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2 de junio de 2017

CUENTOS CHINOS: THE MASKED MARAUDERS, LA BANDA GENUINAMENTE FALSA DE DYLAN, JAGGER Y TRES DE LOS BEATLES

Publicado en Revista Madhouse el 2 de junio de 2017


Se trataba del más grande disco de rock alguna vez grabado, a cargo de un supergrupo que congregaba a una buena parte de los hijos pródigos más prominentes del estilo, o bien a los más predilectos de la era. Un conglomerado de estrellas inigualable e insuperable. En algún momento de 1969 John Lennon, Paul McCartney, George Harrison, Mick Jagger y Bob Dylan se reunían en privado dispuestos a plasmar la perla de las perlas, registrando “The Masked Marauders” (algo así como “Los Bandidos Enmascarados”), el álbum ultra-secreto que tejían en conjunto.

El mayor proyecto alguna vez imaginado, la superbanda definitiva, desde aquel momento y hasta la eternidad. Galardón que seguramente seguiría ostentando hoy día, si tan sólo hubiera sido verdad y no un rumor infundado vestido de broma de mal gusto. “Álbum del año”, tal como fuera etiquetado en las críticas de varias publicaciones de la época, las mismas que desconocían por completo el enorme sapo que estaban a punto de tragarse, “The Masked Marauders” no podría haberse editado en mejor coyuntura artística. Los Beatles ya habían lanzado “Abbey Road”, Jagger se disponía a editar “Let It Bleed” junto a los Stones, y Dylan volvía nuevamente al ruedo de la mano de “Nashville Skyline”. Corrían tiempos de gloria. Los rumores indicaban que los cinco músicos habían estado reunidos reservadamente en un ignoto pueblo canadiense, cercano a la bahía de Hudson, donde grabaron las canciones que, entre versiones de clásicos y nuevas composiciones especialmente escritas para el futuro berretín (¡y con semejantes autores!), llevarían al concepto de “supergrupo”, tendenciosa idea que había comenzado a florecer a mediados de la década del 60, a su punto más alto. Claro está, de haber sido real…

BAJO LA MÁSCARA. Los primeros comentarios sobre el grupo llegaron de manos de la publicación musical Rolling Stone, más precisamente en su edición del 18 de octubre de 1969. En aquel número de la revista, un periodista especializado que respondía al nombre de T. M. Christian (misteriosamente ignoto por ese entonces) se refería a “The Masked Marauders” como un álbum doble en el cual los cinco músicos participantes habían optado deliberadamente por escudarse bajo seudónimos, en el intento de evitar toda posibilidad de problemas legales con sus respectivas compañías discográficas. Asimismo Christian dejaba en claro ante sus lectores que su crítica apuntaba a un disco del tipo bootleg, esto es, una grabación conteniendo material enteramente inédito, aún circulando fuera del mercado comercial tradicional, y con miras a una edición oficial definitiva. Adicionalmente, el disco estaba producido por el gran Al Kooper, pianista de sesión que ya había trabajado con Dylan (aquel acompañamiento fundamental de órgano en “Like A Rolling Stone”) y fuera impulsor de los recordados Blood, Sweat & Tears.

El disco abría con una versión de 18 minutos de “Season Of The Witch”, el clásico de Donovan, con Dylan en primera voz, e imitando cabalmente al autor original de la canción, seguida por Lennon a cargo de “Prisoner Of Love”, tema que cierta vez popularizaron, en sus versiones respectivas, Etta James, James Brown, Bo Diddley o Perry Como; luego Jagger y McCartney a dúo en “Masters Of War” (de Dylan), Lennon en primera voz en “The Book Of Love”, y todo culminaba con un grand finale titulado “Oh Happy Day”. Una segunda versión del álbum (las hubo en distintas variantes, y con diversos listados de temas) agregaba, o combinaba, demás rarezas como Lennon en “I’m The Japanaise Sandman”, McCartney en su canción favorita “Mammy”, Dylan en el clásico de doo-wop “Duke Of Earl” y Jagger en “I Can’t Get No Nookie”, la cual el cantante de los Stones había considerado “un nuevo clásico instantáneo”, según lo apuntado por Christian en Rolling Stone. El crítico cerraba su columna afirmando que el disco “es más que una forma de vida, ¡es la vida misma!”

LA GRAN ESTAFA DEL ROCK AND ROLL. Como no podía resultar de otra manera, dicha alianza generó una desenfrenada demanda por parte de los fans, que no veían la hora de tener entre sus manos semejante obra cumbre, que especulaba con su edición para generar mayor expectativas. Entre tanto Allen Klein y Albert Grossman, managers de los Beatles y Dylan, respectivamente, eran perseguidos incesantemente en busca de respuestas. Para entonces los Masked Marauders (“el supergrupo de tres de los Beatles, Jagger y Dylan”) ya rotaba en las principales emisoras radiales de Los Angeles y San Francisco y, días más tarde, el esperado disco colmaba finalmente las bateas de las disquerías, si bien en versión unitaria, situación que comenzó a causar cierta incertidumbre tras haber sido descripto como disco doble, y que sin embargo no evitó que se vendiera una nada despreciable cantidad de unidades que llegó a superar las cien mil copias. Y a engañar a los más de cien mil compradores que, sin siquiera sospecharlo, automáticamente se convertían en víctimas fatales de uno de los fraudes mejor confeccionados de la historia de la música popular. Fraude que no hubiera existido como tal si desde el vamos el tal T. M Christian no hubiese sido el seudónimo del que el reconocido crítico (y absolutamente real) Greil Marcus se aprovechaba para lanzar al ruedo la engañosa movida, tras extraerlo de la novela “The Magic Christian” del escritor Terry Southern, publicada en 1959.


CON UNA PEQUEÑA AYUDITA DE MIS AMIGOS (CONTRATADOS). Con un plan fríamente calculado, Marcus ya contaba en sus filas con el grupete de impostores que lo secundaban en su tragicómica coartada cuando tiempo antes se dirigió a California y, en la ciudad de Berkeley, contrató a un desconocido grupo que respondía al nombre de Cleanliness And Godliness Skiffle Band por la nada despreciable suma de 15.000 dólares, suma que había obtenido de la mismísima discográfica Warner Bros, que hasta había creado el sello subsidiario Deity para sumarse al ardid, y pura y exclusivamente para la ocasión. Para colmo los músicos de la Cleanliness and Godliness Skiffle Band (“Banda de Skiffle de la Higiene y Santidad”, je) resultaron ser unos expertos totales a la hora de imitar a la supuesta formación, tanto en lo musical como en la parte vocal. Y listo: el plan maléfico de Marcus había logrado su cometido. De hecho el disco había logrado excelentes ventas, permaneciendo en el ranking de la revista Billboard por más de doce semanas. Tal como si realmente hubiera sido procreado por sus hipotéticos maestros. Un grupo falso, con nombres falsos, sustentado por una crítica falsa, pero de auténtico éxito. ¡Bingo!

BAILANDO EN LA SOCIEDAD RURAL. No conformes con tremenda patraña (incluso casi superando aquel recordado murmullo sobre la muerte de McCartney que aún continuaba vigente tras la fresca edición de “Abbey Road”) , Marcus y sus secuaces fueron aún más lejos, reproduciendo la crítica publicada en Rolling Stone en la funda interior del álbum, a su vez potenciada por nuevos comentarios del amigo Christian (Marcus, claro) que definían a los Masked Marauders como “un artículo genuino en un mundo de farsantes, ¡bendíganse sus corazones!”. Pero no existía ningún Dylan imitando a Donovan, ni nada que se le parezca, ni había ningún Beatle, ni era Mick Jagger quien cantaba en “I Can’t Get No Nookie” (¿sinceramente podría haber tenido algún viso de realidad una canción titulada “No puedo echarme un polvo”?), a pesar de su magnífica y tan bien lograda parodia. Paradójicamente, y en un rapto de honestidad, el disco cerraba con una última pista (en rigor, un monólogo) bajo el nombre de “Saturday Night At The Cow Palace”. Un chasco más. No podía ser de otra forma con un título que refería a una jornada de sábado a la noche en el equivalente a la Rural californiana. 34 años más tarde, en 2003, la compañía Rhino Records ofrecía una edición limitada de 2000 copias numeradas bajo el nombre de “The Masked Marauders – The Complete Deity Recordings”, que hasta incluía canciones extras de las misteriosas sesiones.
Al menos para los Masked Marauders, y su círculo de engañados, cualquier semejanza con la realidad resultó ser pura mentira.

6 de abril de 2017

CON BOB GRUEN EN BUENOS AIRES: “EL ROCK’N’ROLL ES LA LIBERTAD DE EXPRESARTE CONTUNDENTEMENTE”

Publicado en Revista Madhouse el 6 de abril de 2017

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“¿Cómo está tu muñeca?”… Vaya pregunta inusual para iniciar una conversación, pero es lo primero que me nace transmitirle a Bob Gruen tras haberlo visto firmar decenas de copias del libro que gratuitamente recibían los asistentes a “Rock Seen”, su reciente muestra de fotografías exhibidas durante 2 semanas en la institución pública Centro Metropolitano de Diseño, allí en Barracas, y que no pensaban en irse hasta que el protagonista les estampe una dedicatoria. “¡Bien!”, me contesta sonriendo, mientras trata de decirme con la mirada que se pasó buena parte de su la vida haciendo lo mismo. “Perdón, tengo que ir al baño. Ya vuelvo”, me susurra al instante, más confianzudamente.  Minutos después, Bob Gruen se pide un porrón de cerveza en el bar del lugar, que llega a la mesa en el preciso instante del comienzo de la entrevista.


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Magia en blanco y negro: The Clash y Bo Diddley inmortalizados por
Gruen en Cleveland, Ohio, en febrero de 1979.
A través de prácticamente los últimos 50 años, Bob Gruen se ha consagrado como uno de los fotógrafos de rock más significativos y respetados de la historia del rock’n’roll. Con semejante carrera a cuestas, su trayectoria es tan extensa como simbólica, por lo cual uno se ve obligado a asumir de antemano que jamás habrá espacio suficiente para hacerle todas esas preguntas que uno desearía formularle. Es por eso que no habrá tiempo para preguntarle sobre sus anécdotas con Bob Dylan cuando lo retrató durante la gira de la Rolling Thunder Revue de 1975, o sobre sus mil y una historias como fotógrafo estrella de la escena del punk neoyorquino del ’76 y habitué casi permanente del Max’s Kansas City, donde registró a Blondie, Richard Hell, Robert Gordon y Patti Smith, entre tantos, o más precisamente de sus días junto a los New York Dolls, de quienes hizo las fotos más históricas de la carrera del grupo. Tampoco será posible indagarlo sobre aquella imagen de Bowie en estado de consumición absoluta casi vampírica dialogando con David Johansen, ni tampoco por la Salvador Dalí coronando a Alice Cooper en la New York de 1973. Ni las de los Clash en Inglaterra, ni las de los Ramones en el Bowery en 1975, o en el CBGB. Menos aún sobre la postal de los cuatro Led Zeppelin en el aeropuerto de Teterboro, New Jersey, posando junto a una de las turbinas del Starship, el Boeing 720 que la banda usó como avión privado entre el ’73 y el ‘75. O sus aventuras junto a Kiss durante la sesión de fotos para la legendaria revista Creem, mejor representadas por la tapa del mismísimo “Dressed To Kill” (también crédito de Gruen), o sobre cuando los sacó de paseo por Japón en 1977. No habrá más remedio que abstenerse de interrogarlo sobre la foto de Sid Vicious sangrando cual Cristo tras tajearse el pecho el pecho durante la gira americana de 1978 de los Sex Pistols, la de Elton John dándole un apretón de manos a Stevie Wonder, o las tomas de un Keith Moon, cuándo no, desenfrenado, partiéndole los labios a Leslie West con un beso asesino. 


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O sucumbir ante el deseo irrefrenable de que relate sus peripecias junto a los Stones en el Madison Square Garden en 1972 (o de “Crossfire Hurricane”, su libro de imágenes del grupo), y ni siquiera interpelarlo sobre las que quizás sean sus obras más recordadas, cuando plasmó a Lennon y su remera blanca sin mangas con el logo de New York City, o haciendo el signo de la paz frente a la Estatua de la Libertad. Y mucho menos para desafiar la situación, secuestrarlo y sacarle hasta la última gota de información hasta que lleguen los rescatistas… Idea que casi le sugiero, antes de cambiar de idea y manifestarle mi decepción al tener que guardar todas esas preguntas para una posible ocasión futura. “No te preocupes, hay mucha información sobre mí en internet”, me dice. Tiene razón. Como fuera, finalmente no hubo mal que por bien no viniese, y así el destino terminó favoreciendo temas menos frecuentes de su holgadísima carrera como retratista oficial de la realeza del rock. Como la reciente muerte de Chuck Berry, de quien Gruen produjo grandes tomas para la posteridad, o de los años de Rock Scene (cualquier asociación con el nombre de la muestra no es pura casualidad), la revista de rock de los 70 donde dejó grabados varios de sus trabajos más característicos, y de la que guarda sus mejores recuerdos. Crónicas que aparecen retratadas en los quince libros que lleva publicados hasta el momento, o en sus documentales. Y que en el mejor de los casos formarán parte del proyecto en el que -en exclusiva- adelantó se encuentra trabajando actualmente, el de su propia autobiografía, que seguramente no dejará ningún acontecimiento afuera, para regocijo de los periodistas a los que la tiranía del tiempo a la hora de entrevistarlo acaba siendo un inconveniente.

¿Recordás aquellos días en que no existían los teléfonos celulares? La gente iba a un lugar, a cualquier lugar, y no precisaba saber lo que estaba pasando todo el tiempo. Yo nunca tuve celular…
Bueno, ¡es tu problema! (Risas) Siempre quise tener uno. Cuando era muy chico leía a Dick Tracy en las revistas de historietas. Dick siempre usaba un transmisor en la muñeca. Siempre quise uno, y ahora lo tengo. Mi teléfono tiene mucha información. Hay más información en este teléfono que en toda la biblioteca de Alejandría.

img_3224¡Eso es un montón de información!
¡Es un montón de información, sí!

BERRY BERRY, BAILÁ CONMIGO
Seguramente nunca olvidarás que estabas en Buenos Aires el día que se anunció la muerte de Chuck Berry. ¿Cuánto tiempo llevás aquí, una semana?
Algo así, desde el viernes pasado.

Y Berry falleció al día siguiente, el sábado. Hiciste grandes fotos de él. Creo que mi favorita es esa en vivo en la que apunta su guitarra hacía el público, como si fuera una escopeta. Ya que estamos, me parece una buena forma de comenzar la entrevista, con tu opinión sobre Chuck Berry.
Ante todo, no pienso tanto sobre el día en que murió. Pienso sobre los días en que vivió. Pienso en los momentos en que lo vi y los que hablé con él. Estoy muy feliz de haberlo conocido, haberlo visto en tantos shows. Chuck Berry fue la primera persona que compró una copia de una foto mía, y también la primera que me pidió que firmara una. Nadie antes me había pedido que firme una foto. A Berry le gusto mi foto de él y preguntó si podía comprarla, y le dije “¡por supuesto!” Se la vendí. Le dije “hola, yo tomé esta foto”. Y él dijo “conozco esa foto, intenté llamarte”; “lo sé, esa semana me encontraba lejos”, respondí, y entonces me dice “vení, vení aquí”. Y me llevó detrás de unos amplificadores y sacó su billetera, que era gorda, llena de billetes de cien dólares. Eso era realmente mucho dinero. Iba a dársela, pero ni bien vi los billetes de cien dólares le dije “OK, acepto el dinero”. Y después él me dijo “Quiero que la autografíes”. Era la primera vez que firmaba una foto, no tenía el concepto de firmarla sobre la foto misma, no quería arruinarla. Así que escribí en el reverso “Para Chuck Berry, el Rey del Rock’n’Roll”, y luego puse mi firma. Recuerdo ese momento como si fuera ayer. Ese fue el momento más emocionante de todos, la primera vez que estuve con él.  Y después de aquella vez lo vi en varias oportunidades a través de los años. Aprendí algo que mucha gente no ve, porque lo vieron una sola vez, y yo lo vi muchas. La gente habla sobre el hecho que él nunca tenía banda propia, y que solamente tocaba con músicos locales en cada uno de los shows. Para mí, eso era Chuck Berry enseñándole a la gente cómo tocar rock’n’roll, porque ni siquiera les decía cuándo era que llegaba el momento de salir a escena, o qué es lo que iban a tocar. No había ensayos. En la película de Berry donde está Keith Richards (N.: “Hail! Hail! Rock ‘n’ Roll”), Keith quiere ensayar y ensayar y asegurarse de que va a salir todo perfecto. Y en el medio del show Chuck quiere cambiar de nota, y hacerlo de forma espontánea… Ser Chuck Berry se trataba de ser espontáneo. No se trataba de estar afinado, o de usar las notas exactas. Se trataba de tocar rock’n’roll.

Bueno, pifiarla en vivo era algo muy común y tradicional en él.
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Chuck by Bob: un maestro visto
por el ojo de otro maestro.
Sí, porque el rock’n’roll se trata de libertad, el rock’n’roll es la libertad de expresarte contundentemente. Y Berry era muy bueno haciendo eso. Hay una escena muy famosa en la película en la que Bruce Springsteen esperaba y esperaba, y Chuck no aparecía, hasta que lo hizo dos minutos antes de salir a escena. Y Bruce le pregunta “¿qué vamos a tocar?”, y Chuck le contesta “vamos a tocar algunas canciones de Chuck Berry”. Y se suben al escenario, y los músicos tenían que aprender mientras lo hacían. Lo vi tocar muchísimas veces, y había algo que podía pasar después de la primera canción, la tercera, o la quinta. O durante los bises. Cuando él sentía que la banda estaba sobresaliendo por encima suyo, y si la banda estaba tocando rock’n’roll, le decía a la audiencia “Damas y caballeros, ahora nos gustaría empezar con el show”. No lo decía hasta que sentía que la banda estaba en consonancia con su música. Y la banda desconocía si eso iba a funcionar. Una vez lo vi en el Madison Square Garden tocando con músicos locales, y en la primera canción no dijo nada. Se acercó al amplificador del guitarrista, desenchufó el cable, se lo dio al guitarrista, se dio vuelta y se puso a tocar. ¡Y el tipo tuvo que irse del escenario con la imagen más triste que jamás haya visto! (Risas) Pero Berry le estaba enseñando a la gente cómo tocar rock’n’roll, y lo hizo frente al público, para que ellos también aprendan. Y así es como lo vi.


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Los Elephant’s Memory junto a John Lennon,
Yoko Ono y el inefable Phil Spector
¿Lo conociste aquel día del autógrafo?
Sí, esa fue la primera vez que hablé con él. Y luego lo vi muchas otras veces. Hubo una ocasión, 1 año o 2 después de eso, en la que él estaba en New York grabando con Elephant’s Memory. Era muy raro que él use una banda en lugar de músicos individuales. El guitarrista de Elephant’s Memory grabó algunos solos para ese disco. ¡Por lo que el disco nunca fue editado! (Risas) Ese día el grupo me había pedido que vaya allí para hacerles unas fotos con Chuck. Pero era un día de lluvia, y Berry tenía el cabello alisado, y en los días de lluvia el pelo alisado no se ve muy bien. Entonces la banda preguntó “Chuck, ¿podemos hacer una foto?”. Y Berry contestó “no, nada de fotos hoy”. Y la banda: “Pero este es Bob, es amigo nuestro, iba a hacer una foto para nosotros”. Y Chuck: “Conozco a Bob, es mi amigo, y no va a sacar ninguna foto hoy”… Y yo casi me caigo al piso, Dios mío, ¡Chuck Berry acaba de decir que soy amigo suyo! (Risas) Pero tengo un montón de fotos buenas de Chuck. La banda quería esas fotos, pero no las pude hacer.

Insisto con lo de que justo murió durante tu estadía en Buenos Aires, algo que difícilmente vayas a olvidar.
Bueno, como dije antes, no siempre pienso en el día de la muerte de alguien. Prefiero pensar sobre su vida. Viste cómo es, mucha gente celebra a John Lennon el 8 de diciembre, la fecha en que murió. Yo prefiero hacerlo el 9 de octubre, el día en que nació.

PASANDO REVISTA
Alguna vez declaraste que comenzaste como fan de la música, y luego te volviste fotógrafo.
Bueno, siempre fui fotógrafo, desde que era muy chico.


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La tapa de Rock Scene de junio de 1978:
Patti Smith aparece junto a los Pistols,
Blondie, los Heartbreakers y… John
Travolta, la sensación del momento.
¿Acaso lo hiciste a propósito? Quiero decir, probablemente yo me hice periodista, conscientemente o no, para poder estar más cerca de la gente que admiraba…
Bueno, después de la secundaria, la que básicamente abandoné, mis padres querían que me consiga un empleo. Eran abogados y sentían que yo debía usar saco y corbata y tener una oficina. Pero realmente no me gustaba lo de la oficina. No podía hacer eso de trabajar de 9 a 5, porque yo no era precisamente el tipo que se levantaba a las 9 en punto. No quería ningún empleo. No elegí la carrera del rock’n’roll, elegí una carrera que me permitiera conectar, sintonizar y abandonar. Esa fue la carrera que elegí. Y cuando abandoné el colegio me fui a vivir con una banda de rock’n’roll, porque quería divertirme. Era my hobby, sacaba fotos de mis amigos todo el tiempo, y también estaba sacando fotos de los de la banda. Y cuando consiguieron contrato de grabación, la compañía discográfica pidió mis fotos, y les gustaron, por lo que me contrataron para hacer fotos de otras bandas, y seguí sacando fotos de más y más grupos, porque me llamaban y me decían “te vamos a pagar por eso”, y yo les decía “ok, dénme dinero”, ¡Pero no era mucho dinero! (Risas) Pero me pagaban por hacerlo, y es lo que hice durante el resto de mi vida.

Entonces básicamente se trató de divertirse desde el vamos, no de que te paguen.
Sí. Cuando comencé no había tal término, no existía la palabra “fotografía de rock”. Había fotógrafos en el rock’n’roll, pero no se conectaban con eso del trabajo.


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Típica cobertura de la Rock Scene: fiestacha en
Nueva York junto a los Black Sabbath, expertos
en desmadres. Bob es el de bigotes, junto
a Patti Smith.
Bueno, en verdad te consideraría más un “fotoperiodista”, ya que tus fotos también cuentan historias.
Tal cual. Y es por ese motivo que me gustaba la revista Rock Scene, porque en ella no publicábamos simplemente una o dos fotos, y el resto eran páginas de textos. Rock Scene era todo fotos. Entonces podía hacer dos o tres páginas de The Clash en gira, o dos páginas de… en fin, de lo que sea, digamos, “Suicide va a las carreras”, con toda clase de historias sobre la banda.

Y también publicaban fotos de toda esas fiestas de los músicos de rock. Recuerdo que no había fiesta en la que no apareciera Alice Cooper…
Así es, entonces contábamos una historia completa, dos páginas sobre la fiesta y la gente que había asistido, y lo que estuvieron haciendo. Era más sobre el estilo de vida del rock’n’roll.

Alguien debería ocuparse de subir online  todo lo que apareció en Rock Scene…
¡Lo hicieron! La revista entera. Rock Scene se editó entre 1972 y 1982. Se editaba solamente 3 o 4 veces al año, así que fueron 42 números en diez años. Creo que tal vez algo así como hace una década alguien le compró al editor las copias que quedaban, y después escanearon todo y lo pusieron online. Si vas a http://www.rockscenester.com/, ahí están todas las páginas de la revista disponibles. Las portadas, los avisos… Está todo online.


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1975: la Rock Scene cubre hasta un menesteroso
(aunque pintoresco) viaje en subte de los Ramones
camino al CBGB, llevando la Mosrite
en una bolsa de compra.

Tené en cuenta que en aquellos años para nosotros en Argentina, y lo mismo para otros países, la única manera de conseguirlas era pidiéndoselas a alguien que viajara a EE.UU., ya que rara vez se la veía por aquí.

Bueno, era mucha la gente que tenía que esforzarse para conseguirlas, pero pareciera ser que finalmente lo lograban, ya que fue muy influyente. Nunca ganamos dinero con ella, no necesariamente nos pagaban para hacerla. Era sólo para divertirnos. Si la mirás, vas a ver que tenía muy poca publicidad. Lo que hacía más fácil leer sobre rock’n’roll, ya que era toda sobre grupos y músicos. Pero al mostrar tantos músicos nuevos y fotos en fiestas, y demás cosas, no estábamos promocionando los álbumes que editaban las discográficas, y entonces las compañías no nos compraban fotos. Muy poca publicidad, nunca nos pagaban, pero siempre nos divertíamos. Se trataba solamente de eso. De divertirse.

Tal vez Rock Scene sea la mejor revista de rock “de culto” de los EE. UU. en toda la historia.
Bueno, era buena, era el mejor de los fanzines. De hecho, John Taylor de Duran Duran me dijo que él tenía que tomar un bus desde su casa hasta la estación de trenes para ir hasta el próximo pueblo, y después otro tren hasta Manchester para conseguirla. La iba a buscar cada tres meses, ya que había una sola tienda de revistas en la que él sabía que podía conseguirla. Y a veces todavía no se había editado, entonces tenía que volver a su casa y volver a intentarlo la semana siguiente… (Risas)

De hecho era una revista liviana, con pocas páginas.
Sí, hecha de forma muy barata. Muy. Pero tenía montones de información, y era el único lugar donde había ese tipo de información sobre el estilo de vida del rock’n’roll. No había muchas revistas de rock’n’roll en los 70 en EE.UU., era todo más que nada Rolling Stone, la revista Creem, East Coast Rocker… Muchas de ellas tenían muchísimas historias y escritores, escribían historias sobre un álbum o un concierto, mientras que en Rock Scene eran todas fotografías. Era el único lugar donde realmente podías ver a alguien en una fiesta. Tomábamos a las fiestas y el estilo de vida mucho más seriamente que los discos. No nos tomábamos nada en serio. La cosa por la que la gente gustaba de Rock Scene era porque nos divertíamos con todo. Se trata de rock’n’roll. No se supone que tenga que ser serio.


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“¿Y al llegar a Diagonal Norte hacemos combinación con
la A, Johnny? ¿Eh, Johnny? ¿Eh?”, pregunta un insistente
Dee Dee. Johnny finge no conocerlo.
La revista Creem también era bastante así.
Creem también era muy entretenida. Cuando fui a Inglaterra en 1976 y conocí a algunos de los punk rockers de allí, tenían respeto por mí porque sabían que yo trabajaba en Rock Scene y en Creem. Si les hubiera dicho que trabajaba para Rolling Stone o el New York Times, no me hubieran hablado. Pero como trabajaba para Creem y Rock Scene, y por ende tenía sentido del humor, me hablaban.

BOB & JOHN & YOKO & IKE & TINA
A mediados de los 60 vivías en el Greenwich Village y tuviste la posibilidad de fotografiar a Bob Dylan en el festival de Newport de 1965, lo que fue todo un comienzo…
Fue mi primer pase como fotógrafo, y la primera vez que estuve frente a un escenario haciendo fotos. No conocía a ningún periodista, ni a nadie en ninguna revista, ni ningún lugar al que pudiera venderle mis fotos. Conseguí el pase de fotógrafo porque no tenía dinero para comprar la entrada. Y un amigo de mi madre escribió una carta para mí donde decía que yo representaba a una agencia publicitaria, lo cual no era verdad. Y fui a la ventanilla de entradas y les mostré la carta, y me dijeron “no es real, andate”. Pero yo no me iba. Así que finalmente me dieron la entrada, que fue el pase como fotógrafo. Pero realmente no empecé a trabajar hasta que mis amigos tenían la banda en 1969. Fue cuando comencé a conocer gente, en la compañía discográfica.


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Bob by Bob: Dylan en Atlanta, 1974
Pero antes de eso ya tenías amigos en la llamada “escena del folk” de New York, que para entonces era bastante popular.
Bueno, tenía amigos que eran más “folk rock” que “rock psicodélico”, amigos que estaban hacienda música folk. Yo no participaba de la escena, no conocí a nadie del negocio de la música hasta 1969. En realidad, mi primer contacto con la industria musical fue el haber trabajado en una disquería, al igual que mucha otra gente que comenzó sus carreras allí. Porque era ahí donde aprendías sobre los discos y los músicos. Solían tener copias de las revistas Billboard y Record World, y uno podía leer sobre el negocio del rock’n’roll. Pero no obtuve mis contactos al trabajar ahí, solo empezaba a aprender. Así que, nuevamente, mi primer contacto con una discográfica fue a través de la banda de mis amigos, y eso sucedió 4 años después de lo de Newport. Y luego, en 1970, conocí a Ike y Tina Turner. Esa fue la primera banda popular, o famosa, que alguna vez conocí.

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Tina by Bob: una imagen que vale
por mil palabras
¿Esa fue en la época de la Ike and Tina Turner Revue, no? 
Exactamente. Ahí fue donde tomé esta foto (señala la foto de Tina Turner en su libro), la de las imágenes múltiples. Esa es una sola toma, no tiene Photoshop. Eso es lo que Tina Turner hace en un segundo. Capturé un gran momento.

¿Entonces no fue que la tomaste así, intencionalmente?
Esperaba que resulte algo similar pero no sabía lo que iba a ocurrir, porque ella estaba bailando debajo de las luces intermitentes, y saqué cuatro fotos. Tres de ellas son terribles, pero esta es perfecta.

También filmaste muchísimo material de esa gira junto a Nadya, su primera esposa. Imágenes en vivo, ensayos, filmaciones caseras, que después aparecieron en el film “Ike & Tina: On The Road 1971-1972”
Sí, ese es un gran video. Nos dieron un premio por Mejor Video de Blues. Todo tipo de material. Incluso Tina cocinando para sus hijos.

¿Está todo filmado en blanco y negro?
Todo en blanco y negro, con algunas partes en color. Querían que use cinta en color, así que me alquilaron una cámara color. Pero nunca lo terminamos, todo lo que teníamos era la prueba de la filmación en color. Nunca nos pagaron el laboratorio. Como sea, el original se perdió con el paso de los años, pero teníamos una copia, pero la copia era sin sonido. Yo había grabado el sonido separadamente, pero no se conectaba. Y entonces cuando estábamos realizando el video, el editor hizo un trabajo increíble encontrando ciertas partes de la filmación en color que coincidiesen con la banda de sonido. Y de hecho la película comienza en colores, con Tina en el asiento trasero de un auto fastidiando a Ike, con él diciendo “oh cariño, cariño”, como si fuera él quien estaba en peligro (risas)

¿Cómo era trabajar con Ike Turner?
La pasé muy bien con él. En mi opinión, era muy dado y de dar mucho apoyo a los artistas. Fue generoso con muchos de ellos. Seguimos siendo amigos a través de los años, y estuve en su funeral cuando murió, hace unos años atrás. Había más de mil personas en su funeral, ya que casi toda la gente que estaba allí era gente que Ike había ayudado, o a quienes Ike les había dado algo. Ike te daba cualquier cosa que necesitaras. Si necesitabas un trabajo, te lo daba. Si necesitabas un auto, te daba un auto. Necesitabas una casa, Ike te daba una casa. Ike era una persona muy generosa. Pero eso no lo excusa de lo que hizo en su relación personal. Y pienso que la película es muy importante, ya que logró que se hable del tema, y mostró muy claramente lo que sucede con la violencia doméstica. Creo que el mundo necesitaba ese tipo de film, y abrió muchas puertas para un montón de gente que lo sufría. No creo que necesariamente Ike era la imagen más representativa de esa cuestión. Otras personas, como fue el caso de Rick James, terminaron en la cárcel por pegarle a alguien. Había gente que era mucho peor que Ike, pero la historia es muy importante. Podría ser subtitulada como “Lo que le sucede a un muy buen hombre que toma demasiada cocaína y enloquece”.


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La foto que no fue… de Bob: Lennon y Jagger en NY, 1972,
de smokings blancos y negros.
No sabés lo que lamento que no tengamos tiempo suficiente para hacerte todas las preguntas que quisiera. El problema es que tu carrera es muy extensa, y trabajaste con todos esos grandes artistas y…
¡También es que uso respuestas largas! (risas) Bueno, hay mucha información sobre mí en internet. Y ya que estamos, no todo lo que dicen de mí es verdad. Hay una foto de Amy Winehouse con mi nombre, pero nunca estuve con ella, no tomé esa fotografía.  Y hay otra de Mick Jagger y John Lennon en la que están vestidos de frac. Alguien puso mi nombre ahí, pero tampoco la saqué yo.


De todos modos fuiste vos quien hizo esas fotos de Jagger, Lennon y Yoko Ono cuando estaban grabando el álbum de Yoko “Approximately Infinite Universe”, las de los tres juntos en la consola del estudio.
Sí, estuve con ellos en el estudio. Creo que también hay una foto de Debbie Harry en la playa, y que tampoco es mía. Así que no creas en todo lo que leas.

No pienso hacerlo, no soy creyente. Me mantengo agnóstico.
¡Nunca!

ÚLTIMAS IMÁGENES
Me gustaría preguntártelo así. A punta de pistola, ¿cuál sería el artista con el que siempre estarías dispuesto a trabajar, y cuál sería el que ni siquiera volverías a levantar el teléfono para atenderlo?
Siempre voy a estar ahí para Yoko Ono, o para Tina Turner. Siempre. Tina se retiró, pero estuve con Yoko hace tres semanas. Dejaría lo que fuera en cualquier momento para estar con Yoko. Es la persona más brillante que conozco, y una de las más talentosas, generosas y creativas. Si la gente quisiera saber sobre Yoko Ono, sólo escuchen lo que dice John Lennon, y no escuchen lo que dice la Prensa, que no la comprenden, o que nunca la conocieron. Todos los que conozco que estuvieron con Yoko Ono dicen que es increíble. Solamente algunas personas de la Prensa tienen cosas malas que decir.


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Peinado afro, pantalones oxford, pañuelete hindú, bigote
reglamentario: adivinaron, estamos en 1974 y un joven
Bob Gruen se apresta a viajar a Japón junto a Yoko Ono
OK, ¿y entonces a quién le dirías que no?
(Piensa) Hay una o dos personas con las que trabajé, con las que no volvería a trabajar jamás, pero como las odio, no voy a decir sus nombres, y hacerles publicidad… Sólo dos personas. Son músicos, pero fueron unos idiotas.

Varias veces leí la frase “Bob Gruen hizo todo” Quizás todavía haya alguien por ahí con quien te gustaría trabajar.
Oh sí, todavía voy a ver a artistas. Hace 19 años que conozco a los de Green Day, y el año próximo, cuando sean 20 años, espero hacer un libro con mis fotos de ellos. Pero voy a verlos porque disfruto de la banda. Para mí, eso es una noche de diversión. También hay una banda de Irlanda que se llaman The Strypes

Desde ya, los conozco. Chicos muy jóvenes, muy estilo ‘60s.
Muy estilo ‘60s, muy rock y R&B, muy rock’n’roll de en serio, y chicos jóvenes muy agradables. Me encantan.

¿En qué andan ahora? Recuerdo su primer album de hace unos años atrás…
A la compañía discográfica en USA no le gustó su segundo disco, así que fue editado solamente en Inglaterra. No se lanzó en USA. Y ahora tienen un tercer álbum. Espero que la compañía en USA no los joda. Tienen un montón por delante para hacer. Son muy talentosos, estoy seguro que les va a ir bien.

Y en cuanto a vos, ¿cuáles son tus próximos pasos?
Estoy trabajando en una biografía. Me pasé toda la vida contando historias, pero es muy difícil tomar esas historias que contás y llevarlas a escrito. Así que estuve con bastantes problemas intentando lograr el sonido de la escritura, el sonido de cuando hablo. Pero planeo hacer una autobiografía.


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¿Quiénes tienen el caradurismo de pedirle una selfie
al troesma? Sólo en MADHOUSE, amigas y amigos
(Foto: Bob Gruen con la cámara de Frank)
¿Llevaste un diario personal a través de todos estos años?
Si hubiera mantenido un diario, ¡tendría que hacer dos biografías! (risas) Porque hay muchísimas historias en muchísimos lugares. Deseo haber tenido un diario, pero no lo hice, está todo en mi mente. Mi mente es clara, todavía ando bien.

Y aparte tenés las fotografías para respaldarlas. 
Claro, donde sea que veo una foto, me acuerdo de haber estado ahí. En general recuerdo lo que sucedió. A veces mis asistentes me muestran una foto mía y digo “¿yo saqué eso?”

¿Guardás mucho material que nunca fue visto? ¿Qué hacen los fotógrafos con el material sobrante?
Tengo archivos grandes. Los fotógrafos ponen ese material en archivos, hasta que lo volvés a encontrar y lo usás para otra cosa. Voy a hacer más libros. Sabés, tengo 15 libros editados, pero voy a hacer más.

¿Cómo te ubicás a vos mismo dentro de la historia del rock’n’roll? Digo, formaste parte de todo eso. ¿Cómo te considerás viéndote en perspectiva?
Bueno, generalmente no lo hago… (Risas). Trato de no pensar en mí muy seguido. Pero sí pienso en mí como si fuera un historiador, o alguien que registró la cultura de nuestro tiempo. Afortunadamente viví lo suficiente como para tener la posibilidad de compartirlo, y aún lo hago, me muevo alrededor del mundo hablando sobre ello, y compartiéndolo. No es solo rock’n’roll, creo que el rock’n’roll expresa la cultura de nuestra era. Y como dije anteriormente, para mí el rock’n’roll es sobre la libertad, la libertad de poder expresarte de manera fuerte. Entonces pienso que mi trabajo es más sobre la libertad, que sobre un retrato de un artista pop. No es porque esa persona sea famosa y yo le tome la foto con cierto tipo de iluminación. Mis fotografías han intentado capturar la pasión y el sentimiento, porque ese sentimiento es de libertad. Por lo que el tema principal de mi trabajo, y la manera en que me veo, es alguien que está inspirando a otros a que sean libres y que se expresen ellos mismos. Porque sin dudas no quiero que se parezcan a mí. No podés ser como otros, porque ya están todos los roles ocupados. Tenés que ser vos mismo.

¿Qué opinás de los fotógrafos actuales?
¡Tampoco pienso en ellos muy a menudo! (Risas) Bueno, no conozco a muchos de los fotógrafos jóvenes. He visto muy buenas fotos. La gente realmente ha aprendido a expresar el rock’n’roll, han visto muchísima historia, y vi gente que ha tomado excelentes fotografías. No recuerdo sus nombres todo el tiempo, pero hay uno que tiene mi edad, o tal vez sea algo más joven, llamado David Godlis, que es uno de mis fotógrafos favoritos. Al igual que yo, él es muy fan de Robert Frank, y creo que David capturó ese sentimiento natural. Mayormente cubrió la historia del CBGB, e hizo un libro que es muy popular. Y además es un tipo muy agradable. Lamentablemente es físicamente parecido a mí, y a veces la gente le pregunta, “¿vos sos Bob Gruen?” (Risas)

30 de marzo de 2017

PAPITO CHUCK – EL PADRE DEL ROCK AND ROLL EN EL RECUERDO

Publicado en Revista Madhouse el 30 de marzo de 2017



Creo que me topé por primera vez con las palabras “Chuck Berry” cuando tenía 9 o 10 años. Como buen curioso prematuro, ese estado impertinente me llevó a interesarme en el rock desde muy temprana edad. Así, los títulos que en aquel momento componían mi cuidada colección de discos (los de Carlitos Balá, los de Titanes En El Ring, el de Gaby, Fofó y Milki y demás elepés que reposaban junto al Wincofón) se vieron súbitamente obligados a aceptar a los nuevos miembros de la familia, que para colmo hablaban en otro idioma. El detalle de ser hijo único tampoco ayudaba, al no poder contar con ese hermano mayor del cual uno siempre podía nutrirse a la hora de ponerse a escuchar música en casa para ir adentrándose en la materia. Por lo que no me quedaba más remedio que alimentar la compulsión de forma autodidacta.


JOHN, PAUL, GEORGE, RINGO… Y CHUCK
Para entonces ya había tenido el mejor de los debuts imaginables de la mano de “Los Más Grandes Éxitos de Little Richard”, que créase o no hasta tenía su propia publicidad en TV (¿cómo no dejarse seducir por ese tipo que aullaba salvajemente cantando “Long Tall Sally”, la canción que sonaba de fondo?), y le rogué a mamá me lo compre lo antes posible. Así las cosas, y también por insistencia mía, ella también solía llevarme cada semana hasta un local de compra/canje de libros y revistas usados que quedaba a unas cuadras de casa, que también vendía vinilos y demás ofertas sonoras y de donde me traje inicialmente una versión nacional en cinta de “Beatles For Sale”, a la que terminé gastando hasta el más allá en el pasacassette Philips que me habían regalado por aquellos días, y el cual se convertiría en mi compañero permanente en mis primeros tiempos de apetito musical. Pero fue recién cuando conseguí la recopilación de los Beatles “Rock And Roll Music”, un disco doble lanzado en 1976 (cuyo lado 2 abría precisamente con la canción que le daba nombre al álbum), que puse atención en el título de ésta, más precisamente porque aparecía seguido de un detalle que, entre paréntesis, rezaba “(Berry)”.
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Eran años de descubrimiento permanente, lo que explica a las claras el motivo ridículo que me llevó a concluir que los nombres que aparecían detrás de los títulos de las canciones indicaban quienes las cantaban. Por lo que para mí los Beatles no eran los cuatro que aparecían en la tapa del cassette, sino siete. Y me encontraba absolutamente convencido de que era así. Estaban Lennon, McCartney, Harrison, Starr, Leiber, Stoller y Penniman, todos los que estaban entre paréntesis. Los Beatles eran siete, entonces, y a nadie se le ocurra venir a discutírmelo. Pero mi grito de guerra no iba a durar mucho, cuando algo después llegó el desengaño gracias a una nota de la señera revista Pelo que hablaba de un tal Chuck Berry (hasta el momento, según mi entender, integrante de los siete o más de Liverpool, vaya a saber uno) y de quien, según rezaba el artículo, los Beatles habían grabado canciones suyas. El creciente enigma me obligó a releer los detalles de “Rock and Roll Music” y concluir que todo se trataba de un gran error. Encima Berry era negro, tocaba la guitarra, también cantaba, y sus canciones habían sido grabadas aproximadamente por medio planeta Tierra. Aquello de “(Berry”) también aparecía en muchos de los álbumes de los Rolling Stones, con los cuales ya había comenzado a engancharme paralelamente. Una de dos, me dije, o el dichoso Berry tenía un pariente que también cantaba y/o firmaba canciones, o bien estaba frente a un músico único en su especie que había logrado ser integrante de las dos bandas inglesas de rock más insignes al mismo tiempo. Hasta que en otra revista, un reportaje a Keith Richard (el guitarrista de los Stones todavía no había vuelto a agregar la “s” original a su apellido) prodigaba loas a -otra vez- un tal Chuck Berry, citándolo como la mayor de sus influencias a la hora de ejecutar su instrumento.

CHUCK EN BUENOS AIRES
Para entonces el mundo ya había consagrado a Richard como el más directo de los hijos artísticos de Berry desde hacía tiempo, su discípulo más incondicional (al cual alguna vez se refirió apuntando “es todo lo que quería ser, excepto que yo era blanco”) y sin el cual entonces los Stones no hubieran sido quienes fueron sin la guitarra de Keith Richards, la guitarra de Keith no hubiera sido lo que fue sin Chuck Berry, y de esa manera, los que más tarde se iban a convertir en la banda de mis amores más que seguramente hubieran quedado como un poderoso grupo de blues y R&B que tocaba para unos pocos en la moderada escena del género en la Londres de principios de los ’60.  Así fue como también terminé volviéndome un fan definitivo de Chuck Berry, sin cuya adoración por su figura tampoco estaría ahora escribiendo este texto, a días de la noticia del fallecimiento de la figura central de esta historia. Y de la historia del rock and roll con mayúsculas, no sólo como compositor y ejecutante de buena parte del ABC musical de los 50 en adelante (los riffs de Berry representan más marca registrada definitiva que cualquier otra cosa, y prácticamente no hay canción que no tenga algo de ello) o performer (detrás del “duck walk”, su clásico pasito en escena, se destaca como primer compositor y héroe indisputable de la guitarra rock), sino por su rol de poeta urbano inmenso, la menos observada de sus condiciones, acaso eclipsada por su teatralidad descollante. Todos los méritos que le valieron la medalla de constructor primordial del género musical que le dio formato al mundo como ninguna otra desde “Johnny B. Goode” en adelante, que eventualmente incluía el solo de guitarra más dulce y simple que se pudo concebir alguna vez, sumado a todas aquellas canciones que creó, permitiendo configurar un nuevo tipo de poesía musical con sus constantes alusiones a la vida adolescente de los 50 y 60 plagadas de autos, sexo y problemas cotidianos, introduciendo un vocabulario enteramente nuevo en la música popular de aquellos años dorados, parte de una tierra prometida a la que todos aspiraban. El más importante de los escritores de letras de la historia del rock, Berry podría haber sido tranquilamente candidato al Nobel de Literatura, sólo si su poesía hubiera sido algo menos mundana. De hecho fue Charles Edward Anderson Berry (St. Louis, Missouri, 18 de octubre de 1926) quien, entre tantos, influenció a Bob Dylan y no al revés. Todo músico de rock que alguna vez se decidió a tomar una guitarra le debe a Berry su carrera, al mismo tiempo que sus letras constituyeron el molde inicial para muchos de los clásicos del rock, desde “Satisfaction” (que incluye la estrofa “if I don't get no satisfaction from the judge” en la canción de Berry “Thirty Days”) o “You Can’t Catch Me” (de la que Lennon usó “here come ‘ol flat-top, he come groovin’ up slowly” en “Come Together”) y hasta el mencionado Dylan, cuyo “Substerranean Homesick Blues” utilizó la métrica de la berryana “Too Much Monkey Business”. Todo porque Chuck Berry es, eventualmente, irremplazable.

En 1987, estando yo en Rio de Janeiro, cometí el error de acercarme a Modern Sound, la que era la gran disquería especializada en vinilos importados (hoy día extinta) apenas un día antes de mi regreso, por lo que el escaso presupuesto con el que contaba no me permitió ni siquiera comprarme el cinco por ciento de los discos que me sonreían desde las bateas, que hubiera adquirido orgullosamente de haber sido otra mi situación económica. En rigor me alcanzó para dos, uno de ellos una versión francesa del sello Chess (la escudería dorada para la que Berry grabó en sus años dorados y con la que obtuvo 25 éxitos definitivos en el Top 100 entre 1955 y 1972, antes de pasar a la compañía Mercury) de “Rockin’ At The Hops”, una de sus obras fundamentales, y asimismo literalmente de los pocos álbumes de estudio que registró, teniendo en cuenta que la mayor parte de su carrera discográfica, así como la de muchos de sus colegas de los 50, estuvo compuesta de singles que luego sí terminaron dándole lugar a muchísimas recopilaciones. Se habrán alineado los planetas, porque seis años después se anunciaba que Berry llegaría a Bs. As. Iba a ser su primer desembarco en el país (con dos shows en el estadio de Obras Sanitarias el 25 y el 26 de abril de aquel 1993), pero no en Sudamérica. Ya en octubre de 1980 había estado en Chile para una curiosa y poco recordada presentación en los programa de variedades de la TV chilena “Vamos a Ver”  y “Lunes Estelares”. Yo me moría por conocerlo, claro. Pero parecía ser que no había contacto de prensa que pudiera alivianar la tarea. Me basaba en las mil y una historias sobre lo difícil que era acceder a él, posibilidad (o mejor dicho, imposibilidad) que se potenciaba por su histórico mal humor del cual, a veces, muchas de ellas, Berry solía caracterizarse. Sin ir más lejos recordaba las varias oportunidades en que había rechazado a Keith Richards sin misericordia alguna, llegando incluso a la agresión física (a lo que me referiré más adelante), por lo cual no logré dejar de considerar también terminar siendo parte de esa historia, de ese “lado B” que distaba de la perfección.
Finalmente llegó esa tarde de sábado en que alguien me avisó que Berry iba a realizar una entrevista en vivo en el programa de Ari Paluch en la Rock & Pop. O bien lo escuché yo mismo, dato imposible de corroborar después de todos estos años. Pero sí recuerdo llamar a un amigo para que me acompañe, vestirme lo más rápido posible (la entrevista estaba por suceder en cuestión de un momento a otro), buscar mi disco de “Rockin’ At The Hops” (aquel que había comprado en Rio siete años antes), el marcador para que lo firme (siempre y cuando el destino me guiñara un ojo) y saltar de cabeza a un taxi en un vuelo sin escalas rumbo a los estudios de la calle Belgrano 270. No recuerdo quién, pero en definitiva alguien me habilitó el ingreso y, modestia aparte, logré presenciar aquel espectáculo sagrado para unos pocos: el de una entrevista al mayor de los arquitectos del rock’n’roll a escasos tres metros de distancia, una platea preferencial desde la cabina de control  del estudio radiofónico.


DISCO, BERRY, DISCO
Berry estaba vestido de Chuck Berry, con ese estilo clásico que solía favorecer: camisa de colores y pantalón claro con zapatos oscuros, más propio de un sexagenario paseando por la Av. Collins en Miami, o de un turista ocasional de fin de semana de Las Vegas. Demás está decir que a sus por entonces 65 años lucía impecable y buen mozo. Porque además de todo, Berry también era galán y bien parecido. Pero todo detalle estético quedaba opacado por el halo que emanaba de su figura, un diamante en bruto que destellaba su condición de estrella definitiva en medio de esa tarde gris enclavada entre el Bajo céntrico porteño y San Telmo. A su lado se sentaba una mujer rubia de aspecto claramente anglosajón, que yo interpreté como una posible manager, o amante pasajera. La entrevista no se extendió demasiado, por lo que mi alarma interior, esa que me iba a señalar el momento justo para poder interceptarlo una vez finalizado el reportaje, titilaba incansablemente casi al borde del cortocircuito. Todo mientras mis neuronas lidiaban con las mil y una historias de Berry sobre su clásico mal genio y cadena de delitos comprobada: Berry echando a Keith Richards del escenario en un concierto en el Hollywood Palladium de Los Angeles en el ‘72, Berry pegándole un piñazo, Berry martirizándolo en el ’86 cuando Richards ensayaba junto a él para el concierto del 60 aniversario de Papá Chuck, Berry cayendo preso por más que supuesta prostitución de una mesera de 14 años en 1961, Berry evadiendo impuestos y pasando otra temporada en la cárcel, Berry y su larga lista de excentricidades, Berry el tacaño tocando solamente con músicos locales para evitar gastos de traslado, Berry poniendo cámaras ocultas en los baños femeninos de su restaurante en su nativa Saint Louis, Berry el infranqueable y huraño… ¡Cuidado con Chuck Berry! Como fuera, el riesgo valía toda la pena imaginable ante semejante oportunidad única en la vida, y todo análisis resultaba en vano.  Entre tanto Berry y compañía ya habían finalizado la dichosa nota, y ahora se disponían a abandonar las instalaciones de la radio. Tanteé el panorama y sin más, con un cálculo logístico cuasi perfecto, me paré frente a su generosa estatura en la sala de entrada al estudio. Mi amigo, mientras tanto, cámara de fotos en mano, esperaba el momento indicado cual tigre acechando a su presa para pulsar el disparador.

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El halo enceguecedor desapareció cuando clavé mis ojos en los del gran Chuck, frente a frente, dos globos blancos que se destacaban en su negritud interminable y, sin más, me decidí a manifestarle mi bienvenida a Buenos Aires, al mismo tiempo que desenfundaba el disco de “Rockin’ At The Hops” que yo anhelaba, soñaba, que me firmase. Berry no opuso resistencia, tomó la fibra y estampó su nombre sobre la tapa del disco a la velocidad de la luz, seguido de un “smiley” inusitado (tanto es así que hasta se olvidó de escribir la “y” final de su apellido), carita que dada su simpatía alivianó la insufrible tensión del momento. Para lo cual a todo esto mi amigo se encontraba a un milisegundo de apretar el dichoso botón de la cámara, delicada misión que de haber resultado exitosa hubiera retratado el encuentro para la posteridad, Esto a menos que la rubia que lo acompañaba me advirtiera, casi como diciendo con la mirada “o atenete a las consecuencias”, que me olvide de hacerlo. No me quedó más opción que aceptar su sugerencia. Era eso o sacar la foto y salir cual correcaminos por Av. Belgrano con rumbo desconocido, y perder mi disco autografiado, ahora convertido en pieza de oro. Que Berry no me devolvió hasta que fue disuadido el intento fotográfico, nunca está de más aclarar. También hubo un apretón de manos final antes que, cual Superman, Su Majestad desapareciera tras la puerta de salida, seguramente aprontándose para las dos fechas en Obras, que resultarían  inolvidables.

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Al año siguiente quiso el destino que, estando yo de viaje por EE.UU. a punto de comenzar a seguir el Voodoo Lounge Tour de los Stones (que largó el 1 de agosto en Washington DC), el periódico neoyorquino The Village Voice me informe sobre un show conjunto de Berry y Bo Diddley la noche anterior, la del 31 de julio, como parte del festival Westbury Music Fair en Long Island, un doblete imposible de perderse que me obligó a irme desde Manhattan hasta allí momentos antes de mi partida a la capital del país, y que también quedó para el anecdotario de las grandes remembranzas.
Berry regresaría a Argentina recién casi dos décadas más tarde de su arribo original cuando, ya muy entrado en edad, el show en cuestión terminó resultando una conspiración perversa en conjunto de manos de una productora local y sus propios familiares; un sacrificio en vivo y en directo en el Luna Park de un señor ya muy entrado en años, completamente fuera de forma y de escasa capacidad de reacción debido a sus problemas de salud, y al cual  deliberadamente había decidido no asistir desde su mismo anuncio, temiendo lo peor. Una decisión sabia que me evitó presenciar uno de los espectáculos de más baja calaña que se han visto por estas tierras, en su lugar permitiéndome quedarme con el buen recuerdo de mis experiencias anteriores.

VOLVER AL FUTURO… Y VOLVERSE LEYENDA
Hay una gran secuencia en la película “Volver Al Futuro” en la que un joven Martin McFly (protagonizado por Michael J. Fox) toma una guitarra para unirse a una banda en escena -que poco y nada tenía de rock- y, tras disparar un arquetípico riff de Chuck Berry, termina encendiendo el lugar al ritmo del más puro rock’n’roll, mientras que el verdadero Berry, también caracterizado para la ocasión, escucha el batifondo por teléfono y aprende a tocar la guitarra gracias a Marty, convirtiendo a la escena no sólo en uno de los momentos más clásicos y mejor logrados de la historia de la gran pantalla, sino también en uno de plena revisión histórica con la más fina de las sutilezas.
El más fulgurante de los arquitectos del rock’n’roll, cuyo mayor éxito el cosmólogo Carl Sagan incluyó en el disco de oro “Sonidos De La Tierra Y Música” lanzado en la sonda espacial robótica Voyager I en 1977, tras varios años de lidiar con una serie de contingencias de salud, finalmente decidió abandonarnos el pasado sábado 18 de marzo, al ser encontrado sin vida a los 90 años de edad en su hogar de Wentzville, en su Missouri natal. Nos deja el más célebre de los legados musicales del más popular de los géneros musicales surgido hace casi siete décadas, y del cual Berry (que era más negro que la noche pero cantaba como un blanco) se convirtió en su mejor catalizador, al punto que nada de lo que llegó después podría haber prácticamente existido. Su arte y poesía, mientras tanto, seguirá permaneciendo como parte de una eternidad fiel a su condición imperecedera. En estos momentos debe haber una banda increíble de músicos en el cielo saltando de alegría, embellecidos por el arribo del guitarrista que comenzó esto del rock and roll.
Pensar que yo creía que eras inmortal, Chuck, y afortunadamente nunca me equivoqué.

2 de mayo de 2016

BEATLES: ADIÓS A INGLATERRA

Publicado en Evaristo Cultural el 2 de mayo de 2016



Corría el mes de marzo de 1966, y Maureen Cleave, periodista del diario británico Evening Standard, indagaba a John Lennon sobre su manifiesto interés sobre las religiones en general, al que había hecho alusión en una serie de ocasiones, y entre las que se destacaban las referencias el cristianismo. “Desaparecerá. Se esfumará, se va achicar. No necesito ponerme a discutir sobre eso, tengo toda la razón, y el tiempo dirá que es así. En este momento somos más populares que Jesús, no sé qué es lo que se irá primero, si el rock’n’roll o el cristianismo. Jesús estuvo bien, pero sus discípulos eran torpes y vulgares” Wow. Las palabras de Lennon no pudieron evitar que el talentosísimo manager de la banda Brian Epstein entrara en pánico. Su declaración ponía en riesgo la nueva gira que el grupo se aprontaba a realizar en los Estados Unidos en agosto del mismo año, con un total de 19 fechas (diecisiete en los Estados Unidos, y dos más en Toronto, Canadá) Epstein temía que la nueva postura “anti-Cristo” de Lennon podría llegar a tentar a ciertos radicales religiosos a atentar físicamente contra la banda, o incluso contra sus vidas, lo que lo llevó a barajar la cancelación completa de la nueva aventura, la tercera visita beatle en plan conciertos a aquel país. Para el beneplácito del manager, todo terminó con una suerte de aclaración pública antes de los dos conciertos que abrían el tour en el International Amphitheatre de la ciudad de Chicago, cuando los Beatles brindaron una conferencia de prensa que le sirvió a Lennon para realizar su propio mea culpa, donde explicó que sólo se había referido a una disminución en los fieles que asistían a las iglesias, y admitiendo que había cometido un error al intentar comparar a los seguidores de los Beatles con aquellos de la religión organizada, nunca habiendo querido expresar “algo anti-religioso inútil” Pero nada impidió que fuera continuamente confrontado por otros miembros de la prensa a medida que se desarrollaba el periplo, situación que terminó exasperándolo, como así también a los miembros restantes de los Fab Four. Y si bien la gira acabó tornándose un éxito comercial, la baja en cantidad de entradas vendidas para los shows fue por demás notoria. Una vez finalizada la gira tras el concierto en el Candlestick Park de San Francisco el 29 de agosto, y con las escandalosas declaraciones de Lennon ya incorporadas al imaginario general de aquellos tiempos, los Beatles pasarían a convertirse en un proyecto que se dedicaría exclusivamente a trabajar en estudios. De regreso en Inglaterra, con la excepción del recordado rooftop concert en el techo del edificio de la compañía Apple en enero del ’69, los Beatles también realizarían su última aparición oficial como banda en su país natal cuando el 1 de mayo de 1966, y ante una audiencia de 10.000 personas, se presentaron en el legendario New Musical Express Annual Poll-Winners’ All-Star Concert.


Con sede en el Empire Pool de Wembley, y definido como “el elenco del siglo”, el concierto marcó la cuarta vez que formaban parte del festival, que en aquella ocasión también incluía a los Rolling Stones, The Who, Roy Orbison, Herman’s Hermits, Small Faces, Dusty Springfield, Cliff Richard and the Shadows y los Walker Brothers, entre otros. A 50 años del concierto, el evento contó con una serie de bemoles desde su inicio (y no precisamente de índole musical), tras que la banda se negara a otorgarle el visto bueno a que la cadena televisiva británica ABC-TV filmase su presentación, en su lugar permitiendo que registren la entrega del premio obtenido como “Mejor Banda Vocal Inglesa”, un show que finalmente terminó extendiéndose por sólo 15 minutos, y con los Beatles interpretando un total de cinco canciones (I Feel Fine, Nowhere Man,Day Tripper, If I Needed Someone y I’m Down) Los fans ingleses desconocían que ese iba a ser el concierto final de su adorada banda en su país de la historia. De ahí en adelante se volcarían únicamente a la producción de nuevos trabajos en estudio (comenzando con la grabación del álbum Revolver, cuyas sesiones culminarían en junio, y que se editaría en el mes de agosto), cuatro años antes de su disolución definitiva.