017



"Aren't you staying for lunch?" How could one ever say ‘no’ to that when it’s Anita Pallenberg who’s asking it? It all happened last year during the days of the fourth and (so far) last visit of the Stones to Buenos Aires as part of the Latin American Olé Tour, which had started a few days earlier in Santiago de Chile, and with 10 more shows to go after the three in Argentina, closing on a high note in Havana, Cuba. This time, in order to avoid fans leaning out at the hotel doors, or even camping out, looking to catch a glimpse of the band, the Stones’ machine had come up with a new strategy, which was splitting them into different locations. Then Jagger stayed at the Palacio Duhau Park Hyatt, and Ronnie Wood at the Faena Hotel, while the Four Seasons (where the whole band was in all previous visits, taking over the luxurious Álzaga Unzué mansion, at the back of the hotel) was the headquarters of both Charlie Watts and Keith Richards. 

As it’s been happening for at least the last 25 years (eventually, as the Stones’ kids grew older), taking them on tour became a usual thing. Children, wives, and even parents (during the band’s first time in the country in 1995, Keith had even brought dad Bert with him) ended up joining the party as they wandered around the world. But never ex-love partners. So I felt already too skeptical when an English girl friend that had come to South America to see some of the shows (and who was also staying at the Four Seasons) told me she had seen Anita Pallenberg in the afternoon taking a swim at the hotel’s pool. I denied her statement right from start. Anita hadn’t been close to the band for 35 years or more, at least since she stopped being Keith’s love-mate, and even when they were together, she was never one to show up on tours much often. “Anita? No way! You must have seen somebody that looked like her” Less likely to happen in South America, I thought to myself. I then asked her if she somehow had a chance to talk to the woman. “No, I didn’t”, she admitted, “but I sure can tell it was Anita. She was swimming next to me, she had a leopard bathing suit…” I could have kept refusing it on and on, I was sure she was clearly mistaken. At the end of the day, I thought again, everybody sees everybody’s look-alikes all the time. In fact the last time Anita had visited far away South America was around Christmas in 1968, when along Keith Richards, Marianne Faithfull and (Marianne’s then) boyfriend Mick Jagger took a boat all the way to Brazil, spending their holidays in the city of Matão (countryside of the São Paulo state, where Keith got the inspiration to write “Honky Tonk Women”), and then moving to Rio and Bahia, before heading for a few days in Perú. At the time, Anita had already become Keith’s steady girlfriend after he rescued her from the arms of his fellow bandmate Brian Jones (her original lover, with whom she shared an idyllic relationship before Jones, paranoid and currently dealing with one too many addictions, became violent with her) My friend’s theory about Anita’s sight in Buenos Aires 48 years later was, to say the least, unthinkable. However, as I was pacing the hotel lobby next day to meet another friend, who was also staying at the Four Seasons, I happened to see a woman walking by away enough from me who looked a lot like Anita (eventually, Anita in those days, whose older image I was familiar with after I had seen some new pictures of her on the internet a few months earlier) The woman rushed out of one of the elevators, going somewhere else. It all didn’t last for more than a millisecond, and wondering if I hadn’t actually imagined it (or, worst case scenario, if it wasn’t somebody resembling me of her), I decided to move on.

Photo: Michael Cooper
But it all became true the day of the second show of the Stones in La Plata. A while before the concert began, as I was having a drink at the VIP area, once again I saw the lady I briefly spotted at the hotel the previous day, who now was about five meters from me, walking towards one of the tables. I was still quite dubious, I won’t deny it. More over, nobody attending the VIP seemed to notice that singular woman, elegantly dressed, with a hat, and walking with a cane. The possible fact it was actually her, going unnoticed by the others, no matter what, was also likely to happen. Only that she wasn’t on her own. Besides her was my friend Adam Cooper, which led me to start wondering if somehow I could have been wrong from the beginning. To anybody not familiar with his name, Adam is the son of Michael Cooper, the legendary photographer mostly famous for being the one who shot many of the English rock and pop stars in his home country during the ‘60s and ‘70s and, and even more important, for being the one who did the Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band and the Their Satanic Majesties Request covers. That’s right, those two album covers. 

Anita and me at the VIP in La Plata
Adam has been living in Buenos Aires for at least 20 years (where he organized many photo exhibitions showing his father’s works, as he also did abroad) and whom I’d first met shortly after his original arrival to Argentina. But long before that, when he was still the little boy living with his father in Chelsea, London, in the mid-‘60s, with his mum mostly out of the whole picture, and because of dad Michael’s friendship with the Stones, he had found a sort of surrogate mothers in both Marianne Faithfull and Anita Pallenberg. Not just one, but two, as if that weren’t enough. Marianne and Anita cuddled him, invited little Adam home to play, making him part of a memorable and amazing  cultural scene he would only become aware of as he got older. Plus the fact I knew Adam used to get in touch with them quite often after all these years, no matter the distance. This time there was no doubt that the woman my friend had seen by the hotel’s pool, or the one I’d seen at the lobby, was the same one. And that was Anita Pallenberg. I ended up swallowing my words, as I watched her chatting with Adam in the midst of the cacophonous rumble at the VIP area before the Stones’ second show in La Plata, while I slowly approached them. I greeted Adam and then introduced myself to Anita, telling her about my joy to see her visiting the country, and finally asked her to have a picture with her. Something against my own ethics, by the way. For some reason I never ever felt comfortable asking for a picture, period. Not only because I never found it right to invade anybody’s area, but actually mostly because a photograph without a story behind is nothing but that, an image born by ways of a lens and a button that’s pushed down, lacking naturalness, and turning out into a forced, artificial kind of situation. Without a before, without a during, and also lacking an after. Add to that I didn’t like the idea Anita could think I was just another fan looking for a picture to display on Facebook. Anita had always been one of my favorite female icons (that is, besides my devotion to the lives and times of the Stones, of which she played, needless to say, a major role in) So then Anita, the lady, gently said ‘yes’, displaying her trademark smile. It didn’t last for longer than 2 minutes, I’d say even less than that, and so I decided to leave them alone for better. I actually wouldn’t  have been interested in taking any pictures had I had the chance to talk to her instead, as talking always comes first. Out of there, away from the noise, and in the right place. I’d later apologize to my British friend for my stubborn reluctance to her story.

Anita at the Michael Cooper's
exhibition at the Konex
(Photo: Adam Cooper)
Two days later, on Friday February 12, the weather was already awfully soaking wet by the time it dawned. The hottest February ever in history, according to the local meteorologists. There was still one final Stones’ show at La Plata’s Estadio Único next day but, once again, and despite the unbearable temperature, I had to go back to the Four Seasons to meet a fellow friend from New Zealand who was also in Buenos Aires for the Stones concerts. We had agreed to meet in the early afternoon but, given the weather conditions, I decided to leave from home earlier, which led me to arrive to the hotel before I expected. It was only a few minutes after my arriving to the Four Seasons that there I came across Adam again who, polite as usual, approached me to say hello. I asked him why he was there, and he replied he had an appointment with Anita, they were going to have lunch together at one of the hotel restaurants. I didn’t hesitate for a second, and next thing I was telling him how important it would be for me to finally have the chance to exchange a few words with her (more than a minute and a half, at least) now that we were in the right place to do so, away enough from the concert craziness. “Sure”, he said, “right now she must be coming down in the elevator” I confessed to him all I actually wanted (and whoever is reading this, please believe my very words) was just to walk them up to the restaurant table, and then I was done. As I said before, I’m not the kind of person who likes to interfere with anything, let alone something I wasn’t invited to in the first place. Anita showed up in a matter of seconds, elegantly dressed, bohemian style, in a leopard pattern printed dress and purse, flashing her classic smile. After greeting us gracefully, we started heading to the Nuestro Secreto restaurant, which can be accessed right from the very entrance of the mansion. Once again, I knew time would be never enough to have a proper chat, so far for me, but nevertheless I was happy enough to be with them and have a word in the meantime. Plus there was no way Anita could have remembered about our brief meeting at the stadium. We reached the restaurant five minutes later and, as promised, I said goodbye to them. That’s just when she unexpectedly invited me to have launch with her and Adam. "Aren't you staying for lunch?" In the right place now. And in case it all happened because she felt sorry letting me go, she gave me another of those killer smiles confirming that she really meant she was inviting me to join them. “Oh, I’d love to stay!” “Sure, have a seat”, she confirmed, which I instantly agreed to while getting ready to be part of an unforgettable one-of-a-kind moment. I can’t actually remember now what we ordered to eat (quite weird for somebody as insanely thoughtful as me), but the three of us sure drank mineral water. Some details may always escape my mind. That’s the price one pays when you put much attention to a woman with an overwhelming personality like Anita had to say, someone who lived and survived (nearly) anything, when other personal issues take second place and you prioritize her knowledgeability above all, addressing literally any topic, which she proved to know quite much of. 

Gerard Malanga, Andy Warhol, Edie Sedgwick,
Chuck Wein, Anita Pallenberg and a guest.
Warhol's Factory times.
Readers may wonder why I didn’t ask her about all those facts and stories we read again and again over the years. But what was there to ask? And what would have been the outcome anyway? The answer is, they’re all pretty well-known, then why asking about them again? After all, this was no interview, this wasn’t me the journalist meeting her. No journalistic duties involved this time then, but just an informal and regular conversation. It was lovely and extremely funny  to enjoy Anita’s great sense of humor throughout the two hours or more we’d been there.  I just let it flow. Had it not been so, I would have sure asked her about the days when she was expelled from a German boarding school at 16, or her times at Andy Warhol’s Factory after she arrived to New York. Long before her entry into the world of the Rolling Stones, Anita was already a class A rebel with enough skills (out of her amazing physical beauty, she managed five languages) that she made best use of. That’s one of the reasons why listening to all she had to say was such an amazing experience. And although it was mostly English we talked (in Anita’s case, with a strong Italian accent), she would often come up with a few single words in a different language. She told us how much she loved the hot weather above all, and that she was always running away from the cold. That’s why, she explained, she shared her time in at least four different destinations in the world, mostly in Keith Richards’ house in Ocho Rios, Jamaica, “where the weather was always nice”, or in other places that also belonged to Keith , like the Redlands country house in West Wittering (located in West Sussex, England, yes, which was scene of the famous February 1967 police raid) or the one in Cheyne Walk, right by London’s Chelsea Embankment (where she started living with Keith in 1969), or even her native city of Rome where, as much as I remember, she told me she used to have, or still had a sister living there

Anita and Mick Jagger during the shooting of “Performance” (1968)
Clouds of artificial smoke coming out of her electronic cigarette, extremely tanned and with her skin slightly wrinkled, the then 73-year-old Anita still carried the sex appeal that had been a permanent trademark all though her life. And whereas she no longer had that fresh beauty so typical of her when she was younger, her particular way of speaking, coupled with an established femininity, still made her a very attractive woman. And that halo all around her! There’s something rather strange that always happened to me whenever I had the chance to meet somebody I admired, or wished I’d ever meet in person, being it for an interview or, such as in this opportunity, that of a fortuitous encounter, and that’s in a way or another, I always feel that person isn’t actually there in front of me, in spite getting this endless collage of images and intermingled stories that remain away from what is really happening at the very moment you’re talking to them. It mostly felt like it every time I had the chance to meet somebody with a heavy history behind, that I really admired, or meant a lot to me. That’s when I’m not able to separate all that from the true reality, as redundant as that may sound. It’s like one dimension within another, while both get constantly blurred on the fly. For that reason, meeting Anita had little to do with the actual fact of being there with her, instead making me feel I was watching an unlimited short film where the thousands of images of her I saw over the years, being them photographs or footage, came one after another non-stop, taking me to a parallel dimension. Which is a probably the same that could happen to anybody into the lives and times of the Rolling Stones, as it’s undeniable that Anita Pallenberg epitomizes a crucial element in the band’s history. Because, to put it this way, if there’s no certain amount of danger involved, there’s no rock and roll at all. And I’ve always believed Brian and Anita were the first ones to come up with that pinch of danger in the Stones, something which they’d go along with in their formative years and beyond. Brian gave the Stones their original style and attitude, anticipating which would come later, while Anita with her piercing gaze and dangerous bad girl aura was just the icing on the cake, an irresistible dish on the table.

Brian Jones, Anita and Keith in Tangiers, Morocco, 1967
That’s the main reason why, all through the lunch, I wasn’t essentially able to take my eyes off her, while another shot of a thousand images crossed my mind, and all that now taking place only a few inches from me. All those pictures of she and Keith, Anita seducing Mick while shooting Performance (which led to the very first rift between the Glimmer Twins), Anita “the Great Tyrant” who controls the underground city where Jane Fonda landed in Roger Vadim's science fiction film Barbarella, or another of her film roles, in A Degree of Murder, which original movie soundtrack by ex boyfriend Brian Jones remains unreleased to this day. Instead, I chose to look and listen to her, while (once again) that endless number of images kept going through my head with Anita in the leading role, the Stones’ muse par excellence, and no way it could stop. The full blooded “it girl” during much of the ‘60s and ‘70s, who after all this time couldn’t help but give you a crushing smile, that very one an English magazine once referred to as "that witchy smile", the kind of girl everybody wanted to have.

On the set of "Barbarella" (1968)
It’s noon and it’s summer and in this restaurant in a fancy hotel in Buenos Aires here’s the woman whose veins have seen vast doses of opiates go by, when being a junkie had to do only with one’s own decisions, and not because of a snobbish pose to satisfy a photographer’s eye. The one who was part of the whole thing behind “Sympathy for the Devil” during a pivotal year, when many people started considering Anita “the sixth Stone”. "Is it true that all those ​​'oohs, ooh, oohs' in the song was your idea?" I'd rather refrain from asking her. She may not be interested in setting the record straight, or in reviewing other pages of her past, which she makes clear when, after my suggesting she should write her autobiography some day, she honestly replies “I can’t remember anything”. It was a short way of explaining the true story behind her answer, her actual reluctance to do so as, since “all that the publishers want are the stories with some scandal involved” Neither it was needed to discuss her contribution to the Stones’ mystique. It was enough of her to express her unconditional love for the band’s history, of which now wonders about its fans, “Don’t they realize they’re already grown-ups and that they need to have some rest after a show?” Now it’s Anita who’s shooting questions. “Sure”, I said, “but I guess there’s nothing we can do about it” And then she smiles back, followed by another puff from her electronic cigarette. Later on she would refer to the Toronto 1977 days, when she and Richards got arrested at the airport after customs searched their luggage and found out they were carrying drugs. Well, you all know the story. Richards would get his visa back after a while, which allowed him entrance to the USA, while Anita had to wait for many years. “That was the worst time of my life”, she would confess, as we ordered more mineral water. Interestingly, she proposed talking about the current political scene in Argentina at the time, when we tried to explain to her that our previous government had restricted the local population to get any foreign currency for many years, a subject she suddenly changed to express her love for her children and grandchildren. Adam had invited Anita to visit Early Stones, by Michael Cooper, the photo exhibition featuring his father’s works which was currently taking place at Ciudad Cultural Konex that very afternoon once we finished our lunch. With just one last Stones show in Buenos Aires to go, and with no intentions to follow the rest of the Latin American tour (“I’m not following it, after Buenos Aires I’m going back to Jamaica”) we finally left the restaurant and headed for the exhibition, where Adam was honoring his father once again displaying pictures from the Stones’ early years, which Anita had been an essential part of. 

Another picture of Anita at the Konex, with Silvia Cooper,
Adam's wife (Photo: Adam Cooper)
Before jumping on the elevator that would take us back to the ground floor of the hotel, I considered having a picture with her: “Anita, I hate to say this, but I’d love a picture of the day I met you” “Oh no, sorry, I’m not wearing any make-up”, she reacted, flashing another of her classic smiles. That’s when I realized that, after all, and against any logic, at least this time a thousand words would be worth an image. To my surprise, there came an unexpected bonus. By the time we got to the main entrance of the Four Seasons, amidst some 35-odd degrees, Adam asked us to wait for him outside as there was something else he needed to do, which turned into about 10 minutes of me and Anita all alone sitting on one of the benches right by one of the hotel doors.  Under the blazing sun, she asked me to get her another bottle of water. I was back with the bottle in a matter of seconds to find her taking one of her Camels from her purse, then tasting it like it was her first cigarette that day. 

With director Volker Schlondorff during the filming
of "A Degree of Murder" (1967)


I kept asking questions to her, one right after another, until from a cloud of smoke that made her look like in the days of Nellcote, she boldly said: “Are you gonna keep asking me questions all the time?” Oops. “Sorry, I cannot think of any other way to talk to you, Anita”, I honestly acknowledged. Then, a few minutes later, when I took out my pack of Marlboros and offered her one saying “Would you like a cigarette?”,unsuccessfully  trying not to make it sound like a question as much as possible (is there any other grammar way of saying so, after all?), she laughed histerically. “You said your name is Marcelo and that your family came from Italy, so what’s your last name?” Now it was Anita who asked the questions. “Sonaglioni, Marcelo Sonaglioni, and you know what, I never got to find out the story behind my last name and…” She stopped me. “¡Marcelo Sonaglioni!”, she said in a loud voice, like she was introducing me to an audience. “That’s the name of an Italian serpent!”, she assured, while I enjoyed my cigarette with Anita Pallenberg in the thick of more clouds of smoke, the girl whose ex boyfriend Keith Richards once dedicated the song “You Got the Silver” to, definitely as much dazzled as I felt now. With Adam back into scene, it was time to leave for the Konex, but I decided not to join the party this time, as I still had to meet my friend, as previously arranged. Anita grabbed my arm and I walked her up to the car. “Oh, aren’t you coming?”, she said. “Unfortunately I can’t, but I look forward to seeing you again soon. And thanks for an amazing time!” Hugs and kisses were exchanged, before she and Adam left in a taxi on their way to dad Michael’s exhibition.
Just last year, as I was about to travel to England, an interview with Anita had been almost confirmed (where I would have asked her all those questions I had in mind and had to keep to myself the day we had lunch), but then I was informed she broke one of her ribs, so it was postponed for another time, which now won’t ever happen. 



The news first published by the Italian newspaper La Stampa on last June 13 was a bolt from the blue. Even though she had been experiencing several health issues over the last few years, Anita’s body clock finally determined it was time to stop. She died peacefully surrounded by her loved ones in a Chichester hospital, in West Sussex, not far from Redlands. How the world turns, before we got the shocking news I had already arranged to meet up with Adam on Wednesday, just a day after Anita passed away. We didn’t cancel it at all. Adam was already there when I got to the bar. He was really down, and quite sad and shaken. “You know, that was like losing my mother, because Anita was like a substitute mother to me…”, he told me. We realized we didn’t feel like talking anything, but about Anita. “Did you see Keith’s post on Facebook?”, Adam asked. “It reads ‘A most remarkable woman. Always in my heart.’ ”. Keith’s heartfelt post also included a picture of Anita, looking incredibly beautiful, originally shot by his father Michael. Adam was almost in tears. We ended up unwinding ourselves, like in all the wakes, a nice way to remember  the people we love, while I kept reminding him about the many stories we lived the day we had lunch with Anita, when both of us saw her for the last time, something I will thank Adam for forever.

24 de junio de 2017

DOS HORAS -Y ALGO MÁS- CON ANITA PALLENBERG

Publicado en Revista Madhouse el 24 de junio de 2017



“¿Te querés quedar a almorzar con nosotros?” ¿Cómo decirle no a semejante invitación cuando la propuesta parte de la mismísima Anita Pallenberg? Sucedió el año pasado, durante los días de la hasta ahora cuarta y última visita de los Rolling Stones a Buenos Aires como parte del Olé Tour, la gira latinoamericana que había comenzado unos días antes en Santiago de Chile, y que se extendería por diez  fechas más culminando con una presentación en La Habana, Cuba, a modo de broche de oro. Para la ocasión, y a fines de que los fans no desborden los accesos al hotel o incluso terminen acampando a sus alrededores, esta vez el equipo de logística del grupo había designado una nueva estrategia: separar a los miembros de la banda en diferentes destinos. Jagger se alojó en el Palacio Duhau Park Hyatt y Ronnie Wood en el Hotel Faena, mientras que el Four Seasons (donde la primera plana stoniana sí se había instalado en su totalidad en todas sus visitas anteriores, ocupando la mansión Álzaga Unzué) fue la base de operaciones de Charlie Watts y Keith Richards. Y también parte de esta anécdota, recuerdo informal -y emocionado- de un fan. 

Tal como se viene observando desde hace al menos un cuarto de siglo, a medida que los Stones se hacían mayores y sumaban hijos a sus familias la tradición de llevarlos de gira junto a ellos acabó convirtiéndose en un hecho folklórico. Hijos, esposas y hasta padres (en la primera visita de la banda al país, en 1995, fue el mismísimo Bert Richards, padre de Keith, quien también se paseó por estos lares) terminaron sumándose al equipo de gira que los Stones arrastran a su paso por el planeta. Pero nunca sus ex-mujeres. Por eso me tomé todo el atrevimiento posible de pecar de escéptico cuando una amiga inglesa que había venido a Sudamérica para presenciar algunos de los shows del tour -que, al igual que los Stones, también se estaba alojando en el Four Seasons- me confesó haber visto esa tarde a Anita Pallenberg en la pileta del hotel. Se lo refuté desde el vamos. “¿Anita? Imposible”, le dije. “Anita no viaja con el grupo desde hace mínimamente 35 años, al menos desde que cortó relaciones directas con Keith. Y aún cuando estaban juntos, jamás fue de seguir las giras. Debés haber visto a alguien muy parecida”. Y mucho menos en Sudamérica, me decía para mis adentros. Le pregunté insistentemente si había trabado conversación con ella. “No, no hablé”, me confesó, “pero te aseguro que era Anita. Estaba nadando a mi lado, tenía un traje de baño de leopardo…”. Podría haber continuado rechazándole toda posibilidad de veracidad del hecho explícitamente, queen lo que a mi refiere nada me iba a convencer que estaba en un perfecto error. Al fin y al cabo, me dije, todo el mundo ve gente “parecida a” por todas partes.

ANITA EN ARGENTINA. La última vez que Anita Pallenberg había visitado estos hemisferios fue para las navidades de 1968, cuando en ocasión de un crucero de placer junto a Richards, Marianne Faithfull y su por entonces novio Mick Jagger, el insigne cuarteto  desembarcó en Brasil, donde pasaron sus vacaciones en las ciudades de Matão  (en el interior del estado de São Paulo, donde Richards se inspiró para componer “Honky Tonk Women”), Rio y Bahia, antes de dirigirse por unos días más a Perú. Por esos años Anita ya se había convertido en la compañera de vida oficial de Keith luego de que en 1967 el guitarrista de los Stones la “rescatara” de los brazos de su co-equiper Brian Jones, su pareja original, con quien compartió una relación idílica hasta que el pelirrojo guitarrista, presa de la paranoia y desbordado de adicciones, comenzara a ejercer la violencia física sobre ella. La teoría de mi amiga sobre el avistaje de Anita en Buenos Aires 48 años más tarde de aquella oportunidad era, cuando menos, inimaginable. Sin embargo, quiso el destino que mientras me paseaba por el lobby del hotel al día siguiente, aguardando el encuentro con otro amigo que también se alojaba allí, pude ver a una mujer de rasgos muy similares a los de Anita  (por lo menos la Anita de esos días, con cuya imagen de “señora mayor” estaba familiarizado tras haber visto unas fotos recientes en alguna página de noticias), la cual rápidamente salió de uno de los ascensores para dirigirse a otro sector del hotel. La escena no duró más de medio segundo, y pensando si al fin y al cabo no había sido producto de mi imaginación o -en el mejor de los casos- si no se trataba simplemente de alguien con un gran parecido, opté por olvidarme del asunto.

Foto: Michael Cooper
Pero la ilusión terminó convirtiéndose en hecho el día del segundo de los tres shows de los Stones en la Plata. En momentos previos al conciertos, mientras me encontraba en el sector VIP del evento, vi cómo esa señora tan parecida a Anita que el día anterior me había llamado la atención saliendo del ascensor del hotel era ni más ni menos la que ahora, a unos cinco metros de distancia, se dirigía a una de las mesas del VIP. Nada iba a tirar por la borda mi escepticismo, para qué negarlo. Más aún, ninguno de los muchos asistentes al recinto parecía haber puesto la mirada en la distinguida dama en cuestión, lo cual mantenía la improbabilidad de la situación: había pasado inadvertida ante los ojos de los demás asistentes, lo cual tampoco hubiera resultado nada improbable. Claro que la señora que se parecía a Anita iba acompañada de mi amigo Adam Cooper, y eso significaba un giro de 180 grados en lo que tozudamente negaba desde el vamos. Para aquellos que no están familiarizados con su nombre, Adam es hijo de Michael Cooper, legendario fotógrafo inglés que retrató como pocos la escena del rock de su país de origen de los 60 y buena parte de los 70 y, entre otras grandes obras, el responsable de las portadas  de los célebres álbumes “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” y de “Their Satanic Majesties Request”. Nada más y nada menos.

Anita y el autor de esta nota: tiempos de sector VIP en La Plata,
antes del más reciente show de los Stones 
UN ENCUENTRO CON ADAM. Adam vive en Buenos Aires desde hace al menos dos décadas (muchos recordarán las varias exhibiciones fotográficas que organizó con buena parte de la obra de su padre), y a quien yo ya había conocido por aquellos tiempos,  poco después de su arribo al país. Pero mucho antes de todo eso, cuando todavía era el niño que vivía junto a su padre en el Chelsea londinense de mediados de los 60, Adam, de madre original prácticamente ausente, a través de la amistad y cercanía permanente de papá Michael con los Stones había encontrado en Marianne Faithfull  y Anita Pallenberg una suerte de madres sustitutas. Dos, a falta de una. Marianne y Anita lo mimaban, lo invitaban a jugar a sus casas, haciéndolo formar parte de una escena cultural histórica de la cual sólo tomaría conciencia con el correr de los años. Y yo sabía que Adam se mantenía en contacto con ellas, a pesar del paso del tiempo y también de la distancia. Ya no quedaba espacio para dudas: aquella señora que mi amiga había visto en la piscina del hotel, o la tan parecida a Anita que yo había divisado por un microsegundo en el lobby del lugar, era finalmente Anita Pallenberg.
Tuve que tragarme mis palabras, más que nunca ahora que la veía charlando con Adam en medio del alboroto generalizado del VIP, mientras me dirigía sigilosamente hacia ellos con la intención de plasmar algún tipo de recuerdo en mi memoria. Saludé a Adam y me presenté ante Lady Anita; le manifesté mi alegría de verla de visita en el país y, finalmente, le pregunté si podía tomarme una foto con ella, algo que resultaba ir en contra de mi propia ética. Por una serie de motivos, siempre me pareció mal pedir fotos. No sólo porque nunca me pareció correcto invadir el tránsito de nadie, sino más aún porque una foto sin una historia que la produzca es simplemente eso, una imagen capturada por un lente y un botón que la dispara; un momento que carece de naturalidad, forzado y artificial, de tantos de esos que hoy día suelen pulular en las redes sociales, para efímero placer de sus protagonistas de la era del vacío, sin un antes, sin un mientras y sin un después. Tampoco quería que Anita pensara que era simplemente “otro fan” acumulador de fotos, pero al mismo tiempo sabía que la tiranía del tiempo no me iba a permitir declararle mi admiración por su persona (Anita siempre fue uno de mis íconos femeninos favoritos, más allá de mi eterna devoción por las vidas y los tiempos de los Stones, de los que ella es parte fundamental) y que esa posible fotografía, reitero, no iba a ser más que el retrato de un instante de estilo pasajero. Y entonces Anita, la dama, accedió gentilmente, exhibiendo su sonrisa resplandeciente marca registrada a través de los años. Bastó con menos de dos minutos, el tiempo exacto que me indicó que hubiera renunciado a toda fotografía de haber podido ocuparlos para intercambiar unas palabras y así poder sondear su mirada con más detenimiento.  Fuera de ahí, fuera del ruido, y en el marco indicado.  Más tarde le pediría a mi amiga británica disculpas por mi capacidad de descreimiento ante ciertas aseveraciones…
Anita posando en el Konex
(Foto: Adam Cooper)
ALMORZANDO CON ANITA. Dos días más tarde, aquel 12 de febrero de 2016 amaneció con un clima insoportable, siendo el segundo mes del año más caluroso en la historia del distrito, tal como lo confirmaban los meteorólogos. Aún restaba un tercer y último concierto de los Stones en el Estadio Único de La Plata el sábado, pero una vez más, y a pesar de la temperatura sofocante, tuve que volver al Four Seasons para encontrarme con un amigo neozelandés que también vino al país para asistir a los shows. Minutos después de mi llegada al lugar, me topé nuevamente con Adam, tan amable como siempre, que se acercó a saludarme. Le pregunté a qué se debía su visita, y con toda la parsimonia posible me contestó que estaba allí para almorzar con Anita en el restaurante del hotel. No titubeé ni por un instante y le manifesté lo importante que sería para mí poder intercambiar unas palabras con ella, ahora que sí estábamos en el marco adecuado, bien lejos de la agitación de rigor previa a un concierto. “Claro que sí”, me aseguró, “debe estar bajando en el ascensor”. Agregué que todo lo que deseaba (y quien sea que esté leyendo estas líneas, créame que fue meramente así) era quizás acompañarlos hasta la mesa, saludarla nuevamente y despedirme. Remarco una vez más que no me gusta interceptar ninguna situación que no me competa.
Anita apareció en cuestión de instantes, elegantemente vestida, de bohemio estilo, vestido y cartera de leopardo  y sombrero beige, apoyándose en un bastón para caminar, tan refinada como siempre, con su enorme sonrisa. Nos saludó, y segundos después nos encaminamos a Nuestro Secreto, el restó al cual se accede directamente desde la entrada de La Mansión. Sabía que el tiempo nuevamente iba a resultar escaso, al menos desde mis posibilidades, pero como fuera, estaba más que conforme con poder acompañarlos hasta el lugar y de paso intercambiar unas palabras. Desde ya, no había manera de que recordara nuestro veloz encuentro anterior, ni tampoco necesidad de refrescarle la memoria. Por eso, cuando finalmente arribamos al lugar del almuerzo, cumpliendo con lo prometido, me despedí. Fue cuando Anita me propuso lo inesperado, invitándome a quedarme a compartir el encuentro junto a ella y Adam. En el lugar justo, en el momento indicado. Y por si aún existía la posibilidad de aceptar la invitación sólo por un motivo de suerte, me regaló otra de sus sonrisas fulgurantes una vez que asentí y me senté junto a ellos para disfrutar de un momento inolvidable. No recuerdo qué pedimos, lo cual resulta raro para alguien tan detallista como yo, pero sí que los tres invitados bebimos agua mineral. Algunos pormenores, aunque mínimos, simplemente se escapan. Es el precio que se paga por poner mucha más atención en lo que una charla relajada con una mujer de personalidad avasallante depara. Es lo menos que puede suceder al comunicarse con alguien que lo vivió (casi) todo, y con la cual prácticamente todo dato histórico de rigor termina resultando secundario ante su enorme cultura y su disponibilidad.

Gerard Malanga, Andy Warhol, Edie Sedgwick,
Chuck Wein, Anita Pallenberg y una invitada.
Tiempos de The Factory.
HISTORIA VIVA Y HUMO ELECTRÓNICO. El lector podrá preguntarse cómo es que no abordé ninguno de los temas o hechos  relevantes que Anita cosechó a lo largo de su vida. Vaya como respuesta que simplemente por ser datos conocidos, la necesidad de preguntarle por ellos hubiera resultado absolutamente innecesaria. Y que después de todo, aquí no había ninguna entrevista de por medio, ninguna misión periodística ni informativa, sino una charla distendida con toda la informalidad que ameritaba (fue adorable disfrutar de su poderoso sentido del humor a través de las casi 2 horas que duró el almuerzo), y dejar que, sencillamente, fluya. De no haber resultado así seguramente le hubiera preguntado por los días en que fue expulsada de una escuela de pupilos a los 16 años para acabar bandeándose por algunas de las grandes capitales europeas, o su experiencia en New York como parte del grupo selecto que poblaba The Factory bajo la batuta de Andy Warhol. Mucho antes de su ingreso a las filas de los Rolling Stones, Anita ya era una rebelde empedernida, un destino natural rico en virtudes y sensaciones varias (fuera de su asombrosa belleza física, manejaba cinco idiomas) que supo explotar del mismo modo. Es por tal motivo que escucharla hablar resultara tan extremadamente simpático y, fuera del inglés que dominó la charla (caracterizado por un fuerte acento mitad italiano- mitad alemán) cada tanto proponía alguna frase o palabra en otra de las lenguas que dominaba. Nos confesaba su predilección por el clima caluroso, y su huída cada vez que llegaba el frío al lugar que estaba habitando. Es que Anita repartía su tiempo viviendo en al menos cuatro destinos en el mundo, principalmente en la casa propiedad de Keith Richards en Ocho Ríos, Jamaica, donde el clima no le resultaba problema alguno, y escapándose de los otros paraderos también del mismo dueño (la histórica casa de Keith de Redlands en Sussex, Inglaterra, o la de la calle Cheyne Walk en el Chelsea Embankment londinense, o de su Roma natal, de donde recuerdo señaló haber tenido, o seguir teniendo una hermana que vivía allí). Todo entre permanentes bocanadas de humor artificial disparadas por su cigarrillo electrónico.

Anita y Mick Jagger en el rodaje de “Performance” (1968)
ESA VIEJA MAGIA. Extremadamente bronceada, y con la piel algo arrugada a su edad, a sus 71 años de edad Anita aún mantenía el sex appeal que había sido su sello natural personal. Y si bien ya no contaba con la belleza física que la caracterizó, su peculiar forma de hablar, sumada a sus clásicos modales y su femineidad establecida, continuaban siendo parte de una personalidad atractiva en todo momento, con un halo que estaba a la misma altura.  Hay algo suficientemente raro que siempre me sucedió cuando tuve que estar frente a algún personaje histórico que me haya tocado conocer en persona, ya sea en situación de una entrevista o, como fue en este caso, el de un encuentro fortuito, y que es de alguna manera sentir que la persona en cuestión en realidad no se encuentra físicamente allí, tornándose todo el tiempo un collage interminable de imágenes y historias entremezcladas (las mismas que uno siempre contempló, las mismas que terminaron forjando al personaje en cuestión), y alejándose de lo que realmente está pasando en el autentico momento del encuentro. Básicamente me ocurrió con cualquier figura de peso que tuve oportunidad de conocer, y que, así las cosas, no logré separar de la verdadera realidad, con todo lo redundante que la frase pueda significar. Es como una dimensión dentro de otra, mientras ambas se desdibujan constantemente sobre la marcha. Por tal motivo, estar con Anita poco tuvo que ver con el hecho en sí, pero con un cortometraje ilimitado por donde figuraron las mil y una imágenes de ella que uno cierta vez presenció con el correr de los años, en fotografías o material en video. Que es lo mismo que le podría haber sucedido a un adorador de la carrera de los Rolling Stones, porque es innegable que Anita Pallenberg simboliza un elemento fundamental de la iconografía central de la banda. Porque si no existe una cuota de peligro (lejos de cualquier posibilidad amenazante, sino respecto a la situación de tensión que el género debe esencialmente conservar), el rock no es rock. Y Brian y Anita fueron los progenitores del estilo de la banda desde esa coyuntura original en sus años formativos. El primero aportó la imagen original y la actitud estilística de casi todo lo que llegaría después, y la inquietante Anita, con su mirada penetrante y su porte natural original de bad girl, fue la cereza en la torta para un plato irresistible de uno de los menúes centrales en toda buena mesa.

Brian Jones, Anita y Keith Richards: el triángulo original
MIL Y UNA PERFORMANCES. Por esa y mil razones más, a lo largo del almuerzo no logré quitar la mirada de su persona y ese halo inexplicable, mientras por mi mente desfilaban otros tantos millares de postales a los que uno asistió y que ahora se materializaban en la mesa de un restaurante. Aquellas de Anita junto a Keith en todas esas ocasiones que haría falta un archivo aparte para atesorar, Anita cortejando amorosamente a Mick en el film “Performance” (y la guerra de situaciones internas en la dupla Jagger/Richards que esa circunstancia produjo), Anita la “Gran Tirana” que  controla la ciudad subterránea donde aterriza Jane Fonda en la película “Barbarella” (mientras el director Roger Vadim luchaba por manejar sus emociones comandando los roles de dos de las mujeres más bellas del planeta), o en otro de sus roles fílmicos, el del largometraje “A Degree of Murder”, cuya banda original de sonido a cargo de su ex Brian Jones continúa permaneciendo inédita. Preferí inclinarme al viejo arte de la observación, mientras por mi cabeza seguía cruzándose un sinfín de imágenes imposible de detener protagonizadas por la musa stoniana por excelencia, e “it girl” de cepa durante buena parte de los años 60 y 70 (eso que los diccionarios definen como la frase informal para referirse a la mujer bella y de estilo poseedora de sex appeal sin la necesidad de lucir su sexualidad), que a pesar del paso del tiempo y las arrugas no lograba evitar una sonrisa irresistible a la que alguna vez una revista de moda británica citó como “esa sonrisa de bruja”. O la chica que todos querían tener.

Anita en el film “Barbarella” (1968)
EL LIBRO QUE NUNCA FUE. En este mediodía estival en el restaurante de un lujoso hotel de Buenos Aires estaba la mujer por cuyas venas circularon vastas correntadas de opiáceos, cuando ser un yonqui respondía exclusivamente a una decisión propia y no a una pose snob celebrada por los lentes de las cámaras. La del aporte definitivo a la concepción de la canción “Sympathy For The Devil”, en lo que determinara un año clave en la imaginería del grupo del cual muchos la consideraban “el sexto Stone”. “¿Es verdad que la idea de los ‘oohs, ooh, oohs’ de esa canción fueron idea tuya?”… Prefiero abstenerme de preguntárselo. Posiblemente no le interesara aclararme nada de eso, ni repasar viejas páginas de su historia, lo que decididamente dejó en claro cuando se me ocurrió sugerirle por qué no escribir una autobiografía alguna vez, y a lo que respondió “Porque no me acuerdo de nada”. Fue una manera rápida y concisa de explicar la verdadera historia detrás de la respuesta, que es la de su reticencia declarada a no hacerlo, previendo que cualquier editor posible sólo lo hubiera hecho con el mero interés de ofrecerle a los lectores historias de neto corte amarillista, las que seguramente hubieran vendido cantidades de copias, pero que a cambio hubieran pasado por alto otros capítulos que la hubieran definido más acertadamente. Tampoco fue necesario repasar su aporte fundamental a la mística de los Stones, entonces. Bastó y sobró con dejar que se expresara por sí misma, declarando su amor incondicional por la historia del grupo y que ahora, de grande, se preguntaba cada vez que presencia las escenas de fanatismo adonde los Stones se dirijan: “¿No se dan cuenta que ya son tipos grandes y que cuando vuelven de un concierto necesitan irse a dormir y descansar?” Esta vez fue ella quien me formuló una pregunta. “Seguramente”, respondí, “pero no creo que podamos hacer mucho al respecto”. Me devolvió una sonrisa, como las tantas otras que se dieron durante la charla, seguida de otra bocanada de humo artificial.
Tampoco faltarían sus comentarios sobre los días en Toronto de 1977, cuando fue detenida junto a Richards en el aeropuerto de la ciudad tras habérseles encontrado una buena cantidad de heroína, lo que casi le vale al guitarrista una temporada tan extensa en la cárcel como para haber puesto fin a la mismísima carrera de los Stones. Richards lograría la emisión de un nuevo visado que le permitió regresar a los Estados Unidos tiempo después, situación que a Anita, habitante de su esfera personal ante todo y sin contar con los mismas ventajas que la fama de un músico puede traer aparejadas, le valió al menos una década y media sin poder retornar a aquel país. “Fue el peor momento de mi vida”, nos confesaría, mientras ordenábamos otra botella de agua mineral.  Más curioso aún fue cuando propuso abordar un repaso breve sobre la situación política argentina del momento, que entre cambios de gobierno y explicaciones en vano sobre la medida del “cepo” monetario de la administración anterior (y donde no faltó más de un “¿por qué?”), prefirió cambiar de tema para dejar en claro cuánto amaba a sus hijos y a sus nietos. El plan posterior al almuerzo iba a ser el que tenía previamente agendado, la invitación de Adam a que visite “Early Stones, by Michael Cooper”, la exhibición con fotografías de los Stones tomadas por su padre que Adam estaba llevando adelante por esos días en el espacio Ciudad Cultural Konex, a la que Anita había prometido visitar aquella tarde y de la cual iba a ser invitada ilustre para revisar en persona buena parte de su historia, enfrentándose a imágenes de las cual ella también formaba parte. Con solo un show más de los Stones pendiente a tener lugar al día siguiente, y dejando de sumarse al resto de la gira latinoamericana (“no la voy a seguir, después de aquí regreso a Jamaica”) abandonamos el recinto para emprender camino a la muestra de imágenes en blanco y negro en la que Adam, lleno de emoción, homenajeaba una vez más a su padre y al temprano mundillo Stone del que Pallenberg había sido pieza fundamental.

Anita en la muestra del Konex junto a Silvia, esposa de Adam
(Foto: Adam Cooper)
FUMANDO AL SOL. Antes de tomar el ascensor que nos iba a llevar a la planta baja del hotel barajé la chance de tomarme una fotografía con ella: “Anita, odio pedir fotos, pero me gustaría que nos tomemos una como recuerdo de lo que para mí fue gran momento”; “No, que no tengo puesto nada de maquillaje”, me contestó sinceramente, valiéndose de otra de sus sonrisas arquetípicas. Fue cuando deduje que, después de todo, y desafiando la lógica, al menos por esta vez las mil palabras iban a valer más que una imagen. Claro que mucho menos me esperaba que la jornada todavía me tuviera deparada un bonus inesperado. Fue cuando al llegar a la puerta principal de ingreso al Four Seasons, inmersos en una temperatura que para esa hora ya había superado los 35 grados reales, Adam nos pidió que lo esperemos un momento. El momento finalmente terminó extendiéndose por algo más de diez minutos, en los que Anita y yo nos quedamos a solas sentados en uno de los bancos de la entrada del hotel. Bajo un sol abrasador, me pidió que le consiga otra botella de agua mineral. Volví a estar sentado junto a ella en tiempo record, mientras sacaba un Camel de su cartera para saborearlo como si fuera el primer cigarrillo del día de todo fumador empedernido.

Con el director Volker Schlondorff durante la filmación
de "A Degree of Murder" (1967)
 
PREGUNTAS VS. RESPUESTAS. Continué haciéndole preguntas, una tras otra, hasta que, en medio de la nube de humo que la hacía verse como en una postal de Nellcote de 1972, me disparó contundentemente: “¿Pensás seguir haciéndome preguntas todo el tiempo?”. “No sé de qué otra manera dirigirme”, le reconocí con todo el peso de la verdad, por lo que minutos después, cuando saque mi atado de Marlboro y le ofrecí uno  diciendo “¿Querés un cigarrillo?”, evitando que suene a pregunta sin posibilidades de éxito (¿acaso había otra forma gramatical de hacerlo?), se rió histéricamente. “Me dijiste que te llamabas Marcelo y que tu familia paterna provenía de Italia, pero cuál es tu apellido?”. Ahora era ella la que preguntaba. “Sonaglioni, Marcelo Sonaglioni”, le apunté. “Y sabés qué,  jamás pude saber el origen detrás de mi apellido y…” Me interrumpió. “¡Marcelo Sonaglioni!”, exclamó en perfecto italiano, con un tono de celebración como si hubiese estado anunciando mi nombre ante una audiencia. “Tu apellido tiene que ver con el nombre de una serpiente italiana”, me aseguró convencida, mientras yo disfrutaba de mi cigarrillo fumando a solas junto a Anita Pallenberg, la chica a la que su ex novio Keith Richards le había dedicado “You Got the Silver” tan deslumbrado como yo. Surgió la invitación para ir con ella y Adam al Konex, una nueva aventura a la que no pude sumarme para poder cumplir con el compromiso original que tenía para esa tarde. Anita me tomó del brazo y la acompañé hasta el auto. “¿No venís?”, me preguntó. “Desafortunadamente no puedo hacerlo ahora, pero espero verte nuevamente, y gracias por un almuerzo inolvidable”, atiné a decirle. Intercambiamos abrazos y besos, antes de que el taxi de Anita y Adam partiera rumbo a la exhibición fotográfica de papá Michael. El año pasado, con motivo de un viaje personal a Londres, había logrado tramitar una entrevista con Anita en la que esa vez seguramente no iban a faltar todas las preguntas que me hubiera gustado formularle el día del almuerzo, pero poco antes sufrió la rotura de una costilla, por lo que debió ser cancelada para una futura oportunidad que ahora, dado el rigor de los acontecimientos sucedidos, no podrá tener lugar.


EPÍLOGO.
La noticia publicada primeramente por el diario italiano La Stampa el martes 13 de junio pasado cayó como un balde de agua helada. Si bien eran de conocimiento los diversos problemas de salud que venía enfrentando en los últimos años, el reloj biológico de Anita Pallenberg marcó que era la hora de cambiar de escena. Falleció rodeada de familiares en un hospital de Chichester, la ciudad británica al oeste de Sussex, muy cerca de su amada Redlands, donde vivió algunas de sus más recordadas páginas a la que ahora se agregó un último capítulo definitivo. Por esas vueltas del destino, días antes de la noticia de la muerte de Anita ya tenía pactado un encuentro con mi amigo Adam al día siguiente de lo sucedido. Cuando llegué al bar, Adam ya estaba esperándome. Se lo veía cabizbajo, notablemente conmovido, emocionado hasta las lágrimas. “Fue como perder a una madre, porque Anita fue como una madre sustituta para mi, ya sabés…” El motivo original del encuentro pasó a segundo plano, para terminar favoreciendo una charla dedicada exclusivamente a un ícono definitivo. “¿Leíste el mensaje de Keith en Facebook? ‘Una mujer notable. Siempre en mi corazón’”. El texto iba acompañado de una foto de Anita, invariablemente bella, que su padre Michael había plasmado. Adam tenía los ojos llenos de lágrimas. Terminamos relajándonos y sonriendo, como suele pasar en los velatorios, una distensión natural y necesaria que nos permite recordar a los seres que admiramos de manera más distendida, mientras no dejaba de mencionarle a mi estimado amigo todas las historias vividas aquel día del almuerzo junto a ella, cuando la vimos los dos por última vez, y del cual le estaré agradecido a Adam eternamente.

(Agradecimientos: Adam Cooper)