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28 de marzo de 2016

EXHIBITIONISM | LOS STONES DESDE ADENTRO

Publicado en Evaristo Cultural el 28 de marzo de 2016

portada (Small)

En julio de 1989, días después que los Rolling Stones brindaran una conferencia de prensa en la estación central de trenes de la ciudad de New York para promocionar la inminente gira de su por entonces nuevo disco de estudio Steel Wheels (el que marcó la reconciliación Jagger-Richards tras su mutuo distanciamiento a mediados de esa década, cuya magnitud terminó momentáneamente opacando el futuro de la banda), una carta de lectores que apareció en el periódico de distribución gratuita neoyorquino The Village Voice generó una serie de risotadas cuando su autor no tuvo la mejor idea que, considerando a los miembros del grupo de edad suficientemente avanzada como para seguir haciendo lo que mejor sabían hacer después de casi 30 años de carrera), se refirió al maratónico periplo anunciado como la Steel Wheelchairs Tour (“la gira de las sillas de ruedas”) Mick Jagger se tomó el comentario probablemente en sorna, a pesar de su eterno complejo de Peter Pan, y mucho más lo habrán considerado así sus compañeros de ruta, no tan acomplejados como el líder del grupo. “La suma de la edad de los cinco Rolling Stones supera la de los años desde que fue firmada la independencia de los Estados Unidos”, agregó otro simpático lector. Eventualmente los Stones no volvieron a parar nunca, ni mucho menos tuvieron que recurrir a alguna silla de ruedas para seguir adelante, realizando prolongadísmas giras de ahí en adelante, y resistiendo exitosamente el paso inexorable del tiempo. Para muestra puede alcanzar un botón, pero para cimentar una carrera que desde hace años los ha consagrado como la banda definitiva de la historia del rock’n’roll (y así taparle la boca a los opinadores de turno) basta con remitirse a su reciente travesía latinoamericana de 14 fechas a lo largo del continente, y que culminó hace días con un simbólico concierto gratuito en la ciudad de La Habana, con unos Stones en perfecta forma, y con un promedio de edad que ronda los 70 años. Por lo que no resulta raro que, ahora que los Stones anunciaron la exhibición itinerante más grande de una banda de rock de la historia realizada (y la primera de carácter oficial en sus casi 54 años de carrera), otro ignoto emisor haya sugerido en una red social “si no sería más bien hora de ponerlos a ellos mismos en un museo” Así las cosas, Exhibitionism, descripta como “la más intensa e involvente perspectiva dentro del mundo de la Banda Más Grande del Rock’n’Roll”, de hecho la mayor dedicada a la vasta trayectoria de los Stones que el mundo alguna vez vio, tendrá su inauguración el próximo mes de abril en la galería Saatchi de la ciudad de Londres. La muestra, que ocupará nueve inmensas salas diseminadas en dos pisos ocupando 1.750 metros cuadrados (considerada diez veces mayor que la de David Bowie Is en el Victoria & Albert Museum, o veinte más que la de Elvis en el O2 de la misma ciudad, y con un presupuesto que ronda casi los 6 millones de dólares), fue diseñada en plan gira interactiva, y mostrará principalmente las ropas más típicas usadas por la banda, así como guitarras y todo tipo de instrumentos (destacándose la primera batería de Charlie Watts), audios inéditos, presentaciones cinemáticas, diarios personales, fotografías y diversas piezas de arte y memorabiliaacumuladas por la banda a través  de su enorme carrera.
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Tal como declaró la curadora de la muestra Ileen Gallagher a la revista Newsweek, el público asistente se encontrará con una réplica exacta del histórico departamento de la calle Edith Grove, el cual Jagger, Richards y Jones habitaban en los primeros tiempos del grupo, así como también reproduciendo estudios de grabación carácterísticos, y hasta un área backstage. Un montaje fílmico en 3-D transportará a los visitantes a la imaginaria chance de estar sobre un escenario junto a los mismísimos Stones. “No hicimos un trabajo cronológico”, señaló Gallagher. “Hicimos foco en la carrera de la banda de forma temática, e intentamos crear una atmósfera para que la gente pueda sumergirse en ella” The Rolling Stones, Exhibitionismcontará a su ingreso con dos salas (oportunamente tituladas Ladies and Gentlemen y Experience), que oficiarán de presentación de la muestra. La primera incluirá una serie de animaciones rápidas que cubren la inagotable saga de los viajes de la banda a través de su historia, como así también el total de canciones y discos que han producido. Al llegar a Experience, el público asistente se topará con una pared semicircular de 60 pantallas de video que proyectan un montaje de la carrera completa de los Stones, sazonado con detalles cronológicos sobre su historia, para luego atravesar un túnel que los trasladará a una tercera sala, Meet the Band (Conozca a la banda), acompañados de un audio de fondo en el que Mick Jagger y Keith Richards explican cómo se conocieron.
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El derrotero interactivo se completa, ahora sí, con el arribo a la réplica del mencionado e infame departamento en Edith Grove. “Nos remite a un recuerdo muy divertido del lugar”, apunta Gallagher. “Allí se ve todo, los hongos que crecían en las paredes, y aquel olor de medias sucias, cerveza y cigarrillos” “Fue el departamento más repulsivo y roñoso en el que alguna vez estuve en mi vida”, opinó Watts, que cuando le propusieron la idea de aromatizar el ambiente con patchouli, no dudó en dejar en claro que “nunca fuimos un grupo así” A lo que Keith Richards agregó “¿Patchouli? Ni siquiera teníamos para comprarlo”
Exhibitionism no podía dejar también de ahondar en lo fílmico, inevitablemente en lo relativo a un fenómeno artístico que siempre trascendió lo musical, y que asimismo también terminó haciendo hincapié en el arte general, o en la literatura, por lo que una de las nueve salas que la componen estará dedicada al sector de video donde, desde una pista de audio grabada, el director Martin Scorsese disertará sobre los momentos fundamentales de los Stones en celuloide. La siguiente sala apunta al legado artístico stoniano, desde la evolución del icónico logo de la lengua pergeñada por el diseñador John Pasche hasta una serie de piezas de colección, las tapas de los álbumes, y pósters promocionales de las giras, con Jagger hablando de fondo. El extenso derrotero artístico de los Stones, nunca y jamás superado, no podía dejar afuera su etapaglam (que podría enmarcarse a partir de sus pasos a fines de los años ’60 hasta mediados de la década siguiente), donde se exhibirán los simbólicos atuendos que usaron en los conciertos simbólicos de Hyde Park de 1969 (el primero de su carrera sin el fallecido Brian Jones, miembro fundador de la banda) y el trágico concierto en Altamont del mismo año.
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La galería Saatchi verá ocupada otro de sus espacios con lo concerniente a la alta moda (territorio del cual el grupo, principalmente Jagger, jamás estuvo ausente), con una serie de ropas diseñadas por figuras renombradas como Yves Saint Laurent o Christian Dior, entre otros, y hasta L’Wren Scott, última pareja oficial de Sir Mick, la misma que puso final a su vida hace dos años, sumando también los ocho trajes que el cantante vistió a través de las diversas interpretaciones de la canción “Sympathy for the Devil” a través de los años. Exhibitionism cierra su travesía con una sala final, Performance, montada con la única finalidad de recrear el área que el grupo utiliza inmediatamente una vez que abandonan un escenario, de los miles que, literalmente, los han visto hacerlo. “Habíamos estado pensando en hacer la exhibición durante mucho tiempo”, apuntó Sir Mick, “pero tenía que ser en el momento indicado, y a gran escala, como cuando planeamos nuestras giras. Creo que ahora es un momento interesante para llevarla adelante”
4La nueva operación de los Stones, la del vistazo más íntimo a al menos una buena parte de su inoxidable existencia, planea continuar viaje a través del mundo una vez concluya su residencia de cinco meses en la Saachti Gallery el próximo 4 de septiembre, desafiando el ciclo imparable de las agujas del reloj que marcaron el paso del tiempo, que no espera a nadie, pero que para los Stones siempre estuvo de su lado.

18 de marzo de 2013

EL RETORNO DEL HOMBRE MÁS VALIENTE DEL UNIVERSO. BOBBY WOMACK. HMV FORUM, LONDRES, 27 DE NOV. DE 2012


Publicado en Evaristo Cultural en marzo de 2013

Robert Dwayne "Bobby" Womack es un cantante y compositor norteamericano que lleva más de cinco décadas de carrera en sus espaldas. Leyenda viva del soul, Womack supo también abarcar a lo largo de su carrera géneros como rock & roll, doo-bop, gospel, country y R&B.
Londres es una caja de sorpresas. Depara muchas, por cierto. Para los acólitos de la música en cualquiera de sus géneros, o los admiradores de las artes en general, designarla como una de las mecas más prolíficas en cuanto a espectáculos se refiere (y en lucha codo a codo con New York) no resulta menos que harto evidente. Ambas metrópolis ostentan dicho título, tal vez como ninguna otra. Pero es, quizás en el terreno musical, la más convocante de ambas. Por su azarosa posición continental observando al resto de Europa, y por considerarse uno de los polos artísticos más prolíficos de todos los tiempos. De alguna forma, la frase es conocida: "todo pasa por Londres". Basta con hojear un diario o revista, cualquier día, hacerlo al azar, y encontrarse con la oferta más variada en lo que a espectáculos se refiere. Situación que puede llegar a abrumar y perturbar, incluso a las plateas más sedientas, cuando la falta de tiempo juega en contra. Porque el día nunca pero nunca alcanza. Y es que en uno de esos periódicos, revistas o afiches, uno se encuentra con el notición de un show de Bobby Womack. Espectáculos que difícilmente –sino imposible– tengan lugar en nuestro país. Vamos, o en Sudamérica toda. Artistas de culto que pueden desaparecer en cualquier momento. Conciertos a los que más vale asistir, si la buena suerte que significa estar en el lugar y en el momento correcto así lo sugiere. Por eso, aquella mañana del 26 de noviembre fui a desayunar al bar a la vuelta de la esquina (bah... al restaurant de paso), como había estado haciendo casi todos los días durante mi estadía en la capital británica. Los integrantes de mi familia amiga, en cuya casa me alojaba, se despertaban muy temprano y la opción de hacerlo junto a ellos con el frío otoñal de las 6 de la mañana (digo, para no perderme el tradicional desayuno), no sonaba muy seductora que digamos. Sobre todo si uno acostumbraba a caminar la capital por un mínimo de doce horas diarias, para luego desmayarme en la cama, casi catatónicamente, una vez de regreso a casa. Todos y cada uno de los días. Más aún, si la casa estaba situada en los suburbios, unos 16 km. al norte de Central London , el centro propiamente dicho de la ciudad (me costó un tiempo aprender que los ingleses le huyen a la palabra downtown), y a casi 2 horas de buses combinados (y claro, otras dos para regresar). Aquella era otra de las tantas mañanas en el bar/restaurant, entonces. Desayuno inglés oficial sobre mi mesa: huevos fritos, tocino, salchicha, frijoles, hongos y tomate al grill. Salsas inglesas (varias) y la tostada de rigor. Una auténtica sobredosis de colesterol británico. Y una merecida recompensa para un visitante que pasó sus dos primeros días en Londres (y en mi primera visita a Inglaterra) lidiando con una indescriptible gripe estomacal que me sometió a una dieta estricta y única de té medicinal. Y a un tour permanente de 48 horas a lo largo y ancho del baño (¿hubiera sonado menos escatológico escribir toilette?), con una pequeña ventana al Londres del más allá por cuya conquista rezaba y que, mientras tanto, ahora no paraba de maldecir. Plenamente recuperado semanas después, y con la taza de café de rigor, entonces. Junto a ésta la página del diario anunciando el show de Womack al día siguiente en el HMV Forum en Kentish Town, apenas a unas cuadras de la hipervisitada área de Camden Town. Un concierto caliente en una ciudad helada en pleno otoño boreal cuando, promediando la tarde, no queda nada luminoso allí arriba, salvo la luna y las estrellas. Y a 24 horas de mi corriente desayuno. Es que Robert Dwayne "Bobby" Womack, con casi 69 años a cuestas, oriundo de Cleveland, Ohio, estaba de regreso.

Un nuevo regreso, en rigor. Uno más de sus tantos retornos, a pesar de su monumental talento como compositor, músico y cantante, si tenemos en cuenta sus innumerables desapariciones de la palestra a título de una extensa carrera plagada de todo tipo de situaciones trágicas, mala fortuna y una serie de adicciones que le depararon una no menor cantidad de zigzagueos con la muerte. Trayectoria que comenzó en 1960 como cantante de The Valentinos y, al mismo tiempo, como guitarrista del eterno Sam Cooke, una de las más finas leyendas del Rhythm and Blues, Soul, Gospel y Pop de toda la existencia, de alma y piel tan negra como Womack. Con más de medio siglo de carrera a cuestas, Womack nunca ha sido un gran vendedor de discos –prefirió ganarse la vida sobre los escenarios–, pero sí ha compuesto una buena cantidad de canciones que le valieron un podio especial, principalmente, en la hermandad musical negra de los últimos 50 años. Pero también en aquella otra audiencia, la de un público blanco cada vez más seducido, desde los tempranos años 60, por aquellos que todo lo originaron. Sin ir más lejos, fue la pluma de Womack que escribió It’s All Over Now, canción que los Rolling Stones grabaron en su segundo álbum y que, además, les valió su primer No. 1 en los ránkings británicos, superando cómodamente las propias ventas de la versión original de Womack.
Desterrado por muchos de sus contemporáneos de la escena del Rhythm’n’Blues tras contraer enlace con la viuda de Cooke al año siguiente, Womack optó entonces por oponerse a grabar muchas de sus propias canciones, en su lugar prefiriendo que las graben otros músicos, como el gran Wilson Pickett, o la mismísima Janis Joplin.
Cientos de vidas después, en 2012 Womack estaba de regreso con su nuevo trabajo de estudio, The Bravest Man in the Universe. Producido por Damon Albarn (más conocido como cantante de Blur, y uno de los factótums del proyecto de rock virtual Gorillaz) junto a Richard Russell, el fundador del sello XL Recordings, la dupla fue la auténtica responsable de rescatar a Womack de un nuevo anonimato, tal como años atrás también lo habían intentado con el poeta y músico Gil Scott-Heron. El disco gozó de una muy cálida recepción en las estaciones de radio londinenses y, masivamente aclamado, colmó ambas presentaciones de éste en Londres.
Aquella noche del 27 de noviembre, para el segundo y último de los dos conciertos, la multitud que circulaba por las inmediaciones del HMV Forum era una curiosa mezcla que reunía fans de antaño y amantes del Soul, quien aquí subscribe, entre ellos.
Tiempo antes, en las fechas de presentación del disco en su propio país, Womack ignoró casi completamente su nuevo trabajo. Pero lo pensó mejor para los shows londinenses. Habría resultado imperdonable que no lo hiciera. Para ello abrió el concierto con un set separado del que luego sería el espectáculo principal, enteramente dedicado a sus nuevas canciones (las que obvió en Estados Unidos) a modo de introducción y en plan de música electrónica (¿Soul electrónico?), segmento al cual sumó la participación de Albarn y Russell (en piano y teclados, respectivamente), más otros dos músicos, compartiendo escenario. Womack al frente, enfundado completamente en cuero rojo, y con gorra al tono, pasó la mayor parte de set sentado, quizás conciente de los problemas coronarios que lo estuvieron afectando, y de un cáncer de cólon diagnosticado recientemente.

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Apenas un puñado de canciones entonces, sólo las de
The Bravest Man..., y turno para un intervalo. En no más de diez minutos Womack retornó al escenario junto a su banda completa para iniciar el auténtico viaje al pasado que la audiencia, en su mayoría negra y colmando el teatro reclamaba –al fin y al cabo, el motivo principal de la velada– y que registraría un cambio total de atmósfera. Del íntimo y frío set inicial a la travesía directa al mundo del Soul de la segunda parte. Un ataque total de "negritud", en composé con las luces que ahora volvían a apagarse, tiñendo el Forum de oscuridad para dar paso al acto final de la noche. Esto es, "Womack, el soul brother" en estado puro. Logísticamente, el propósito de dividir el concierto en dos bloques cobró sentido, gracias a la imponente personalidad de Womack quien, a pesar de su eventual fragilidad física, asombrosamente posee un registro vocal indestructible. Cada una de las canciones representa una historia diferente de otra, así y todo amalgamadas por el clima de lucha "día a día" al que tantas veces se refirió a través de su pedregosa carrera en algunos de sus más grandes éxitos que esa noche cantó, como "That’s The Way I Feel About Cha", "Harry Hippie" o, por supuesto, "It’s All Over Now". El punto emocional más alto fue, sin duda, para "A Change Is Gonna Come", el clásico de clásicos de Sam Cooke en la cual Womack compartió la primera voz con su hija, una de las tres coristas de su grupo. "¿Pueden sentirme?", disparó a la multitud. Así, Womack no sólo se ocuparía de su mentor. El "Hombre Más Valiente del Universo" tampoco dejaría de omitir las menciones a James Brown o Marvin Gaye, rindiéndole homenaje a con frases del tipo "¡Yo aún estoy aquí!" o cuando recitó "ha sido difícil vivir pero temo morir", antes de recibir una ovación demoledora y, con la ayuda de un asistente, abandonar el escenario para fundirse en un abrazo con Albarn. Y encandilar a una audiencia que lo esperó por años, que tal vez fueron demasiados y bastante hostiles, pero no lo suficiente como para poder con su osada valentía.

10 de enero de 2013

SONNY ROLLINS. LONDON JAZZ FESTIVAL, BARBICAN CENTRE, LONDRES, 16 DE NOVIEMBRE DE 2012


Publicado en 
Evaristo Cultural el 10 de enero de 2013

Cierta vez escuché por ahí, o tal vez leí, que "las leyendas vivas a veces pueden dejarse estar y que otros hagan el trabajo". Pues bien, éste no podría ser jamás el caso de Sonny Rollins. Apenas había transcurrido mi primera semana de estadía en la capital británica y, si bien me encontraba al tanto que por esos días estaba teniendo lugar el mítico Festival de Jazz de Londres, no pude creer mi suerte cuando leí en un periódico local que esa mismísima noche, justo esa noche del 16 de noviembre, una de las más grandes leyendas vivas del jazz se presentaba en pleno marco del evento y nada más y nada menos que en el Barbican, el mayor espacio multiartístico europeo, enclavado en el mismísimo corazón de la ciudad. Todo intento de explicar mi sofocante ansiedad por llegar a tiempo para el comienzo del show resultaría, lo menos, insuficiente. Y sabía a la perfección que la no menos creciente demanda de los amantes de su música por ver a Rollins en vivo y en directo, uno de los más grandes artistas del género vivos, el gran saxofonista tenor que sigue emocionando a sus 82 años, podía dejarme sin localidades y malherido en algún amable pub londinense. Sin titubear, abandoné la exposición a la que estaba asistiendo (¡qué más daba!, si el tiempo había volado, se hacía tarde y, además, podía regresar en otra ocasión) y, cual saeta, me lancé al primer bus con destino al Barbican que, ya que estamos, tampoco quedaba tan lejos de donde me encontraba. El azar me volvió a sonreir cuando en el Barbican me informaron que ahora, a menos de una hora del inicio del concierto, aún quedaban unas pocas localidades disponibles. "Son las últimas 12", me informaron ciertamente en la oficina de venta de tickets. "Eso sí, es por eso que son de las más caras". En una fracción de segundo entendí todo: estaba a minutos de uno de los artistas más importantes de todos los tiempos y, entonces, no había lugar para ningún tipo de cuestionamientos. Y lo hice mucho mejor aún cuando, instantes después, me encontraba en la fila 10 del recinto, butaca del medio, en el mismísimo centro de la sala y a la distancia ideal para verlo, escucharlo y, lejos de haber podido imaginarlo, respirarlo. Y que las primeras impresiones no sirven absolutamente para nada, y que sólo son eso: primeras impresiones. Porque, tan sólo de haberme guiado por ellas, aquella figura frágil y desgarbada que, tras la introducción de ocasión de su majestuosa banda de acompañamiento, tomó el escenario enfundado en una camisa de satín rojo salmón, perdido en una nube frisada de cabellera blanca y con su andar tan característico, me hubiera hecho la idea más errada que pudiera concebir. Entiéndase, podría haber caído en el ridículo total de haber pretendido que Rollins aún luciera como uno de los tantos jóvenes gigantes que merodeaban a Charlie Parker en la década del 40 para reformar el jazz de la escena neoyorquina. Pero, en cambio, sí darme cuenta que se trataba del vivo retrato de una generación de íconos y no de una reliquia destinada al arcón de los recuerdos cuando, 70 años más tarde, está ahí para tocar lo mejor que puede, noche tras noche. Como si el tiempo no hubiera pasado. Por lo que, apenas transcurridos los primeros gruñidos de su saxo, ahora sí, me descubrí en absoluto estado de shock. Y a partir de la inmensa ovación de la audiencia, que colmó la sala en su totalidad, comprender que era, nada más y nada menos, el inicio de lo que prometía ser –finalmente lo fue– una performance exquisita e inolvidable.
Desde el preciso momento que comenzó a estremecer su instrumento, Rollins, hombros doblados, caminando como una paloma y desafiando toda ley física, aquel ancho y monstruoso saxo tenor rellenó cada grieta de la sala del Barbican.
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Cualquier requisito del público fue colmado desde el vamos, más precisamente desde el momento en que el "Coloso del saxo" inauguró su set con el groove calipso de su más recordado éxito, "St. Thomas" (que abría aquel glorioso disco que le brindó el mejor de los apodos) y que generó la atmósfera perfecta que permanecería a través de todo el show.
Rollins es bien conocido por su (hilariosamente desconcertante) hábito de autoreprenderse en escena, de enojarse consigo mismo para insuflarse una buena dosis de energía cuando, por ejemplo, el sonido de su saxo no va a donde quiera que vaya ("Hey, ¿qué estás haciendo? Dije ¿qué estás haciendo?") o, incluso, llegando un poco más lejos ("¡Vamos Rollins, mové el culo de una buena vez!"), lo que no fue nada difícil comprobar en más de una ocasión a través del concierto, un ejercicio habitual. "St. Thomas" creó el clima ideal para los miembros de su banda: el trombonista (y sobrino de Rollins), Clifton Anderson; el guitarrista, Saul Rubin; Bob Cranshaw en bajo; Sammy Figueroa en percusión y el baterista Kobie Williams, seguida entonces por calientes versiones de canciones más contemporáneas en el vasto repertorio de Rollins, como aquellas dedicadas a sus colegas J. J. Johnson y Don Cherry. Una banda tan ajustada como magnífica y completamente a la altura de las circunstancias.
Pero, tal como me declaró un erudito miembro de la audiencia al final del concierto y con gesto cómplice, "fue más que nada, como siempre, el show de Sonny". Nada más acertado para quien, cuyo control de la melodía y el ritmo, fue una oda a la experiencia, junto a sus ultramodernas variaciones en las secuencias de jazz más características y tradicionales.
Tras 90 minutos de absoluta emoción ("¡Es maravilloso poder estar de vuelta en Londres!"), Rollins decidió que era hora de abandonar el escenario. Era de suponer que ya había ocurrido mucho (me atrevería a decir) más de los que que se esperaba, no sin antes deleitarnos con otro hit de más de medio siglo de vida como "Don't stop the carnival". El carismático milagro de sus solos, tan delicadamente destilados, y haciendo honor a su mote, fue sencillamente colosal. Y si eso es, entonces, lo que las leyendas vivientes hacen, Rollins se lleva una de las medallas más merecidas.
Ya fuera del Barbican, con el placer de haber visto a uno de los más grandes e influyentes, comprendí mejor aquello de "el show de Sonny" que aquel sabiondo entendido me había confesado. Bajo la lluvia londinense, que repiqueteaba cada vez más fuerte sobre las llamas de mi emoción, el cigarrillo que encendí nunca tuvo tan buen sabor.

8 de enero de 2013

EXHIBICIÓN: "AUTORRETRATO DE LA MUERTE"


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Publicado en 
Evaristo Cultural el 8 de enero de 2013
                                                       
Situado en pleno Euston Road, una de las calles más tradicionales del área central de Londres, y no tan lejos de la porción más turística, aquella conformada por Piccadilly, Oxford o Carnaby Street, el espacio cultural Wellcome Collection resulta ser una de las opciones más atractivas que la capital británica pueda ofrecer. Por lo menos, para los más 
indiscretos. Bajo el lema "Un destino gratuito para los incurablemente curiosos", la Wellcome Collection rinde un fiel tributo a su bien merecido mote, una travesía a exhibiciones inusuales, fuera de lo común. Por tal motivo, no vacilé siquiera una fracción de segundo en enterarme de su exposición más reciente, y la más galardonada. Oportunamente bautizada "Death, A Self Portrait" ("La Muerte, un autorretrato"), la muestra presenta la colección privada del rastreador de antigüedades Richard Harris. Originario de la ciudad de Chicago, Harris ha cruzado el océano para instalar en Londres su último proyecto, un conjunto de piezas único en su especie, dedicadas exclusivamente a La Muerte (así, con nombre propio y en mayúsculas), de asombrosa diversidad, y que reúne más de 300 artefactos históricos, obras de arte, especímenes y rarezas varias relacionadas a la iconografía de la mismísima Parca, y a nuestras actitudes históricamente contradictorias y complejas sobre ésta. Desde grabados de Rembrandt, Goya o Dürer y postales metamórficas antiguas hasta dibujos anatómicos o arte de tinte bélico. Series de restos humanos en clara yuxtaposición con pinturas vanitas (estilo artístico del norte de Europa de 400 años de antigüedad), grupos de calaveras incaicas milenarias o, como no podían faltar, trabajos en papier-maché mexicanas del siglo pasado, celebrando el Día de los Muertos, todo en el marco de una colección seductoramente macabra y encantadoramente singular. "Una ventana abierta a nuestro persistente deseo de hacer las paces con la muerte", tal como lo señaló un crítico. Aventura para la cual Harris se apropió de cinco salas temáticas dentro del complejo, convenientemente rotuladas, y en este mismo orden: "Contemplando la Muerte" (o de cómo contemplamos la mortalidad, con su obra estrella, el óleo del belga Adriaen van Utrecht Naturaleza Muerta junto a un Bouquet y una Calavera, del año 1643); "La Danza de la Muerte" (sobre la certeza universal de la muerte), "Muerte Violenta" (dominada por tres segmentos de trabajos considerados los más poderosos manifiestos antibélicos alguna vez realizados); "Eros y Thanatos" (que refiere a la fascinación de las personas por los fenómenos mórbidos, y no por su simple curiosidad científica); y "Conmemoración" (sobre las transformaciones de los rituales asociados a la muerte a través de los siglos y en las diferentes culturas).
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Hay piezas de escultura china en jade, antiquísimos textos sobre anatomía humana, figuras de "guardianes de tumbas" provenientes de islas perdidas en el Pacífico, tazas ceremoniales tibetanas, vasijas aztecas precolombinas y fotografías de gente posando con accesorios fúnebres. El factor omnipresente en cada una de las obras expuestas es que todas presentan, al menos, un cadáver o, más mórbidamente aún, una parte de éste. Harris no incluye huesos de animales, ni ninguna práctica asociada a la taxidermia. Su colección refiere exclusivamente a la universalidad de la muerte humana y a la pluralidad de las diversas expresiones sobre ella a través de los siglos. Con más de 70 años de edad, Harris, cuya previa presentación de la muestra en el Centro Cultural de su ciudad natal a principios de año atrajo a más de cien mil visitantes, por ende convirtiéndose en la exhibición más exitosa en la historia de la galería, asimismo no parece cesar su obsesiva acumulación de material en cuestión, recientemente incorporando un Chevy de 1958 decorado con motivos mexicanos del (una vez más) Día de los Muertos, acaso la celebración fetiche por excelencia sobre la muerte a nivel mundial y que, seguramente, agregará a una posible futura versión de la exposición. Curiosa y sorpresivamente, una de las obras más visitadas de la exhibición corresponde al trío de artistas argentinos agrupados bajo el nombre de Mondongo Collective (esto es, Augustine Picasso, Manuel Mendanha y Juliana Laffitte), una muy fresca y monumental obra de 2011 realizada enteramente en plastilina. “Calavera” (en español original), y tal como reza el texto de refrencia que la acompaña, es "un collage tridimensional que refiere al dominio económico y cultural de Europa y Estados Unidos, representado por la arquitectura neoclásica y la literatura de Occidente, y sus consecuencias radicales en Sudamérica evocadas por las villas miseria de las grandes ciudades de Argentina".
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En la introducción del catálogo que se nos brinda a los visitantes que hemos colmado la muestra, la artista inglesa Jodie Carey, cuyo candelabro conformado por 3000 huesos de plástico da la bienvenida a la primera de las salas del evento, acertadamente indica que "en el corazón de esta exhibición radican preguntas sobre el valor del arte a la hora de comunicar ideas sobre la muerte y el cuerpo". Carey se pregunta: "¿Es posible que la producción y apreciación de obras simbólicas nos ayuden a negociar con la muerte? ¿Cuál es la función que cumplen los objetos inanimados en los rituales de los entierros o velatorios? ¿De qué manera pueden nuestras pertenencias contribuir a activar recuerdos que nos conecten con los muertos? ¿Qué habría detrás del impulso que nos lleva a coleccionar objetos que refieren a nuestras actitudes hacia la muerte misma, o el empeño en trascenderla?" Tales preguntas no dejan de repetirse a medida que atravesamos los cinco sectores de la muestra, diseñados para enaltecer la naturaleza ecléctica de la colección. Un moderno gabinete de curiosidades, que funciona parcialmente como la autobiografía visual de algo en particular, simultáneamente brindándonos la oportunidad de examinar nuestros propios sentimientos respecto a la mortalidad. Por momentos, perturbadoras, ocasionalmente macabras y a menudo conmovedoras, las imágenes presentadas proveen una comprensión particular sobre la historia de nuestro eterno deseo de hacer las paces con la muerte".
"Death, A Self Portrait" se exhibe en el Wellcome Collection hasta el 27 de febrero de 2013.

5 de enero de 2013

STONES.50.LONDRES


Publicado en 
Evaristo Cultural en enero de 2013


Brian, el Fundador

Corría el mes de mayo de 1962 y un tal Brian Jones, con 20 años de edad, devoto poseso de la escena del Blues que llegaba del otro lado del Atlántico, bohemio distinguido, eximio guitarrista y armonicista, talentoso multinstrumentista y recientemente llegado a Londres desde su ciudad natal de Cheltenham, condado de Gloucestershire, colocaba un aviso en la publicación Jazz News, convocando a músicos a participar de una audición en vista de su más deseado proyecto: una nueva banda de Rhythm & Blues, el estilo por el cual vivía obsesionado. Los interesados no tardaron en llegar (es necesario citar cada uno de los honrados nombres que fueron apareciendo?) y así, idas y venidas mediantes, y tras lograr adentrarse en la por entonces subterránea escena del R&B local (considerada toda una excentricidad para los tiempos que corrían), Brian se convertiría en el fundador de los Rolling Stones. El mismo que eligiría a sus miembros, que le daría el nombre al grupo y decidiría qué tipo de música tocar. Y el que les conseguiría sus primeros shows. El resto es historia. Con el transcurrir de los años perdería su rango original de líder de los Stones, eventualmente desplazado a un lugar secundario tras el enorme suceso de Mick Jagger y Keith Richards como compositores, y como figuras centrales en las presentaciones de la banda. Por una larga lista de cuestiones, desde las más y menos entendibles a las menos considerables y, principalmente, por desarrollar una fuerte adicción a las drogas, Brian también perdería su integridad física y emocional, bastante antes que le fuera sugerido abandonar el grupo a mediados de 1969. Brian Jones, el creador, también acabaría perdiendo su vida, en julio del mismo año.

El Milagro de Dartford
Son casi 50 minutos de viaje en tren hasta Dartford. Al menos eso es lo que me asegura el guarda de la terminal de trenes de la estación Victoria, después de la de Waterloo, la de más tráfico en Londres. Ha salido el sol y el reloj de Victoria indica que se acerca el horario de partida que figura en mi boleto. La estación de trenes de Dartford representa uno de los momentos más sustanciales en la fundación de los Stones cuando, en la mañana de un día de octubre de 1961, un tal Michael Philip Jagger, residente de ese suburbio londinense, en el condado de Kent, al sudeste de la capital británica, se encontró casualmente con un tal Keith Richards, habitante del mismo distrito, con quien 10 años antes había sido compañero de primaria en la escuela Wentworth. Jagger cargaba una buena cantidad de vinilos de Blues y Rock and Roll de su colección (Chuck Berry, Muddy Waters, Little Walter) que encandilaron a Richards. Keith llevaba una guitarra eléctrica. Juntos compartieron el viaje en tren hasta Londres, 26 kilómetros a lo largo de los cuales Mick le sugirió a Keith unirse a Little Boy Blue and the Blue Boys, el proyecto amateur de Rhythm and Blues al que Jagger dedicaba buena parte de su tiempo y que, más tarde, con la llegada de demás acólitos (de vuelta, ¿es necesario citar cada uno de los honrados nombres que fueron apareciendo?) se convertiría en The Rolling Stones. Ha pasado más de medio siglo desde aquella gloriosa jornada y estoy en un tren rumbo al suburbio en cuestión. Son 11 estaciones, sin incluir las de destino y llegada. Lo sé muy bien, las voy contando una tras otra a medida que el tren atraviesa la periferia londinense. Denmark Hill, Peckham Rye, Nunhead, Lewisham, Blackheath, Kidbrooke, Eltham, Falconwood, Welling, Bexleyheath, Barnehurst... ¡Dartford! El personal de la estación me observa con curiosidad, se preguntan qué hace alguien sacando fotos de la estación de manera tan deliberada. Quizás desconozcan que estoy en "Tierra Sagrada". Y que mi peregrinaje continúa con una visita al hospital de Livingstone donde, contribución de sus padres mediante, dio a luz a Mick y Keith en 1943. Y una pasada por la Dartford Grammar School, de la cual Mick fue inmaculado alumno y capitán del equipo de basketball. Pero son más de las 4 de la tarde y, una vez más, soy víctima del implacable otoño londinense y su noche prematura. Es hora de retornar a la estación para abordar el tren de regreso.

Insatisfecho, visitaría Dartford nuevamente unas dos semanas más tarde. Me aseguro hacerlo más temprano y que en esta segunda oportunidad la luz del día me favorezca lo adecuado como para (por qué no?) una nueva inspección del hospital. También vuelvo a pasar por la escuela, en esta ocasión con el agregado de un paseo por el Mick Jagger Centre (anexo al colegio), complejo artístico que su más célebre alumno decidió inaugurar en el año 2000. De ahí, colinas y caminos en subida mediantes, es más de una hora de marcha hasta las casas de las calles Denver y Chastilian Road, en las afueras del suburbio, y donde, respectivamente, Jagger y Richards transitaron sus días de infancia. La morada original de Keith yace ahora sobre una florería, y la de Mick, no menos modesta, luce ahora un cartel que reza "en venta". Me queda otra hora de caminata y dos piernas entumecidas para volver a la estación de Dartford. Se me ocurre no leer el cartel de destino del tren de retorno a Londres y, en lugar de dirigirme a Victoria, termino por error en la estación de Charing Cross. Mientras tanto, cruzo el Támesis que, desde mi ventanilla del tren, resplandece bañado en las luces del Parlamento británico. Son menos de las 6 de la tarde, pero estoy cerca de Piccadilly Circus, de las calles Oxford y Carnaby, o del Soho. El día aún es joven y es hora de una nueva travesía por la ciudad.

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Noche de cumpleaños
Veinte minutos. Tengo una manía con las fracciones de tiempo. Eso ni siquiera es media hora. Prefiero pensar en que son 1200 segundos; así parece ser más. A veces resulta ser un buen truco para engañar a la mente. Según la mujer de los altavoces del estadio, que acaba de anunciarlo, esa es la cantidad de tiempo que, nunca antes tan tirano, resta para el comienzo del show. Que es nada más y nada menos que el primero de una totalidad de cinco conciertos (los dos inaugurales en Londres, más otros tres en Estados Unidos) que los Rolling Stones, y después de un lustro sin salir a la ruta, decidieron llevar a cabo bajo el lema de 50 and Counting (50 y contando...) para conmemorar su quincuagésimo aniversario. Por lo que queda muy poco, en rigor prácticamente nada, para que asista al evento tan soñado, más allá del medio centenar de conciertos de la banda con los que cuento en mi haber. Esto es, entiéndase, en la ciudad natal de la banda. Un espectáculo de ensueño, estoy en absolutas condiciones de asegurar. Éste es el lugar, entonces, y el momento correcto. Porque, además, esta noche, la del 25 de noviembre, la primera de las dos veladas en el O2, el show contará con agregados estelares. Y no los de invitados de turno como Jeff Beck o Mary J. Blige (una nueva pequeña muestra de show business), pero las de Bill Wyman (el bajo original de los Stones que, por primera vez, retornará al escenario junto al grupo tras alejarse de la banda dos décadas atrás) y la de Mick Taylor, que también desertó de las filas de la Banda de Rock'n'roll más grande de todos los tiempos, pero a mediados de los 70... Ocasiones como éstas eran hasta ahora inimaginables. No estaban en la lista de sorpresas, pero finalmente me convenzo de que Superman no mentía cuando decía poder invertir la rotación de la Tierra. Insisto: éste es el lugar. El único y pequeño problema es que... bueno, todavía estoy sin entrada. Todas las posibilidades barajadas hasta el momento finalmente brillaron por su ausencia. Esta vez no hay tickets de favor ni nada de eso. Contra todos los pronósticos que aseguraban que la demanda de localidades iba a ser escasa por sus altos precios, la taquilla está prácticamente agotada. No es difícil comprobarlo. El O2 está atestado de gente; han llegado desde los destinos más remotos imaginables y todo indica que se me están acabando las fichas. Lo tengo muy presente. Mi ritmo cardíaco se encuentra fuera de lo normal, tengo la boca empastada y nada logra que evite pensar que cada vez falta menos. Y menos todavía. Y ahora un poco menos. Y que la idea de retornar a la casa de mi familia amiga convertido en un maldito zombi, suena algo alarmante. Los Stones están a punto de salir a escena. No soy lo que se dice un convencido de la telepatía y, por ende, no piensan apiadarse de mí. Ya he rezado en todas las lenguas posibles y soy un perrito fiel buscando compasión y empatía. Transtornado, recurro a la ventanilla de venta de entradas (¿cómo no se me ocurrió?) y, mientras tanto, me dedico a tejer las mil y una maneras de pasar a mejor vida o a meditar si el hospital más cercano cuenta con sala de guardia. Tengo una tarjeta de cobertura médica en la billetera, llegado el caso. Hay cuatro personas en la fila. A todas se las ve en condición de desperación. Son parte de mi equipo, pero la idea no resulta de ayuda alguna. Pasan, pagan, se retiran felices. Se los ve jubilosos. Hay cambios significativos en sus rostros y han modificado el rictus. Es una buena señal, creo suponer. "Necesito un ticket, ¿queda algo?". Solidaria, la empleada de turno teclea algo en la computadora. Y acto seguido me sonríe. Claro, yo también me pondría feliz de evitar un suicidio. Por las dudas, me pellizco. Entrada en mano, exultante como un niño corriendo a través de una pradera, me materializo frente a puertas de ingreso, que son las finales de todo el enorme complejo del O2, la auténtica pista de despegue. Faltan menos de diez minutos, recupero el pulso y el tono original de mi piel, que incluso había logrado superar al "bronceado londinense" del que todo visitante a Inglaterra en el mes de otoño jamás podría jactarse. Sonrío más que Laura en La familia Ingalls. Tengo una muy buena ubicación, voy a estar en la fila 16, en el sector del piso y a no más de 20 metros del escenario. Y hacia allí vamos, entonces. Vuelvo a respirar, exhalo, inhalo. Bajo las escaleras a ritmo olímpico. Las luces del O2 se apagan. Es hora de otro pellizco, por si las moscas. Y me dispongo a disfrutar del que sería un show emblemático, y del mejor cumpleaños al que alguna vez, casi con seguridad, podré asistir. Misión cumplida, entonces. Aún me resta el show del 29; son sólo 4 días más, pero esta vez cuento con una entrada anticipada en mi haber, que me asegura dormir plácidamente la noche anterior. Y haberle evitado una sesión de primeros auxilios a los paramédicos de mi servicio de cobertura al viajero.

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Brian (revisitado)
Son poco más de las 3 de la tarde. Falta algo menos de una hora para que el cielo de Inglaterra se tiña de oscuro y que todo se cubra de estrellas, aunque los eternos cielos nublados ingleses las obstruyan. Me encuentro en el cementerio de Prestbury para visitar la tumba de Brian. Sus restos descansan aquí desde julio de 1969. Llegar no fue cosa de todos los días. Es que, por algún motivo, siempre pensé que sus restos descansaban en Cheltenham, pero deduzco que todo este tiempo estuve mal informado. Me lo certifica el primer ciudadano que encuentro ni bien bajo del bus que tomé en Londres. Muy por el contrario, para llegar a la villa aledaña de Prestbury, desde Cheltenham, debo realizar una muy prolongada caminata atravesando campo abierto. En rigor, salir de los límites de la ciudad, llegar al pueblo siguiente. Es un momento de clara conmoción, de emociones mezcladas y de profunda ansiedad. La necrópolis de Prestbury es bella y antigua, de campos verdes y piedras de color tan plomizo como el cielo que la cobija; las típicas de un viejo cementerio inglés, de tierra adentro, enclavado en la campiña. Cruzo la puerta de ingreso al cementerio. Siento la tierra firme y húmeda bajo mis pies, pero de algún modo es como estar caminando en el aire. La sensación se incrementa cuando me dirijo a la oficina de información, situada apenas unos metros después de la entrada del camposanto. Reina un frío intenso y sopla un viento hostil. El cementerio de Prestbury no es muy extenso, de todos modos. Ahora estoy hablando con la empleada de la Secretaría, le indico que vengo a visitar una tumba pero que desconozco su paradero. Claramente le señalo que se trata de Brian Jones. "Oh, Brian?", me responde. Me alcanza un mapa del lugar, en el que traza el camino hasta la tumba de Brian con resaltador. "No está lejos, simplemente siga derecho unos 60 metros, doble a la izquierda en el primer camino y allí está, cerca de la zona donde estacionan los autos".
Segundos más tarde, la lápida de Brian, la misma que he visto millones de veces en diversos libros y revistas, está a escasos 2 metros míos. Miro alrededor y no hay nadie. Nadie, absolutamente nadie. Tan sólo logro escuchar unas voces a la distancia, seguramente de asistentes a algún servicio de sepelio que se está realizando. O, al menos, éso me parece. Leo la leyenda grabada sobre la lápida, "En afectuoso recuerdo de Brian Jones".

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Desbordado por la emoción, caigo de rodillas y, naturalmente, me descubro aferrado a la lápida. De algún modo, es la actitud equivalente, consciente o inconscientemente, de abrazar a Brian. Como si fuera él quien está frente a mis ojos. Y, desde ya, mi único posible encuento. Descarto toda posibilidad de morbidez y comienzo a hablar. Mis palabras son de agradecimiento, claro. Le cuento de lo importante que me resulta semejante momento y sobre la gran distancia que tuve que recorrer para llegar allí. No encuentro mejores palabras para dejar fluir mis ideas. De los años que estuve esperando la oportunidad de hacerlo. Y de mi querida madre, a quien perdí hace apenas cinco meses. Y del camino a la paz interior, de la cual pretendo inundarme en el día a día. Me quiebro y lloro (¿es de hombres hacerlo?). Distendido (podrían haber transcurrido diez, veinte, cuarenta minutos, en rigor no lo sé), decido sentarme en el banco que está frente a la tumba. Me pasa toda mi vida por la cabeza en apenas unos segundos. Sigue habiendo nada ni nadie alrededor, tan sólo Brian y yo. Y las demás tumbas, claro. Algunas datan de siglos. Acomodo las flores y ornamentos que otros admiradores han dejado. Hay fotos de Brian, dibujos, textos escritos en diversas lenguas. Prometo volver a visitarlo en cada oportunidad que me sea posible. Es toda una experiencia religiosa para alguien muy poco religioso. Me retiro feliz. Hay un estado de plenitud inexplicable, una deuda saldada que lo garantiza.
Libre de adrenalina, decido tomar el bus de línea local para regresar al centro de Cheltenham. Está helando y aún me restan más de dos horas de ruta para retornar a Londres, tiempo suficiente para agradecer a un tal Brian Jones por estos últimos 50 años, los mismos que forjaron la banda de sonido de mi vida. Y todavía contando...