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21 de agosto de 2018

10 DISCOS ESENCIALES – CHUCK BERRY “ROCKIN’ AT THE HOPS” (1960)


¡Mi primer disco de Chuck Berry! A decir verdad, el primero que compré en vinilo. Hasta aquel momento tenía casi todo lo que Chuck había registrado, pero en cassette (toda una antigüedad, ¡pero qué lindo sonaban!…amén de haber sido en su momento un fiel soldado de las milicias del walkman y haberme gastado medio PBI de Noruega en pilas…) Digámoslo así, antes del arribo de la cultura digital, y su canilla abierta a casi todo, los discos de Berry eran un tanto difíciles de obtener en el país. Había que ir a disquerías especializadas y, en el mejor de los casos, te los grababan a cambio de un precio razonable. O bien el destino te llevaba a hacerte amigo de alguno de esos disqueros y te los terminaban grabando de onda, a lo que tampoco logré resistirme. A lo que se agrega una nueva página: como muchos de sus contemporáneos, aquellos arquitectos de la cultura del RnR de mediados de los ’50s, Berry tenía pocos álbumes de estudio. Lo más común de todo era la cultura del single (o simple, si les gusta más) Uno tras otros, según los dictados de la industria, lo que derivaba en una o varias recopilaciones (en el caso de Chuck, fueron muchas) a las que iban terminando a parar todas esas canciones que se editaban de a dos. Por lo que a los 20 años yo todavía era un ansioso (y ergo, fracasadísimo) consumidor de Chuck Berry que todavía no lograba saciar su instinto. Fue precisamente cuando hace ya bastante tiempo, en ocasión de un viaje de vacaciones a Rio de Janeiro junto a unos amigos, me dirigí a la (hoy desaparecida) disquería Modern Sound, en la clásica avenida Barata Ribeiro de la ciudad carioca. Modern Sound era “la” disquería de importados en Brasil, con alguna que otra que le hacía la competencia en Sao Paulo. Pero Modern Sound las superaba a todas en caudal. Un palacio de vinilos importados a diestra y siniestra capaz de dejar boquiabierto al más insaciable de los buscadores de buena música. Y también de frustrarme, como aquel último día de mi estadía cuando me dirigí al sitio en cuestión con apenas unos reales (o cruzeiros, por entonces) y encontrarme con no menos de veinte LPs por los cuale me babeaba descaradamente. Recuerdo haber visto no menos de 10 o 12 de Berry, pero mis fondos de aquel momento (reitero, fue al final del viaje) no me permitían comprar más de uno, y tal vez agregar alguna edición local brasilera de menor precio. Sin titubeos, el elegido fue el maravilloso Rockin’ at the Hops. Y no sólo por ser uno de los pocos discos integrales de estudio que editó (lejos de los singles o recopilaciones), sino que también, como la historia lo supo detallar ampliamente, era uno de los discos que Jagger llevaba debajo de su brazo el famoso día de su reencuentro con Keith Richards en la estación de trenes de Dartford en 1962. Así las cosas, tras contar las monedas que me quedaban, literalmente, terminé haciéndome de tal magnífica pieza, a lo que agregué la edición brasilera de Knocked Out Loaded de Dylan, que se había lanzado recientemente. No me voy a extender mucho sobre el disco porque para eso están las canciones que lo componen (ni tampoco esta vez me sobra el tiempo para hacerlo), pero desde aquí invito a todo degustador a hacer un recorrido por las doce canciones que componen a este disco originalmente publicado en 1960 (seis por lado), y grabado durante la era Chess Records, desde “Bye Bye Johnny” hasta “Let It Rock”, las mismas que, oh casualidad, han integrado el repertorio stoniano, y de tantos más, por décadas.
Y como si todo esto fuera poco, un capítulo más. Rockin’ at the Hops fue el disco que Berry me firmó en su primera visita a Argentina, en 1993 (y cuya imagen ilustra este comentario) Anécdota la cual invito a todo interesado/a a repasar en esta nota que escribí en ocasión de la muerte del más influyente de los padres del rock’n’roll, en marzo del año pasado. Enjoy.
https://sonaglioni.wordpress.com/…/papito-chuck-el-padre-d…/

20 de noviembre de 2017

HOMENAJES: MALCOLM YOUNG (1953-2017), ADIÓS AL PEQUEÑO GRAN ROCKER

Publicado en Revista Madhouse el 20 de noviembre de 2017 


Una remera sin mangas, un jean gastado (de esos que lo llevaron a uno a pensar que era el mismo que usaba siempre) y una guitarra que prácticamente superaba los 1,60 m. de estatura de quien estaba colgada. Y mucha actitud, claro, en cantidades industriales. Esos acaban siendo los elementos que, sin mucho más que agregar, podrían definir el ADN de Malcolm Young, la pieza primordial de la maquinaria de AC/DC desde que el grupo arribó ruidosamente a la escena del espectáculo allá por 1973. Hechos de dinamita pura (o de T.N.T, si es que el lector considera al término más oportuno) Y un traje de colegial para su hermano Angus, claro.

MALCOLM, EL TODO Y LAS PARTES. Pocos músicos de rock tuvieron el destacado honor de lograr la condecoración de riffmasters (“maestros del riff”) como el pequeño gran Malcolm pudo plasmar en su instrumento. Tal vez sobren los dedos de una mano, sólo quizás. Keith Richards, Tony Iommi y algún que otro más que ahora no me viene a la cabeza. Tampoco es que sienta muchas ganas de ponerme a recordarlos tras el estupor causado por la reciente muerte de uno de los ocho hermanos de la camada Young a la que pertenecen. A pesar de su extensa carrera, Malcolm podría ser considerado el último que llegó a alcanzar a un podio tan prodigioso. Porque si su hermano Angus resulta ser la cara más visible de la banda, estéticamente hablando, Malcolm, el hombre pequeño que casi pasaba desapercibido en escena, escudado en su enorme guitarra Gretsch G6131 (más popularmente conocida como Jet Firebird), termina siendo el alma y corazón de una de las bandas más fundamentales del género. Una vieja gacetilla de Atlantic Records, la discográfica a la que históricamente pertenecieron los Young y Cía., lanzada en los primeros años de carrera del eléctrico combo, no titubeó en presentarlo ante la prensa como “no sólo un gran guitarrista y compositor de canciones, sino también alguien con una visión: Malcolm es quien planifica todo en AC/DC. Y también es el tipo tranquilo de la banda, profundo e intensivamente consciente de todo”.

AC/CB (CHUCK BERRY). Digámoslo así: si Malcolm hubiera nacido 20 años antes, y no aquel 6 de enero de 1953 (más precisamente en Glasgow, Escocia), su capacidad creativa -pendenciera, honestamente cruda, y llena de originalidad- lo hubiera puesto a la altura de quienes siempre habían sido sus ídolos musicales: Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, Little Richard, o los músicos de blues del Delta. Que por esa vueltas de la vida (y sólo porque tocaban muy fuerte, o porque más tarde coincidieran con la época en que la escena del rock marchaba a paso firme a lo largo y ancho del planeta) AC/DC haya sido considerado un “grupo de hard rock”, o incluso “de heavy”, más allá del disparate, responde meramente a un error técnico. AC/DC es Chuck Berry enchufado a mil voltios, con sendos toques de blues no menos electrificados, y con una pared de Marshalls para sostener la descarga. Títulos como “Dirty Deeds Done Dirt Cheap”, “Let There Be Rock”, “Highway To Hell”, “Back in Black, “Whole Lotta Rosie, “Riff Raff”, “High Voltage”, “That’s The Way I Wanna Rock’n’Roll”, “Live Wire”, “Thunderstruck”… en fin, simplemente estamos hablando de todos esos riffs irremplazables que salieron de las manos del pequeño diablillo detrás de AC/DC, para terminar convirtiéndose en himnos del rock en su exacta medida. “Bueno, los grupos de rock realmente no tienen swing, apuntó cierta vez. “Pero el rock’n’roll sí lo tiene. Lo que pasa es que las bandas no comprenden eso del sentimiento, del movimiento…”

EL NEGRO LES SIENTA BIEN. Como a muchos que promedian la edad de quien aquí escribe, a mí me tocó descubrir a los australianos gracias al álbum “Back In Black”. Para entonces, algún que otro video del disco ya había logrado colarse en los pocos, qué digo, escasísimos espacios de la televisión local allá por 1980. Estaba el de “Hell’s Bells”, y el del que le daba título al disco… A decir verdad, esos dos enanos que se sacudían espásticamente sobre el escenario me tuvieron obsesionado durante un buen tiempo. Estaban las fotos que aparecían en las revistas, claro, pero no alcanzaba. Por tal motivo hubo una mañana de sábado de ese mismo año en que me tomé el colectivo, me bajé en Paraguay y Florid, y me dirigí a una disquería de importados que estaba en la Galería Del Sol para hacerme del LP, recién llegadito del exterior. ¿Qué era esa tapa negra y por qué motivo las letras que aparecían sobre ésta eran del mismo color, casi ilegibles? Todo pasó a segundo plano desde que puse el disco en casa por primera vez, aún cuando no tenía mejor equipamiento para reproducirlo que el viejo tocadiscos Winco de la familia (con un solo parlante incrustado en el mismísimo aparto, y sin siquiera parlantes exteriores). Pero nada podía impedir que lo salía de allí fuera encantador: a mí me encantaba ese sonido. Los chirridos de Brian Johnson todavía no habían llegado a perturbarme tanto como lo lograrían con el correr de los años (paralelamente sin nunca dejar de lamentar la muerte del gran Bon Scott, la primera baja en la historia de la banda), pero uno pagaba el precio que tenía que pagar con la condición de poder disfrutar de aquellos mágicos riffs de los hermanos Young, que no paraban de embrujarme. Algunos años más tarde tendríamos la posibilidad de ir al cine a ver “Let There Be Rock”, así saldando el recóndito deseo de poder verlos en vivo, si bien en una pantalla, mucho antes de su desembarco en vivo y en directo en el país décadas después.

GUITARRA, VAS A LLORAR. Malcolm Young no necesitaba morirse para convertirse en músico “de culto”. Su importancia es tal que ya se había ganado los laureles en vida. Ni siquiera su problemas de salud que fueron de la adicción al alcohol hasta la demencia, situación que lo obligó a abandonar la banda hace algo más de 3 años, hubieran logrado impedir la distinción. Nos quedamos sin el chico de la remera sin mangas, el de los eternos pantalones gastados, y hay una guitarra Gretsch G6131, la misma de la cual salieron algunos de los mejores riffs de la historia del rock and roll, que llora desconsoladamente porque su dueño no va a poder volver a tocarla.

14 de noviembre de 2017

CLÁSICOS: LA INCREÍBLE HISTORIA DE “LOUIE, LOUIE”, LA CANCIÓN QUE RESURGIÓ DE SUS CENIZAS

Publicado en Revista Madhouse el 14 de noviembre de 2017



Si la tradición que reza que las canciones triunfantes generan enormes cantidades de dinero se cumpliera al pie de la letra, si desde el vamos auspiciara un futuro rico y promisorio, entonces la historia de Richard Berry, el autor de la mítica “Louie, Louie”, a quien el destino le jugó una maniática pasada -componer una de las canciones más exitosas de todos los tiempos, para luego presenciar cómo otros se llevaban los laureles y sus tremendos dividendos- deliberadamente podría desafiar la regla y sin titubeo alguno.



Remontándose algo más atrás, los primeros pasos artísticos de Berry datan de los días de The Flairs, una agrupación de doo-wop de Los Angeles de inicios de la década del 50 que, si bien sus miembros no habían logrado apuntalar ninguna de sus composiciones en los rankings de aquellos años, en determinado momento tuvieron la suerte de cruzarse a la insigne dupla de compositores y productores Jerry Leiber y Mike Stoller. Si bien para 1954 Berry ya se había embarcado en una carrera en solitario junto a su nueva banda The Pharaohs, al mismo tiempo en que escribía para otros artistas, Leiber y Stoller le ofrecieron sumar su voz a la grabación de la canción “Riot in Cell Block #9” de The Robins (los que más tarde se convertirían en los celebrados The Coasters), y algo después en la triunfante “The Wallflower (Dance With Me, Henry)” de la cantante de blues Etta James (de hecho, el primer gran éxito de ésta)

NACE UNA LEYENDA… EN EL BAÑO. Así, Berry comenzó a abrir shows para los chicanos Rick Rillera and the Rhythm Rockers en las noches en que el cuasi ignoto combo se presentaba en la ciudad de Anaheim, en California, lo que lo hizo interesarse por una de las canciones de la agrupación, llamada “El Loco Cha Cha” (de la autoría de René Touzet), con la cual Berry solía maravillarse mientras los escuchaba tocarla domingo tras domingo. Su fascinación por la canción, de claro ritmo latino, lo llevó paulatinamente a inspirarse para componer lo que más tarde se convertiría en uno de los sucesos más grandes de la historia discográfica del siglo pasado. Acto seguido Berry pergeñó “Louie, Louie” sin más recursos que la de la tonada de los Rhythm Rockers que lo tenía encandilado, y el de un pedazo de papel higiénico que rescató del baño del lugar para escribir las primeras estrofas de la canción (!), asegurándose de que música y letra no abandonen su cabeza.



En realidad el autor utilizó las notas de “El Loco…” para componer únicamente el riff principal de su obra prima (si bien las primeras notas de “Louie, Louie” resultan curiosamente bastante similares a las de la canción de los chicanos), a su vez sumando un abanico de influencias que iban desde Nat King Cole y su “Calypso Blues”, y “Havana Moon” de Chuck Berry (el otro Berry, con el cual, dicho sea de paso, no guardaba ningún tipo de parentesco, y que también mezclaba ritmos de calipso con rhythm and blues), lo que terminó convirtiendo a “Louie, Louie” en una suerte de balada de tipo jamaiquina. Para la letra, por su parte, Richard Berry se inspiró en “One For My Baby (And One More for the Road)” del compositor americano Johnny Mercer, que también hablaba de un joven que le contaba sus historias con las chicas a un barman que lo escuchaba pacientemente.

LOUIE LOUIE, UN ÉXITO POR MONEDITAS. A la hora de su lanzamiento comercial, “Louie, Louie” apareció en la cara B del simple de “You Are My Sunshine”. Originalmente Berry supuso que ésta iba a ser la que iba a lograr difusión, pero el suceso que obtuvó “Louie, Louie”, esencialmente gracias a la ayuda de un DJ de Los Angeles que no dejaba de hacerla rotar, superó sus propias expectativas, llegando a convertirse en la canción favorita de la movida de bandas de garage rock (o “rock de garaje”, aquel termino que refiere a ciertos grupos que solían ensayar en los garajes de sus casas, sobre todo los de la costa oeste de los Estados Unidos), pero más que nada en la canción que más amaban los Kingsmen, que provenían de Portland, Oregon. Enloquecidos por su melodía tras escuchar la versión registrada por un tal Rockin’ Robin Roberts (tanto como cierta vez lo había estado Berry por aquella de Rick Rillera and the Rhythm Rockers), los Kingsmen no perdieron tiempo y salieron a grabarla, para finalmente editarla en el mes de agosto de 1963. Probablemente lo que los Kingsmen desconocían era que con el lanzamiento del single estaban escribiendo una de las páginas más llamativas de la historia del rock and roll, más exactamente desde el momento en que su versión de “Louie, Louie” alcanzara el segundo puesto de las listas de ventas de discos pop en la revista Billboard, donde además permanecería por seis semanas seguidas. Tristemente, para entonces Berry había perdido toda soberanía sobre los derechos de publicación, tras haberlos vendido en 1959 al sello Flip Records a cambio de U$750, lo cual hoy podría parecer una suma insignificante, pero que en aquel momento no estuvo nada mal para un artista que pujaba por convertirse en un “creador de hits” y que vislumbraba que su carrera apuntaba a la nada misma.


Asimismo Berry se encontraba en planes de contraer matrimonio, por lo que la suma no le vino nada mal al autor, dada la coyuntura. Pero indudablemente mucho menos que lo que, en rigor, se estaba perdiendo, desde el instante en que la versión de los Kingsmen, con sus características tan singulares de sonido, alcanzó una repercusión tremenda, la misma que ni él, ni el sello grabador, podrían haber imaginado alguna vez. Eventualmente, a la hora registrar lo que más tarde se convertiría en su tema insignia, los Kingsmen optaron por dejar atrás el sonido dulzón de la toma original del autor, para reemplazarlo con un estilo de pista vocal muy diferente y con una letra prácticamente imposible de descifrar, todo gracias a la voz de Joe Ely, el cantante, cuyo micrófono en el estudio durante aquella jornada de grabación estuvo colgado del techo de la sala, por lo que no le quedó más remedio que ponerse en puntas de pie (!) mientras se esmeraba en vocalizar, elevando su tono un poco más arriba de lo que acostumbraba, para así evitar que lo tape el sonido del resto de los instrumentos. “Más que cantar, grité”, declararía Ely al respecto. Y por si todo esto fuera poco, el vocalista de los Kingsmen además venía de pasar por una sesión de ortodoncia, que lo obligó a grabar la canción con aparatos en sus dientes (!!).



EL FBI EN ACCIÓN. La controversia sobre “Louie, Louie” también acabaría involucrando al mismísimo FBI, cuyas autoridades, con el mero objetivo de descifrar lo que Ely cantaba, llegaron a designar un equipo especial de oficiales ordenados a pasar largas horas escuchando la canción, lo que finalmente los llevó a decidir que resultaba “incomprensible a cualquier velocidad en que se la escuche” y sin dejar de tildarla de “indecente”. Para colmo de todos los males, Berry, ya alejado de su composición, desconocía por completo que los Kingsmen la habían registrado, escuchándola por primera vez recién a los tres meses de su lanzamiento e incluso teniendo que lidiar con la injusta tarea de soportar a diario a la gente que se le acercaba para comentarle que la letra de su canción era “absolutamente incomprensible”.

Así y todo nada impidió que este se transformara en uno de los hits más duraderos de la historia del rock, principalmente a partir de 1978 cuando formó parte de la desopilante comedia “Animal House” (protagonizada por el inolvidable John Belushi, de cuya conexión con el rock hablamos alguna vez en MADHOUSE) y terminando luego por aparecer en decenas de bandas de sonido y recopilaciones varias, sin dejar de mencionar las cerca de 2000 versiones grabadas por una larguísima lista de intérpretes que incluyó, sólo por nombrar a las más recordadas, a las de Paul Revere & The Raiders, Otis Redding, Iggy Pop, The Kinks, Ike & Tina Turner, The Clash, Toots & Maytals, The Beach Boys, The Byrds, Motörhead, Joan Jett, Stanley Clarke and George Duke, The Cramps, The Cult, Sisters of Mercy, Barry White, Dave Matthews Band , Johnny Winter, Ace Frehley y hasta David McCallum (¡sí, el rubio Illya Kuryakin de “El Agente de C.I.P.O.L.”!).

UN COOLER PARA EL LADO DE LA JUSTICIA. Semejante e injusto giro del destino acabó llevando al pobre de Richard Berry al más oscuro de los ostracismos, refugiándose en la casa de su madre en el barrio South Central de Los Angeles, no precisamente una de las zonas más seguras de la ciudad californiana. Y fue el mismo destino que, un puñado de años más tarde, realizaría un giro de 180 grados y llevaría a California Coolers, una legendaria firma de bebidas que quiso utilizar “Louie, Louie” para un comercial de TV, a descubrir que no podían hacerlo sin la autorización previa del autor de la canción, por lo que uno de los abogados representantes de la firma tuvo que localizar al olvidado Berry. Ante la eventual posibilidad de que le inicie acciones a la marca en caso de utilizarla sin permiso, California Coolers no tuvo más remedio que acabar pagando por su uso, lo que sumado a la investigación de la Sociedad de Derechos de los Artistas de los EE.UU. (que determinó que el autor había sido privado ilegalmente de millones de dólares en regalías tras el correr de los años), terminó convirtiendo a Berry instantáneamente en millonario, sacándolo así del letargo del sofá del triste living de la casa de su madre en el cual había estado hundido para reencontrarse con su amada “Louie, Louie” y disfrutar merecidísimamente de las mieles de su consagrado éxito.

23 de septiembre de 2017

HALLAZGOS: LEAN AL MISMÍSIMO CHUCK BERRY COMO CRÍTICO DE PUNK, POP Y NEW WAVE (!)

Publicado en Revista Madhouse el 23 de septiembre de 2017



Corría 1980 y el fanzine estadounidense Jet Lag había logrado lo que para otros resultaba una misión prácticamente imposible: lograr una entrevista con Chuck Berry. Se sabe, el “Padre del Rock’n’Roll” no era lo que se dice suficientemente afecto a ser reporteado y, cuando lo aceptaba, tras meses (o incluso años) de ardua negociación y decenas de llamadas de teléfono, mayormente solía hacerlo si los interesados en hablar con él eran medios masivos, o revistas especializadas en música en las que podía despacharse a gusto sobre su carrera y exponer una vez más su talentosísimo ego… No, a Berry no le gustaban las entrevistas. Motivos no le faltaban. A través de los años, fueron más las preguntas que apuntaban a que hable sobre su vida privada (la que contaba con varias páginas escandalosas), la comidilla ideal para muchos editores hambrientos de historias de prensa amarilla que podían tentar a sus morbosos lectores.




Berry prefería hablar sobre sus canciones, o incluso deslizar alguna posición política, pero nada de siquiera referirse de lejos a los asuntos de índole personal que tanto protegía. Por eso no opuso resistencia alguna a la propuesta de los miembros de la hoy extinta publicación Jet Lag, quienes desde el vamos contaban con la ventaja de pertenecer a St. Louis, la ciudad que había dado luz al entrevistado, y que eventualmente permitió que el objetivo sea más sencillo de alcanzar.Para entonces Berry ya había declarado su interés en la nueva música  que iba apareciendo durante aquellos días, por los que los encargados del fanzine -que fiel a sus tiempos era redactado y editado de manera casera en una máquina de escribir, y luego fotocopiado para su circulación- terminaron haciendo que se olvide por un rato de su terquedad histórica y, tal como había manifestado, no se niegue a la posibilidad de opinar sobre las nuevas bandas de punk, pop y new wave que por entonces sonaban en la radio.



Apenas un lustro antes, a mediados de los 70, hordas de chicos con camperas de cuero y cabellos parados aterrizaban en la escena pregonando eso de dejar en el pasado a todos esos artistas establecidos alguna vez reconocidos como auténticos rebeldes (“Peligro, extraño/ Mejor pintate la cara/ Nada de Elvis, Beatles o Rolling Stones/ En 1977”, cantaban los Clash en la cara B de su single debut), pero Berry, que falleció el pasado 18 de marzo a los dulces 90 años de edad, lo sabía mejor que cualquiera: el rock’n’roll primitivo y el punk tenían muchísimo en común, y si bien apenas unos pocos lo reconocieron sin titubeos -sobre todo en el caso de los Ramones– fue el personaje central de la entrevista quien se explayó abiertamente, y por momentos también de manera muy graciosa, sobre aquel paralelismo entre esa nueva música y su propio trabajo, al que prácticamente no haya músico surgido en los últimos 60 años que no le deba algo. A continuación, la traducción de sus conceptos sobre distintas bandas (cuyos nombres aparecen con varios errores en el fanzine) y sus canciones, allá lejos y hace 37 años, con música incluida para los aquejados de deficiencia etaria… ¡o simple mala memoria!


SEX PISTOLS – “God Save The Queen”
“¿Por qué está tan enojado este tipo? Las guitarras y la progresión de la canción son iguales a las de las mías. Buen ritmo de fondo. No puedo entender todo lo que canta. Si estás loco, al menos hacele saber a la gente que es lo que te está enloqueciendo””.



THE CLASH – “Complete Control”
“Suena parecida a la anterior. El ritmo y las guitarras hacen un buen trabajo juntas. ¿El cantante estaba con dolor de garganta cuando la grabó?”



RAMONES  – “Sheena Is A Punk Rocker”
“Una buena canción movediza. Estos tipos me recuerdan a cuando empecé, yo también sabía solamente tres acordes”





THE ROMANTICS  – “What I Like About You”
20-20 –  “Oh Cheri” (sic)
THE BEAT  – “Different Kind Of Girl”
“¡Al fin algo para bailar! Suena mucho a los 60, con algunos de mis riffs de guitarra. ¿Vos decís que esto es algo nuevo? Escuché cosas así muchísimas veces. No entiendo por qué tanto alboroto…”





THE GLADIATORS  – “Sweet So Still” (sic)
TOOTS AND THE MAYTALS  – “Funky Kingston”
SELECTOR (sic)  – “On The Radio” (sic)
“Esto es bueno, muy suave y conmovedor. Muy bueno para arrastrar los pies. Suena bastante parecido a mi viejo camarada Bo Diddley, pero un poco más lento. Una vez intenté hacer algo similar en una canción llamada ‘Havana Moon’”



DAVE EDMUNDS – “Queen Of Hearts”
“Esto está mejor. Este tipo tiene un verdadero toque para el rock and roll, una onda que le sale de adentro. ¿Ha tenido éxito? Bueno, si alguna vez necesita trabajo yo podría utilizarlo”



TALKING HEADS – “Psycho Killer” (sic)
“Una canción divertida, sin dudas. Me encanta la parte de bajo. Buena mezcla, y buen ritmo. El cantante suena como si tuviera pánico de salir a escena”




WIRE – “I Am The Fly”
JOY DIVISION –  “Unknown Pleasures”
“Así que a esto le dicen ‘nuevo material’…No es nada que no haya escuchado antes. Suena como una de esas viejas zapadas de blues que B.B. King y Muddy Waters hacían en el backstage del viejo anfiteatro de Chicago. Los instrumentos serán distintos, pero es el mismo experimento”

7 de mayo de 2017

ANIVERSARIOS: A 52 AÑOS DE LA NOCHE EN QUE KEITH RICHARDS SOÑÓ “SATISFACTION”

Publicado en Revista Madhouse el 7 de mayo de 2017



Corría la primavera boreal de 1965 y los Rolling Stones estaban de gira por los Estados Unidos. Aquella noche del 7 de mayo la banda se alojaba en el motel Gulf, en Clearwater, estado de Florida, tras su concierto del día anterior en el Jack Russell Stadium de la misma ciudad. Algunas horas después, al levantarse, lo primero que notó Keith Richards, uno de los dos guitarristas de la banda, fue que la cinta de su grabador portátil se había acabado. Y que su guitarra reposaba sobre la cama en la que había dormido. Richards no recordó haber usado el grabador en ningún momento durante aquella noche, por lo que, preso de la curiosidad, se dispuso a escuchar lo que allí había. “Me desperté en medio de la noche”, declararía más tarde. “Cerca de mi cama había un grabador y mi guitarra acústica. A la mañana siguiente, cuando me desperté, vi que la cinta del cassette había seguido corriendo hasta terminarse. Entonces la rebobiné, y me encontré con algo así como 30 segundos de da-da da-da-da…Y también se puede escuchar el ruido de cuando dejo la púa sobre la mesa de luz. En cuanto al resto de la cinta, se trata de mí roncando”.

Richards pudo no haber recordado el instante en que se despertó en medio de la noche con una melodía en su cabeza, ni mucho menos haber tomado su guitarra para luego apretar el botón de record y registrar un riff de nueve notas, antes de volver a dormirse, que iba a hacer historia. Pero las semillas de “(I Can’t Get No) Satisfaction” ya estaban plantadas. Tras el descubrimiento, Richards salió a buscar a Mick Jagger, quien estaba retozando junto a la pileta del hotel y que instantáneamente se puso a escribir la letra para la canción de insatisfacción que su compañero de banda había plasmado unas horas antes, la misma que catapultaría a los Stones al megaestrellato definitivo. Y cuyo mensaje se consagraría como uno de los más simbólicos de esa década, acaso con perfecta vigencia hasta nuestros días.
Los renegados de Dartford (bueno, los Stones) junto a su
manager Andrew Loog Oldham en los estudios RCA de
Hollywood, 1965
Hasta ese entonces los Stones habían logrado meter solamente dos éxitos en el Top Ten de la mano de “Time Is On My Side” y “The Last Time” pero, en comparación con los logros obtenidos por otras bandas de la llamada British Invasion (claramente comandada por los Beatles), y con apenas un par de años de carrera, la banda necesitaba una canción que los lleve a la cima. Muy paradójicamente, a Richards ni se le había cruzado por la cabeza que aquella melodía sonámbula era exactamente lo que los Stones estaban necesitando. “Jamás pensé que fuera lo suficientemente comercial como para convertirse en single, le confesó al autor Philip Norman para su libro “Sympathy For The Devil”. De hecho, como más tarde apuntaría Bill Wyman, el bajista original del grupo, Richards la consideraba “una canción más, de las tantas que podían servir de relleno en algún álbum”.
A lo largo de esa gira americana de 1965 los Stones acostumbraban a pasearse por diversos estudios de grabación para matricular sus ideas, por lo que el 10 de mayo, apenas tres días después de la inspirada noche de su guitarrista rítmico, anclaron en los legendarios estudios Chess de la ciudad de Chicago, los mismos donde parte de sus ídolos musicales favoritos (Chuck Berry, Muddy Waters, Bo Diddley, etc.) registraron sus canciones más representativas. Allí, secundados por su manager y productor original Andrew Loog Oldham, los Stones lograron una primera versión de la canción, que incluía a Brian Jones (el por entonces segundo guitarrista del grupo, fallecido en 1969) en armónica, volviéndola a grabar dos días después en los estudios RCA de Hollywood, no sólo con un ritmo diferente, sino con una particularidad sonora que sería el sello emblema del sonido del cuerpo principal de “Satisfaction”, cuando Richards experimentó con agregarle a su guitarra el sonido de la Gibson Maestro Fuzzbox , la caja de efecto fuzz o “fuzz-tone”, que permitió aquel sonido característico que se asemejaba al de un saxo, y que también contó con la participación del músico y arreglador Jack Nitzsche en pandereta y piano. De hecho, una vez concluida la grabación, Richards, no conforme con el resultado obtenido, deslizó la posibilidad de grabar una tercera versión con una auténtica sección de vientos, pero fue vetada por el resto de los miembros del grupo y principalmente por David Hassinger, el ingeniero de sonido que estuvo en la sesión.
Bastante se ha rumoreado sobre lo que llevó a Richards a obtener la inspiración necesaria cuando se le ocurrió la melodía de la canción, teniendo en cuenta que la banda estaba influenciada por un amplio rango musical, pero el guitarrista nunca dejó de citar la música del combo femenino Martha And The Vandellas y su éxito del año anterior “Dancing In The Street” (de la cual resulta imposible disociar su clima con el de “Satisfaction”), o de “Nowhere To Run”, como así también de otros elementos sonoros de aquellos tiempos provenientes de la gloriosa compañía grabadora Motown Records. Y si la inconfundible propuesta melódica de la canción cimentaría para los Stones una carrera de más de medio siglo con muchísimas otras grandes composiciones, cuando hasta aquel momento sólo proponía un bacanal de buen ritmo, la trompada final llegaría de la mano de su atrevida letra, que si bien hoy día puede resultar poco controvertida para los tiempos que corren, en aquel momento no dudó en levantar más de una ceja.


Keith & Mick, manufacturando el single más emblemático
de la carrera de los Stones
Desde su edición, en reiteradas ocasiones se sugirió que Jagger inconscientemente había tomado el estribillo de “Satisfaction” de “Thirty Days” de su amado Chuck Berry, cuando éste cantaba “If I don’t get no satisfaction from the judge / I’m gonna take it to the FBI and voice my grudge” (que debería ser interpretada como “Y si el juez no me ayuda/ Voy a ir a ver al FBI y expresar mi rencor”), clamando por la aparición de su chica. O de la mismísima “I Can’t Be Satisfied” del gran Muddy Waters. Nutriéndose de los avatares de la vida alocada de una banda de rock que estaba de gira y del impacto de la cultura americana que como extranjeros en tierras extrañas comenzaban a descubrir y experimentar día tras día, Jagger no trastabilló a la hora de referirse, y de forma explícita, al padecer la sobredosis de información (“Cuando estoy manejando mi coche/ Y aparece ese tipo en la radio/ Y me habla más y más/ De información inútil/ Que se supone es para encender mi imaginación”), o de publicidad desmedida (“Cuando estoy viendo la tele/ Y aparece ese hombre para decirme/ Lo blancas que pueden estar mis camisas/ Pero él no puede ser un hombre/ Porque no fuma los mismos cigarrillos que yo”), o las dificultades de tener sexo casual, yendo tan lejos como expresar que una de sus admiradoras se lo negó por una situación, eventualmente, muy habitual en la vida de una mujer (“Cuando estoy dando vueltas por el mundo/ Y hago esto, y firmo lo otro/ E intento transarme alguna chica/ Que me dice ‘Nene, mejor volvé la semana que viene porque, ya ves, estoy con el período’ ”)


El escándalo que trajo aparejado la letra de “Satisfaction” pudo haberle venido de perillas al manager de la banda Andrew Loog Oldham (que desde el vamos se esmeró en publicitar a los Stones como los “anti-Beatles”, y con maravillosos resultados), pero la estrofa de una canción que aludía al rechazo de una mujer de una propuesta sexual por haberse encontrado menstruando -y que, adicionalmente, un enorme número de oyentes creyó se refería a la masturbación, o mínimamente, a la insatisfacción sexual- generó una colosal repercusión. Y siguiendo lo establecido por aquella máxima que dice que “la mala prensa es buena prensa”, el plan de Oldham, entonces, apenas tres meses después que los Beatles cantaran “me dijo que el vivir conmigo la deprimía”, se cumplió a rajatabla.
“(I Can’t Get No) Satisfaction” terminó editándose primeramente en los Estados Unidos un 6 de junio de 1965, con “The Under-Assistant West Coast Promotion Man” en la cara B (ambas canciones formarían parte del futuro álbum del grupo “Out Of Our Heads”, que saldría a la venta al mes siguiente). La versión británica del single de la canción, mientras tanto, se lanzaría algo más de dos meses más tarde, el 20 de agosto, y acompañada por “The Spider And The Fly”.
Jagger se referiría a “Satisfaction” como “la canción que realmente creó a los Rolling Stones, la que nos llevó de ser ‘un grupo más’ a una banda gigante. Tiene un título y un riff muy pegadizos. Y un gran sonido de guitarra, que fue muy original para esos días. Y captura el espíritu de aquellos tiempos, lo cual es muy importante en ese tipo de canciones: la alienación”.
Cuatro años más tarde del lanzamiento de “Satisfaction”, durante una conferencia de prensa de los Stones en New York en 1969, indagado sobre “si finalmente ya se sentía más satisfecho”, la primera respuesta de Jagger fue con una pregunta: “¿Ud. dice financieramente, sexualmente o filosóficamente?”. A lo que la periodista replicó: “Satisfecho financieramente y filosóficamente…”. Jagger no titubeó al responder: “Financieramente, insatisfecho. Sexualmente, satisfecho. Filosóficamente, intentándolo”.

6 de abril de 2017

CON BOB GRUEN EN BUENOS AIRES: “EL ROCK’N’ROLL ES LA LIBERTAD DE EXPRESARTE CONTUNDENTEMENTE”

Publicado en Revista Madhouse el 6 de abril de 2017

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“¿Cómo está tu muñeca?”… Vaya pregunta inusual para iniciar una conversación, pero es lo primero que me nace transmitirle a Bob Gruen tras haberlo visto firmar decenas de copias del libro que gratuitamente recibían los asistentes a “Rock Seen”, su reciente muestra de fotografías exhibidas durante 2 semanas en la institución pública Centro Metropolitano de Diseño, allí en Barracas, y que no pensaban en irse hasta que el protagonista les estampe una dedicatoria. “¡Bien!”, me contesta sonriendo, mientras trata de decirme con la mirada que se pasó buena parte de su la vida haciendo lo mismo. “Perdón, tengo que ir al baño. Ya vuelvo”, me susurra al instante, más confianzudamente.  Minutos después, Bob Gruen se pide un porrón de cerveza en el bar del lugar, que llega a la mesa en el preciso instante del comienzo de la entrevista.


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Magia en blanco y negro: The Clash y Bo Diddley inmortalizados por
Gruen en Cleveland, Ohio, en febrero de 1979.
A través de prácticamente los últimos 50 años, Bob Gruen se ha consagrado como uno de los fotógrafos de rock más significativos y respetados de la historia del rock’n’roll. Con semejante carrera a cuestas, su trayectoria es tan extensa como simbólica, por lo cual uno se ve obligado a asumir de antemano que jamás habrá espacio suficiente para hacerle todas esas preguntas que uno desearía formularle. Es por eso que no habrá tiempo para preguntarle sobre sus anécdotas con Bob Dylan cuando lo retrató durante la gira de la Rolling Thunder Revue de 1975, o sobre sus mil y una historias como fotógrafo estrella de la escena del punk neoyorquino del ’76 y habitué casi permanente del Max’s Kansas City, donde registró a Blondie, Richard Hell, Robert Gordon y Patti Smith, entre tantos, o más precisamente de sus días junto a los New York Dolls, de quienes hizo las fotos más históricas de la carrera del grupo. Tampoco será posible indagarlo sobre aquella imagen de Bowie en estado de consumición absoluta casi vampírica dialogando con David Johansen, ni tampoco por la Salvador Dalí coronando a Alice Cooper en la New York de 1973. Ni las de los Clash en Inglaterra, ni las de los Ramones en el Bowery en 1975, o en el CBGB. Menos aún sobre la postal de los cuatro Led Zeppelin en el aeropuerto de Teterboro, New Jersey, posando junto a una de las turbinas del Starship, el Boeing 720 que la banda usó como avión privado entre el ’73 y el ‘75. O sus aventuras junto a Kiss durante la sesión de fotos para la legendaria revista Creem, mejor representadas por la tapa del mismísimo “Dressed To Kill” (también crédito de Gruen), o sobre cuando los sacó de paseo por Japón en 1977. No habrá más remedio que abstenerse de interrogarlo sobre la foto de Sid Vicious sangrando cual Cristo tras tajearse el pecho el pecho durante la gira americana de 1978 de los Sex Pistols, la de Elton John dándole un apretón de manos a Stevie Wonder, o las tomas de un Keith Moon, cuándo no, desenfrenado, partiéndole los labios a Leslie West con un beso asesino. 


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O sucumbir ante el deseo irrefrenable de que relate sus peripecias junto a los Stones en el Madison Square Garden en 1972 (o de “Crossfire Hurricane”, su libro de imágenes del grupo), y ni siquiera interpelarlo sobre las que quizás sean sus obras más recordadas, cuando plasmó a Lennon y su remera blanca sin mangas con el logo de New York City, o haciendo el signo de la paz frente a la Estatua de la Libertad. Y mucho menos para desafiar la situación, secuestrarlo y sacarle hasta la última gota de información hasta que lleguen los rescatistas… Idea que casi le sugiero, antes de cambiar de idea y manifestarle mi decepción al tener que guardar todas esas preguntas para una posible ocasión futura. “No te preocupes, hay mucha información sobre mí en internet”, me dice. Tiene razón. Como fuera, finalmente no hubo mal que por bien no viniese, y así el destino terminó favoreciendo temas menos frecuentes de su holgadísima carrera como retratista oficial de la realeza del rock. Como la reciente muerte de Chuck Berry, de quien Gruen produjo grandes tomas para la posteridad, o de los años de Rock Scene (cualquier asociación con el nombre de la muestra no es pura casualidad), la revista de rock de los 70 donde dejó grabados varios de sus trabajos más característicos, y de la que guarda sus mejores recuerdos. Crónicas que aparecen retratadas en los quince libros que lleva publicados hasta el momento, o en sus documentales. Y que en el mejor de los casos formarán parte del proyecto en el que -en exclusiva- adelantó se encuentra trabajando actualmente, el de su propia autobiografía, que seguramente no dejará ningún acontecimiento afuera, para regocijo de los periodistas a los que la tiranía del tiempo a la hora de entrevistarlo acaba siendo un inconveniente.

¿Recordás aquellos días en que no existían los teléfonos celulares? La gente iba a un lugar, a cualquier lugar, y no precisaba saber lo que estaba pasando todo el tiempo. Yo nunca tuve celular…
Bueno, ¡es tu problema! (Risas) Siempre quise tener uno. Cuando era muy chico leía a Dick Tracy en las revistas de historietas. Dick siempre usaba un transmisor en la muñeca. Siempre quise uno, y ahora lo tengo. Mi teléfono tiene mucha información. Hay más información en este teléfono que en toda la biblioteca de Alejandría.

img_3224¡Eso es un montón de información!
¡Es un montón de información, sí!

BERRY BERRY, BAILÁ CONMIGO
Seguramente nunca olvidarás que estabas en Buenos Aires el día que se anunció la muerte de Chuck Berry. ¿Cuánto tiempo llevás aquí, una semana?
Algo así, desde el viernes pasado.

Y Berry falleció al día siguiente, el sábado. Hiciste grandes fotos de él. Creo que mi favorita es esa en vivo en la que apunta su guitarra hacía el público, como si fuera una escopeta. Ya que estamos, me parece una buena forma de comenzar la entrevista, con tu opinión sobre Chuck Berry.
Ante todo, no pienso tanto sobre el día en que murió. Pienso sobre los días en que vivió. Pienso en los momentos en que lo vi y los que hablé con él. Estoy muy feliz de haberlo conocido, haberlo visto en tantos shows. Chuck Berry fue la primera persona que compró una copia de una foto mía, y también la primera que me pidió que firmara una. Nadie antes me había pedido que firme una foto. A Berry le gusto mi foto de él y preguntó si podía comprarla, y le dije “¡por supuesto!” Se la vendí. Le dije “hola, yo tomé esta foto”. Y él dijo “conozco esa foto, intenté llamarte”; “lo sé, esa semana me encontraba lejos”, respondí, y entonces me dice “vení, vení aquí”. Y me llevó detrás de unos amplificadores y sacó su billetera, que era gorda, llena de billetes de cien dólares. Eso era realmente mucho dinero. Iba a dársela, pero ni bien vi los billetes de cien dólares le dije “OK, acepto el dinero”. Y después él me dijo “Quiero que la autografíes”. Era la primera vez que firmaba una foto, no tenía el concepto de firmarla sobre la foto misma, no quería arruinarla. Así que escribí en el reverso “Para Chuck Berry, el Rey del Rock’n’Roll”, y luego puse mi firma. Recuerdo ese momento como si fuera ayer. Ese fue el momento más emocionante de todos, la primera vez que estuve con él.  Y después de aquella vez lo vi en varias oportunidades a través de los años. Aprendí algo que mucha gente no ve, porque lo vieron una sola vez, y yo lo vi muchas. La gente habla sobre el hecho que él nunca tenía banda propia, y que solamente tocaba con músicos locales en cada uno de los shows. Para mí, eso era Chuck Berry enseñándole a la gente cómo tocar rock’n’roll, porque ni siquiera les decía cuándo era que llegaba el momento de salir a escena, o qué es lo que iban a tocar. No había ensayos. En la película de Berry donde está Keith Richards (N.: “Hail! Hail! Rock ‘n’ Roll”), Keith quiere ensayar y ensayar y asegurarse de que va a salir todo perfecto. Y en el medio del show Chuck quiere cambiar de nota, y hacerlo de forma espontánea… Ser Chuck Berry se trataba de ser espontáneo. No se trataba de estar afinado, o de usar las notas exactas. Se trataba de tocar rock’n’roll.

Bueno, pifiarla en vivo era algo muy común y tradicional en él.
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Chuck by Bob: un maestro visto
por el ojo de otro maestro.
Sí, porque el rock’n’roll se trata de libertad, el rock’n’roll es la libertad de expresarte contundentemente. Y Berry era muy bueno haciendo eso. Hay una escena muy famosa en la película en la que Bruce Springsteen esperaba y esperaba, y Chuck no aparecía, hasta que lo hizo dos minutos antes de salir a escena. Y Bruce le pregunta “¿qué vamos a tocar?”, y Chuck le contesta “vamos a tocar algunas canciones de Chuck Berry”. Y se suben al escenario, y los músicos tenían que aprender mientras lo hacían. Lo vi tocar muchísimas veces, y había algo que podía pasar después de la primera canción, la tercera, o la quinta. O durante los bises. Cuando él sentía que la banda estaba sobresaliendo por encima suyo, y si la banda estaba tocando rock’n’roll, le decía a la audiencia “Damas y caballeros, ahora nos gustaría empezar con el show”. No lo decía hasta que sentía que la banda estaba en consonancia con su música. Y la banda desconocía si eso iba a funcionar. Una vez lo vi en el Madison Square Garden tocando con músicos locales, y en la primera canción no dijo nada. Se acercó al amplificador del guitarrista, desenchufó el cable, se lo dio al guitarrista, se dio vuelta y se puso a tocar. ¡Y el tipo tuvo que irse del escenario con la imagen más triste que jamás haya visto! (Risas) Pero Berry le estaba enseñando a la gente cómo tocar rock’n’roll, y lo hizo frente al público, para que ellos también aprendan. Y así es como lo vi.


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Los Elephant’s Memory junto a John Lennon,
Yoko Ono y el inefable Phil Spector
¿Lo conociste aquel día del autógrafo?
Sí, esa fue la primera vez que hablé con él. Y luego lo vi muchas otras veces. Hubo una ocasión, 1 año o 2 después de eso, en la que él estaba en New York grabando con Elephant’s Memory. Era muy raro que él use una banda en lugar de músicos individuales. El guitarrista de Elephant’s Memory grabó algunos solos para ese disco. ¡Por lo que el disco nunca fue editado! (Risas) Ese día el grupo me había pedido que vaya allí para hacerles unas fotos con Chuck. Pero era un día de lluvia, y Berry tenía el cabello alisado, y en los días de lluvia el pelo alisado no se ve muy bien. Entonces la banda preguntó “Chuck, ¿podemos hacer una foto?”. Y Berry contestó “no, nada de fotos hoy”. Y la banda: “Pero este es Bob, es amigo nuestro, iba a hacer una foto para nosotros”. Y Chuck: “Conozco a Bob, es mi amigo, y no va a sacar ninguna foto hoy”… Y yo casi me caigo al piso, Dios mío, ¡Chuck Berry acaba de decir que soy amigo suyo! (Risas) Pero tengo un montón de fotos buenas de Chuck. La banda quería esas fotos, pero no las pude hacer.

Insisto con lo de que justo murió durante tu estadía en Buenos Aires, algo que difícilmente vayas a olvidar.
Bueno, como dije antes, no siempre pienso en el día de la muerte de alguien. Prefiero pensar sobre su vida. Viste cómo es, mucha gente celebra a John Lennon el 8 de diciembre, la fecha en que murió. Yo prefiero hacerlo el 9 de octubre, el día en que nació.

PASANDO REVISTA
Alguna vez declaraste que comenzaste como fan de la música, y luego te volviste fotógrafo.
Bueno, siempre fui fotógrafo, desde que era muy chico.


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La tapa de Rock Scene de junio de 1978:
Patti Smith aparece junto a los Pistols,
Blondie, los Heartbreakers y… John
Travolta, la sensación del momento.
¿Acaso lo hiciste a propósito? Quiero decir, probablemente yo me hice periodista, conscientemente o no, para poder estar más cerca de la gente que admiraba…
Bueno, después de la secundaria, la que básicamente abandoné, mis padres querían que me consiga un empleo. Eran abogados y sentían que yo debía usar saco y corbata y tener una oficina. Pero realmente no me gustaba lo de la oficina. No podía hacer eso de trabajar de 9 a 5, porque yo no era precisamente el tipo que se levantaba a las 9 en punto. No quería ningún empleo. No elegí la carrera del rock’n’roll, elegí una carrera que me permitiera conectar, sintonizar y abandonar. Esa fue la carrera que elegí. Y cuando abandoné el colegio me fui a vivir con una banda de rock’n’roll, porque quería divertirme. Era my hobby, sacaba fotos de mis amigos todo el tiempo, y también estaba sacando fotos de los de la banda. Y cuando consiguieron contrato de grabación, la compañía discográfica pidió mis fotos, y les gustaron, por lo que me contrataron para hacer fotos de otras bandas, y seguí sacando fotos de más y más grupos, porque me llamaban y me decían “te vamos a pagar por eso”, y yo les decía “ok, dénme dinero”, ¡Pero no era mucho dinero! (Risas) Pero me pagaban por hacerlo, y es lo que hice durante el resto de mi vida.

Entonces básicamente se trató de divertirse desde el vamos, no de que te paguen.
Sí. Cuando comencé no había tal término, no existía la palabra “fotografía de rock”. Había fotógrafos en el rock’n’roll, pero no se conectaban con eso del trabajo.


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Típica cobertura de la Rock Scene: fiestacha en
Nueva York junto a los Black Sabbath, expertos
en desmadres. Bob es el de bigotes, junto
a Patti Smith.
Bueno, en verdad te consideraría más un “fotoperiodista”, ya que tus fotos también cuentan historias.
Tal cual. Y es por ese motivo que me gustaba la revista Rock Scene, porque en ella no publicábamos simplemente una o dos fotos, y el resto eran páginas de textos. Rock Scene era todo fotos. Entonces podía hacer dos o tres páginas de The Clash en gira, o dos páginas de… en fin, de lo que sea, digamos, “Suicide va a las carreras”, con toda clase de historias sobre la banda.

Y también publicaban fotos de toda esas fiestas de los músicos de rock. Recuerdo que no había fiesta en la que no apareciera Alice Cooper…
Así es, entonces contábamos una historia completa, dos páginas sobre la fiesta y la gente que había asistido, y lo que estuvieron haciendo. Era más sobre el estilo de vida del rock’n’roll.

Alguien debería ocuparse de subir online  todo lo que apareció en Rock Scene…
¡Lo hicieron! La revista entera. Rock Scene se editó entre 1972 y 1982. Se editaba solamente 3 o 4 veces al año, así que fueron 42 números en diez años. Creo que tal vez algo así como hace una década alguien le compró al editor las copias que quedaban, y después escanearon todo y lo pusieron online. Si vas a http://www.rockscenester.com/, ahí están todas las páginas de la revista disponibles. Las portadas, los avisos… Está todo online.


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1975: la Rock Scene cubre hasta un menesteroso
(aunque pintoresco) viaje en subte de los Ramones
camino al CBGB, llevando la Mosrite
en una bolsa de compra.

Tené en cuenta que en aquellos años para nosotros en Argentina, y lo mismo para otros países, la única manera de conseguirlas era pidiéndoselas a alguien que viajara a EE.UU., ya que rara vez se la veía por aquí.

Bueno, era mucha la gente que tenía que esforzarse para conseguirlas, pero pareciera ser que finalmente lo lograban, ya que fue muy influyente. Nunca ganamos dinero con ella, no necesariamente nos pagaban para hacerla. Era sólo para divertirnos. Si la mirás, vas a ver que tenía muy poca publicidad. Lo que hacía más fácil leer sobre rock’n’roll, ya que era toda sobre grupos y músicos. Pero al mostrar tantos músicos nuevos y fotos en fiestas, y demás cosas, no estábamos promocionando los álbumes que editaban las discográficas, y entonces las compañías no nos compraban fotos. Muy poca publicidad, nunca nos pagaban, pero siempre nos divertíamos. Se trataba solamente de eso. De divertirse.

Tal vez Rock Scene sea la mejor revista de rock “de culto” de los EE. UU. en toda la historia.
Bueno, era buena, era el mejor de los fanzines. De hecho, John Taylor de Duran Duran me dijo que él tenía que tomar un bus desde su casa hasta la estación de trenes para ir hasta el próximo pueblo, y después otro tren hasta Manchester para conseguirla. La iba a buscar cada tres meses, ya que había una sola tienda de revistas en la que él sabía que podía conseguirla. Y a veces todavía no se había editado, entonces tenía que volver a su casa y volver a intentarlo la semana siguiente… (Risas)

De hecho era una revista liviana, con pocas páginas.
Sí, hecha de forma muy barata. Muy. Pero tenía montones de información, y era el único lugar donde había ese tipo de información sobre el estilo de vida del rock’n’roll. No había muchas revistas de rock’n’roll en los 70 en EE.UU., era todo más que nada Rolling Stone, la revista Creem, East Coast Rocker… Muchas de ellas tenían muchísimas historias y escritores, escribían historias sobre un álbum o un concierto, mientras que en Rock Scene eran todas fotografías. Era el único lugar donde realmente podías ver a alguien en una fiesta. Tomábamos a las fiestas y el estilo de vida mucho más seriamente que los discos. No nos tomábamos nada en serio. La cosa por la que la gente gustaba de Rock Scene era porque nos divertíamos con todo. Se trata de rock’n’roll. No se supone que tenga que ser serio.


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“¿Y al llegar a Diagonal Norte hacemos combinación con
la A, Johnny? ¿Eh, Johnny? ¿Eh?”, pregunta un insistente
Dee Dee. Johnny finge no conocerlo.
La revista Creem también era bastante así.
Creem también era muy entretenida. Cuando fui a Inglaterra en 1976 y conocí a algunos de los punk rockers de allí, tenían respeto por mí porque sabían que yo trabajaba en Rock Scene y en Creem. Si les hubiera dicho que trabajaba para Rolling Stone o el New York Times, no me hubieran hablado. Pero como trabajaba para Creem y Rock Scene, y por ende tenía sentido del humor, me hablaban.

BOB & JOHN & YOKO & IKE & TINA
A mediados de los 60 vivías en el Greenwich Village y tuviste la posibilidad de fotografiar a Bob Dylan en el festival de Newport de 1965, lo que fue todo un comienzo…
Fue mi primer pase como fotógrafo, y la primera vez que estuve frente a un escenario haciendo fotos. No conocía a ningún periodista, ni a nadie en ninguna revista, ni ningún lugar al que pudiera venderle mis fotos. Conseguí el pase de fotógrafo porque no tenía dinero para comprar la entrada. Y un amigo de mi madre escribió una carta para mí donde decía que yo representaba a una agencia publicitaria, lo cual no era verdad. Y fui a la ventanilla de entradas y les mostré la carta, y me dijeron “no es real, andate”. Pero yo no me iba. Así que finalmente me dieron la entrada, que fue el pase como fotógrafo. Pero realmente no empecé a trabajar hasta que mis amigos tenían la banda en 1969. Fue cuando comencé a conocer gente, en la compañía discográfica.


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Bob by Bob: Dylan en Atlanta, 1974
Pero antes de eso ya tenías amigos en la llamada “escena del folk” de New York, que para entonces era bastante popular.
Bueno, tenía amigos que eran más “folk rock” que “rock psicodélico”, amigos que estaban hacienda música folk. Yo no participaba de la escena, no conocí a nadie del negocio de la música hasta 1969. En realidad, mi primer contacto con la industria musical fue el haber trabajado en una disquería, al igual que mucha otra gente que comenzó sus carreras allí. Porque era ahí donde aprendías sobre los discos y los músicos. Solían tener copias de las revistas Billboard y Record World, y uno podía leer sobre el negocio del rock’n’roll. Pero no obtuve mis contactos al trabajar ahí, solo empezaba a aprender. Así que, nuevamente, mi primer contacto con una discográfica fue a través de la banda de mis amigos, y eso sucedió 4 años después de lo de Newport. Y luego, en 1970, conocí a Ike y Tina Turner. Esa fue la primera banda popular, o famosa, que alguna vez conocí.

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Tina by Bob: una imagen que vale
por mil palabras
¿Esa fue en la época de la Ike and Tina Turner Revue, no? 
Exactamente. Ahí fue donde tomé esta foto (señala la foto de Tina Turner en su libro), la de las imágenes múltiples. Esa es una sola toma, no tiene Photoshop. Eso es lo que Tina Turner hace en un segundo. Capturé un gran momento.

¿Entonces no fue que la tomaste así, intencionalmente?
Esperaba que resulte algo similar pero no sabía lo que iba a ocurrir, porque ella estaba bailando debajo de las luces intermitentes, y saqué cuatro fotos. Tres de ellas son terribles, pero esta es perfecta.

También filmaste muchísimo material de esa gira junto a Nadya, su primera esposa. Imágenes en vivo, ensayos, filmaciones caseras, que después aparecieron en el film “Ike & Tina: On The Road 1971-1972”
Sí, ese es un gran video. Nos dieron un premio por Mejor Video de Blues. Todo tipo de material. Incluso Tina cocinando para sus hijos.

¿Está todo filmado en blanco y negro?
Todo en blanco y negro, con algunas partes en color. Querían que use cinta en color, así que me alquilaron una cámara color. Pero nunca lo terminamos, todo lo que teníamos era la prueba de la filmación en color. Nunca nos pagaron el laboratorio. Como sea, el original se perdió con el paso de los años, pero teníamos una copia, pero la copia era sin sonido. Yo había grabado el sonido separadamente, pero no se conectaba. Y entonces cuando estábamos realizando el video, el editor hizo un trabajo increíble encontrando ciertas partes de la filmación en color que coincidiesen con la banda de sonido. Y de hecho la película comienza en colores, con Tina en el asiento trasero de un auto fastidiando a Ike, con él diciendo “oh cariño, cariño”, como si fuera él quien estaba en peligro (risas)

¿Cómo era trabajar con Ike Turner?
La pasé muy bien con él. En mi opinión, era muy dado y de dar mucho apoyo a los artistas. Fue generoso con muchos de ellos. Seguimos siendo amigos a través de los años, y estuve en su funeral cuando murió, hace unos años atrás. Había más de mil personas en su funeral, ya que casi toda la gente que estaba allí era gente que Ike había ayudado, o a quienes Ike les había dado algo. Ike te daba cualquier cosa que necesitaras. Si necesitabas un trabajo, te lo daba. Si necesitabas un auto, te daba un auto. Necesitabas una casa, Ike te daba una casa. Ike era una persona muy generosa. Pero eso no lo excusa de lo que hizo en su relación personal. Y pienso que la película es muy importante, ya que logró que se hable del tema, y mostró muy claramente lo que sucede con la violencia doméstica. Creo que el mundo necesitaba ese tipo de film, y abrió muchas puertas para un montón de gente que lo sufría. No creo que necesariamente Ike era la imagen más representativa de esa cuestión. Otras personas, como fue el caso de Rick James, terminaron en la cárcel por pegarle a alguien. Había gente que era mucho peor que Ike, pero la historia es muy importante. Podría ser subtitulada como “Lo que le sucede a un muy buen hombre que toma demasiada cocaína y enloquece”.


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La foto que no fue… de Bob: Lennon y Jagger en NY, 1972,
de smokings blancos y negros.
No sabés lo que lamento que no tengamos tiempo suficiente para hacerte todas las preguntas que quisiera. El problema es que tu carrera es muy extensa, y trabajaste con todos esos grandes artistas y…
¡También es que uso respuestas largas! (risas) Bueno, hay mucha información sobre mí en internet. Y ya que estamos, no todo lo que dicen de mí es verdad. Hay una foto de Amy Winehouse con mi nombre, pero nunca estuve con ella, no tomé esa fotografía.  Y hay otra de Mick Jagger y John Lennon en la que están vestidos de frac. Alguien puso mi nombre ahí, pero tampoco la saqué yo.


De todos modos fuiste vos quien hizo esas fotos de Jagger, Lennon y Yoko Ono cuando estaban grabando el álbum de Yoko “Approximately Infinite Universe”, las de los tres juntos en la consola del estudio.
Sí, estuve con ellos en el estudio. Creo que también hay una foto de Debbie Harry en la playa, y que tampoco es mía. Así que no creas en todo lo que leas.

No pienso hacerlo, no soy creyente. Me mantengo agnóstico.
¡Nunca!

ÚLTIMAS IMÁGENES
Me gustaría preguntártelo así. A punta de pistola, ¿cuál sería el artista con el que siempre estarías dispuesto a trabajar, y cuál sería el que ni siquiera volverías a levantar el teléfono para atenderlo?
Siempre voy a estar ahí para Yoko Ono, o para Tina Turner. Siempre. Tina se retiró, pero estuve con Yoko hace tres semanas. Dejaría lo que fuera en cualquier momento para estar con Yoko. Es la persona más brillante que conozco, y una de las más talentosas, generosas y creativas. Si la gente quisiera saber sobre Yoko Ono, sólo escuchen lo que dice John Lennon, y no escuchen lo que dice la Prensa, que no la comprenden, o que nunca la conocieron. Todos los que conozco que estuvieron con Yoko Ono dicen que es increíble. Solamente algunas personas de la Prensa tienen cosas malas que decir.


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Peinado afro, pantalones oxford, pañuelete hindú, bigote
reglamentario: adivinaron, estamos en 1974 y un joven
Bob Gruen se apresta a viajar a Japón junto a Yoko Ono
OK, ¿y entonces a quién le dirías que no?
(Piensa) Hay una o dos personas con las que trabajé, con las que no volvería a trabajar jamás, pero como las odio, no voy a decir sus nombres, y hacerles publicidad… Sólo dos personas. Son músicos, pero fueron unos idiotas.

Varias veces leí la frase “Bob Gruen hizo todo” Quizás todavía haya alguien por ahí con quien te gustaría trabajar.
Oh sí, todavía voy a ver a artistas. Hace 19 años que conozco a los de Green Day, y el año próximo, cuando sean 20 años, espero hacer un libro con mis fotos de ellos. Pero voy a verlos porque disfruto de la banda. Para mí, eso es una noche de diversión. También hay una banda de Irlanda que se llaman The Strypes

Desde ya, los conozco. Chicos muy jóvenes, muy estilo ‘60s.
Muy estilo ‘60s, muy rock y R&B, muy rock’n’roll de en serio, y chicos jóvenes muy agradables. Me encantan.

¿En qué andan ahora? Recuerdo su primer album de hace unos años atrás…
A la compañía discográfica en USA no le gustó su segundo disco, así que fue editado solamente en Inglaterra. No se lanzó en USA. Y ahora tienen un tercer álbum. Espero que la compañía en USA no los joda. Tienen un montón por delante para hacer. Son muy talentosos, estoy seguro que les va a ir bien.

Y en cuanto a vos, ¿cuáles son tus próximos pasos?
Estoy trabajando en una biografía. Me pasé toda la vida contando historias, pero es muy difícil tomar esas historias que contás y llevarlas a escrito. Así que estuve con bastantes problemas intentando lograr el sonido de la escritura, el sonido de cuando hablo. Pero planeo hacer una autobiografía.


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¿Quiénes tienen el caradurismo de pedirle una selfie
al troesma? Sólo en MADHOUSE, amigas y amigos
(Foto: Bob Gruen con la cámara de Frank)
¿Llevaste un diario personal a través de todos estos años?
Si hubiera mantenido un diario, ¡tendría que hacer dos biografías! (risas) Porque hay muchísimas historias en muchísimos lugares. Deseo haber tenido un diario, pero no lo hice, está todo en mi mente. Mi mente es clara, todavía ando bien.

Y aparte tenés las fotografías para respaldarlas. 
Claro, donde sea que veo una foto, me acuerdo de haber estado ahí. En general recuerdo lo que sucedió. A veces mis asistentes me muestran una foto mía y digo “¿yo saqué eso?”

¿Guardás mucho material que nunca fue visto? ¿Qué hacen los fotógrafos con el material sobrante?
Tengo archivos grandes. Los fotógrafos ponen ese material en archivos, hasta que lo volvés a encontrar y lo usás para otra cosa. Voy a hacer más libros. Sabés, tengo 15 libros editados, pero voy a hacer más.

¿Cómo te ubicás a vos mismo dentro de la historia del rock’n’roll? Digo, formaste parte de todo eso. ¿Cómo te considerás viéndote en perspectiva?
Bueno, generalmente no lo hago… (Risas). Trato de no pensar en mí muy seguido. Pero sí pienso en mí como si fuera un historiador, o alguien que registró la cultura de nuestro tiempo. Afortunadamente viví lo suficiente como para tener la posibilidad de compartirlo, y aún lo hago, me muevo alrededor del mundo hablando sobre ello, y compartiéndolo. No es solo rock’n’roll, creo que el rock’n’roll expresa la cultura de nuestra era. Y como dije anteriormente, para mí el rock’n’roll es sobre la libertad, la libertad de poder expresarte de manera fuerte. Entonces pienso que mi trabajo es más sobre la libertad, que sobre un retrato de un artista pop. No es porque esa persona sea famosa y yo le tome la foto con cierto tipo de iluminación. Mis fotografías han intentado capturar la pasión y el sentimiento, porque ese sentimiento es de libertad. Por lo que el tema principal de mi trabajo, y la manera en que me veo, es alguien que está inspirando a otros a que sean libres y que se expresen ellos mismos. Porque sin dudas no quiero que se parezcan a mí. No podés ser como otros, porque ya están todos los roles ocupados. Tenés que ser vos mismo.

¿Qué opinás de los fotógrafos actuales?
¡Tampoco pienso en ellos muy a menudo! (Risas) Bueno, no conozco a muchos de los fotógrafos jóvenes. He visto muy buenas fotos. La gente realmente ha aprendido a expresar el rock’n’roll, han visto muchísima historia, y vi gente que ha tomado excelentes fotografías. No recuerdo sus nombres todo el tiempo, pero hay uno que tiene mi edad, o tal vez sea algo más joven, llamado David Godlis, que es uno de mis fotógrafos favoritos. Al igual que yo, él es muy fan de Robert Frank, y creo que David capturó ese sentimiento natural. Mayormente cubrió la historia del CBGB, e hizo un libro que es muy popular. Y además es un tipo muy agradable. Lamentablemente es físicamente parecido a mí, y a veces la gente le pregunta, “¿vos sos Bob Gruen?” (Risas)